Ana

La cita

Perpleja, observé la imagen. Supongo que esperaba un texto, un correo, tal vez una línea de código o, incluso, una melodía. O, quizá, una fotografía compleja. Pero tres mujeres con el rostro cubierto, en una calle, al medio día, no me decía nada.

Una escena cotidiana.

¿A mi yo del futuro no se le había ocurrido nada más emocionante?

La beca para continuar con mis estudios de doctorado había sido como el premio de la lotería. Mejor aún. Si las cosas funcionaban bien, si los resultados eran mínimamente esperanzadores, significaría que había metido cabeza en el departamento. El proyecto era fascinante. La teleportación. La transmisión de información a través del tiempo. Eso solo para empezar. Mi directora de tesis soñaba con la teletransportación. Una ingeniera brillante con aspiraciones de ciencia ficción y con un entusiasmo más que contagioso.

Si funciona, me dije cuando llevaba seis meses en el proyecto, me mandaré un mensaje a mí misma desde el futuro, para que me llegue el día de mi vigésimo quinto cumpleaños. Eso me animará a seguir. Y allí estaba, aparecida de la nada, una imagen algo desenfocada en la pantalla de mi portátil.

Trabajé con ella varios días, utilicé un programa de edición de imágenes, y, poco a poco, fui observando los detalles.

Lo primero que reconocí fue el lugar. Era mi ciudad, sin duda. Una esquina que yo conocía muy bien, próxima a la zona universitaria. La persiana cerrada ocultaba una pequeña cafetería en la que mis amigas y yo nos habíamos pasado las horas muertas durante toda nuestra época de estudiantes. Si quedábamos por la mañana para terminar un trabajo, estábamos allí. Si nos reuníamos para celebrar el final de exámenes, la copa de antes de cenar la tomábamos allí. La llevaban dos socios y estaba abierta los siete días de la semana y casi a todas horas. Habíamos empezado a frecuentarla porque a Paula le parecía que aquellos chicos eran guapísimos, pero con el tiempo eso fue casi lo menos importante. Era un lugar al que acudir siempre, a celebrar o a lamentarse, a solas o en compañía, siempre éramos bien recibidas, nos sentíamos como en casa o mejor aún.

Me insté a recordar que aquella imagen venía del futuro. ¡Vaya! Algo muy gordo tenía que haber pasado para que estuviera cerrada. O, quizá, sin nuestra fuente de ingresos había dejado de ser rentable. Sonreí. Hacía ya casi dos años que no pasaba por allí. Apunté mentalmente que tenía que ir a hacerles una visita.

Cuando terminamos el grado, dejamos de frecuentarla. También dejamos de vernos tan a menudo. Las chicas que no eran de Valencia volvieron a sus ciudades de origen o, las más, se fueron a trabajar a Europa. Algunas nos quedamos haciendo estudios de postgrado. Pero ya casi no nos veíamos.

Amplié la imagen para fijarme en las mujeres. Llevaban la cara cubierta con pañuelos de colores. O quizá eran mascarillas. Recordé el verano en Tailandia. Me había llamado mucho la atención que la gente que pasaba largas horas en la calle se cubría la boca y la nariz para protegerse del polvo y la contaminación. Una de las mujeres llevaba el pelo recogido en una coleta alta y una marca en la ceja izquierda. Paula se la había partido unos años antes, en una caída con la bici, y la cicatriz había dejado una zona sin vello que la dividía en dos. Durante un tiempo se la estuvo pintando, pero después se resignó y apostó por que eso la dotaba de personalidad. Al fin y al cabo, era la psicóloga del grupo.

Identificada Paula, ya no cabía duda de que la que había a su lado era yo. Tenía el pelo muy corto. ¿Dónde estaba mi melena? Y parecía totalmente blanco. Confié en que fuera moda decolorarse el cabello. La tercera, a la que le asomaba la naricilla por encima de la tela floreada, era, sin duda, Andrea. En las manos tenía un cartel en el que ponía «Feliz 2021».

¡Vaya! Así que la imagen era de la Nochevieja de 2020. ¿Dónde estaban las demás? ¿Por qué era de día? ¿Por qué no había luces navideñas? ¿Por qué estábamos separadas unas de otras en lugar de abrazándonos?

Durante los años de estudio, habíamos formado un grupo compacto de diez amigas. La mayoría estudiábamos Teleco, pero algunas eran de otras titulaciones con las que coincidíamos en el piso de Paula, en el bar del campus o en la biblioteca.

Celebrar juntas la Nochevieja de 2020 fue una idea loca de Andrea, cuando hicimos la primera cena de reencuentro, un año después de que las primeras nos graduáramos. Como no falló ninguna, nos prometimos que diez años después todas volveríamos a vernos, fuera cual fuera nuestra situación, no habría excusa tolerable.

Al parecer no habíamos cumplido la promesa y solo tres acudiríamos a la cita.

Me eché hacia atrás en la silla y di un trago a la cerveza que me había abierto hacía un rato. De entre todas las cosas que podía haberme enviado, ¿esa era la más importante? ¿Una cita fallida en 2020? ¿Tenía que dedicar los años siguientes a buscar a mis amigas para no perder el contacto? ¿Eso quería decirme?

¿O habría pasado algo muy grave en 2020 para impedir que nos viéramos?

2 comentarios sobre “La cita

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