Amelia

5×08. El mentiroso

El vecino del primero izquierda se levanta a deshoras. El confinamiento le ha pillado por sorpresa y le ha desarreglado los horarios, como le explica a la vecina del segundo, desde el balcón.

—Acostumbrado que estaba uno a ir a misa de nueve, tomarse el cafecito en la panadería, ver un partidito de fútbol… Ayer me acosté a las tres de la mañana escuchando la radio y hoy me he levantado a las doce. He oído al niño corriendo por el pasillo y …—Hace un parón para suspirar— ¡Me ha dado una alegría!

No olvida salir a aplaudir a las 19.58. Desde el principio, el personal sanitario es el que más está haciendo para frenar la curva de este virus que tiene a media humanidad paralizada. O eso dicen los telediarios a todas horas.

—¡Qué antipáticos los del edificio de enfrente! —le dice la hija de la vecina del segundo—. Antes salían dos o tres a aplaudir. Ahora, ni eso. Rosendo, esto no se puede consentir.

Él asiente. La chica le canta el estribillo de Resistiré, como cada día y él le aplaude y la vitorea. Ella le lanza un beso al aire. El inquilino del primero izquierda baja la persiana. Aunque todavía no haya oscurecido, la jornada acaba a las ocho y cinco, tras los aplausos. En un rato recibirá la llamada de su hija, puntual, a las ocho y cuarto. Salir a aplaudir y hablar con ella son las únicas cosas que se mantienen sin cambio.

Roza los ochenta años, pero se mantiene en forma. Antes iba a la gimnasia para viejos, como solía llamarla, pero ahora, como no puede, hace dos o tres estiramientos con el chico de La 2. Eso, si se despierta a las nueve de la mañana.

Si no, se conforma con pasar la aspiradora dos veces al día, estirando los brazos al son del himno del Real Madrid. Como ya no recibe a la asistenta, se siente con la obligación de mantener la casa un poco limpia, no vaya a ser que se ponga malo, tenga que venir a buscarlo una ambulancia y encuentren la casa patas arriba.

Cuando escucha los pasos del nieto de su vecina, se le ilumina el rostro. Echa de menos sus visitas fugaces y los abrazos, aunque ahora que el niño ya puede salir a pasear, se emociona al verlo desde el balcón. Se saludan y el pequeño le envía besos con la mano, mientras se aleja con su bicicleta roja.

—¿Sabes qué, Rosendo? —le grita la vecina del segundo, la abuela del niño—. Me ha dicho Consuelo, al bajar la basura, que alguien ha puesto un cartel quejándose de que Maite, la del tercero, como trabaja en el súper, debería irse de aquí para no contagiarnos.

—Yo no sé ni para qué se molesta la gente, de verdad. ¡Qué ganas de malmeter tienen! —le contesta.

—El otro día, mi hija sacó al niño un poquito antes de la hora y, fíjate, nunca pasa la Policía y ese día pasó y le echó la bronca. Seguro que llamó alguien para que la pillaran y le pusieran una multa.

—¡Qué gentuza! —responde él, sin dejar de aplaudir.

—Y la Carmen, que trabaja en el hospital, lo mismo. Le hicieron una pintada en la puerta. ¡Menudos vecinos!

—Es increíble… Estos tiempos en los que vivimos…

—Bueno, ¡nos vemos mañana! —le dice la del segundo—. Voy a echar una partida de cartas con mis hijas.

El vecino del primero izquierda baja la persiana. En un ratito llamará su hija. Siente un poco de envidia de las vecinas. ¡Qué no daría por una partidita! Echa de menos las sesiones de copa, puro y guiñote.

Cuando sus hijos eran jóvenes, jugaban al mentiroso. A él se le daba muy bien y no les dejaba ganar, como le instaba su difunta esposa.

—Tienen que aprender lo dura que es la vida y que no siempre van a ganar —le contestaba él, al tiempo que su Fernanda meneaba la cabeza en señal de desaprobación.

Mientras espera la llamada de su hija, pasea de un lado a otro con el móvil en la mano. Ve por la rendija de la ventana que la vecina del cuarto, octogenaria como él, se dispone a salir a la calle.

Marca un número y espera el tono.

—¿Oiga, Policía? Una señora de mi barrio se ha saltado su horario. Son las ocho pasadas y debería estar en casa, no salir de ella.

Amelia

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