Ana

5×07. En familia

Mi deseo de Año Nuevo fue borrar el mes de abril del calendario. Las Navidades habían sido agotadoras. No podía soportar más celebraciones con la familia. En la del Día de los Inocentes ―porque los parientes de mi marido lo celebran todo―, se propuso la idea loca de pasar las Pascuas juntos. Aprovechar las vacaciones de los niños, pedir días libres en el trabajo unos y cambiar los turnos otros. Lo que hiciera falta para sumar nada menos que catorce días. La razón era de peso. El noventa cumpleaños del abuelo Marcelo. Lleva la mayor parte de esos años viviendo en una granja, en un pueblo recóndito de montaña, en el que te pelas de frío. La casa es inmensa, ningún problema para alojar a los cuatro hijos, once nietos y otros tantos biznietos y la correspondiente familia política, entre la que yo me encuentro.

El lugar es una maravilla, pero lo de la calma en el campo no acabo de verlo por ningún sitio, sobre todo con tanta gente. Cuando has conseguido que todos se vayan a dormir, ladran los perros y a las tres de la mañana se despierta el gallo, los mayores deambulan durante toda la noche en busca del baño, que casualmente queda al lado de nuestra habitación asignada ―no, no hay posibilidad de cambiarla―. En cuanto dan las siete, los nietos de Marcelo hijo, tan madrugadores ellos, empiezan a cantar ―que el día hay que afrontarlo con alegría―. Y, poco a poco, el resto de críos se va contagiando.

La cobertura no llega ni de casualidad. ¿Para qué la queremos? ¡Lo importante es vernos y organizar un montón de actividades todos juntos! Ya lo estoy viendo. No seas sosa, Claudia, de verdad, ven a disfrazarte, me dirá Elena, mi cuñada más dicharachera. Y me dejaré pintarrajear la cara de forma horrible, convencida de que se está vengando por mis comentarios en la cena de Nochebuena, cuando estaba más que achispada.

Así que tras descartar que el plan fuera una inocentada, vagué, los días que quedaban de año y prácticamente todo el mes de enero, como alma en pena, deseando, ¡por favor, por favor! que pasara algo que impidiera el plan tan deseado por toda la familia.

Y ocurrió.

Una pandemia, nada menos.

La cancelación de todos los planes.

El confinamiento.

La soledad.

Aunque las videoconferencias familiares resultaban insufribles, aprendí a escaquearme. Mientras todos, incluido mi marido Álvaro, hablaban sin parar, yo jugaba al solitario con el móvil y, solo muy de vez en cuando, asomaba la cabeza ante la cámara del portátil. Además, con la excusa del teletrabajo, no me apuntaba a las sesiones de yoga de Elvira ni a las recetas de Elena. Y, lo mejor de todo, nuestro balcón da una calle diferente al de mis suegros, a pesar de que vivimos a pocos portales de distancia. Álvaro refunfuñaba un poco, pero nuestra reactivada vida amorosa, gracias al aislamiento, le compensaba con creces.

Todo iba sobre ruedas. Mientras los demás buscaban el perdido mes de abril, yo lo disfrutaba como nunca, con tiempo para leer, cuidar de mis plantas y vaguear.

Creo que podría haber seguido así todo el verano. Habría sido feliz.

Pero anunciaron la desescalada.

El fin del confinamiento.

Las visitas a los familiares.

La nueva normalidad.

Y, lo peor de todo: Para este verano aconsejan no viajar al extranjero y evitar las zonas saturadas y las aglomeraciones.

¿Qué mejor que el mes de agosto en una granja, en un pueblo perdido en mitad de la montaña, donde no tendremos que ver a nadie? Estaremos en familia.

Ana

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