Ana

5×02. La culpa es de Marie Kondo

Hoy me he aventurado lejos. Lo más lejos que he estado desde que empezó la cuarentena. La razón para salir ha sido totalmente justificada y aun así me ha asustado un poco: ¿no acabaremos todos desarrollando agorafobia después de esto? He tenido que ir a buscar mis ojos. Así llamo yo a mis lentillas. Soy muy miope y sin ellas estoy perdida. Cuando dijeron que teníamos que quedarnos en casa un par de semanas ―probablemente más―, comprobé, con horror, que llevaba puesto el último par de las mensuales. En mis fantasías apocalípticas anteriores, siempre pensé que los zombis me apresarían rápido, sobre todo cuando el mundo quedara totalmente desenfocado.

En fin, que mi óptico de cabecera me ha llamado para avisarme de que podía pasar a por ellas y he tenido que coger un autobús y andar un buen trecho de ida y otro de vuelta. Lo del bus parece de otro mundo. Hay que entrar por la puerta de en medio y acechar al conductor por la espalda. Conducía sin buenos días ni sonrisas, protegido tras un plástico en el que había recortado un cuadradito justo para meter la mano y pasar el bono. Como en ese momento ha acelerado, he tenido que agarrarme a algún sitio para no precipitarme contra el protector y romper todo el invento. He pensado que, con un sistema tan rústico, era posible a) perder la tarjeta y b) contagiarse al poner las manos donde ha tocado el pasajero anterior. En la mayoría de los asientos pone que está prohibido sentarse para guardar la distancia de seguridad con los otros viajeros. Pero había tan poco sitio disponible que no sabía dónde situarme. Me ha tocado estar de pie un rato, sin mantener suficiente espacio con nadie. Eso o le pedía al conductor que me hiciera sitio. Sentarme cuando al fin ha habido un hueco ha sido raro. ¿Sentarse donde ha estado un portador contagia?

En realidad, no creo que el virus este de la corona esté acechando en cualquier superficie, ávido por saltar sobre mí. Pero visto el panorama, es difícil no dejarse llevar por el miedo. Voy sin guantes ―hago claros esfuerzos por no tocarme la cara― y, por supuesto, sin mascarilla.

Lo de las mascarillas es otra historia. Tengo la absurda sensación de que los que la llevan me miran con superioridad, incluso algunos con desprecio. Yo siento ganas de toser cada vez que me cruzo con uno, no lo puedo evitar, el picor cosquillea mi garganta. El caso es que cuando estoy cerca de los que no llevan, aún es peor. Contengo la respiración, como si así fuera a mantener a raya todo lo malo.

Las indicaciones más oficiales dicen que no se recomienda a la población en general utilizarlas y que las de tela no sirven en realidad para nada. Que tocarlas todo el tiempo es más peligroso que no usarlas, ya que crean una falsa seguridad. Yo veo esas personas que las llevan más abajo de su nariz, que las suben y bajan o se las dejan a un lado. Y pienso que yo lo estoy haciendo mejor.

Durante las gripes del año pasado, esas que no salían en las noticias, mi hermana estuvo ingresada algunos días en la UCI con problemas respiratorios. Para visitarla, nos hacían ponernos una máscara que a mí me parecía incomodísima, pero que era bastante más consistente que esas verdes que se dispensaban a la ligera en los pasillos. Cuando mi hermana pasó a planta y más adelante le dieron el alta, la máscara quedó olvidada en mi casa, en una habitación muy necesitada de orden. Un día que me puse a despejar un poco el escritorio la encontré, le di vueltas entre mis manos y pensé ―lo recuerdo con claridad―: debería guardarla, si alguna vez hubiera una enfermedad contagiosa estaría muy bien tener una mascarilla de estas en casa, que a ver dónde se puede comprar una. Pero los consejos de Marie Kondo sobre lo de que no hay que guardar porsiacasos fueron más convincentes y me deshice de ella.

Y aquí estoy, sin mascarilla con la que protegerme de esas miradas soberbias de los otros…

Ana

 

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