Ana

4×43. Agujas

El último nombre de la lista. Una analítica normal. Irene suspira. Está agotada. Le duele la espalda y nota el cuello contracturado. Tal vez Jaime tenga un rato libre entre dos pacientes para darle un breve masaje.

Pensar en los dedos del fisioterapeuta recorriendo su espalda la distrae. Sacude la cabeza. Pulsa el botón del micrófono y lee con voz muy clara:

—Ferrán Sanchis Castillo, mesa número siete. Ferrán Sanchis Castillo.

Mientras espera, coge tres tubos y se prepara para pegarles la etiqueta con los datos del paciente. Se detiene antes de hacerlo. Tal vez el hombre se haya cansado de esperar. Esa mañana llevan un retraso de casi hora y media.

Está a punto de repetir el mensaje cuando ve a un tipo corpulento que avanza desde el fondo del pasillo, mientras observa el número de cada compartimento. Cuando llega frente a Irene sonríe. Tiene los ojos marrones y chispeantes, la barbita recortada y el pelo largo recogido en un moño, en la parte alta de la cabeza.

—¿Ferrán?

—Sí, el mismo.

Le da el volante que lleva en las manos. Irene le pega una de las etiquetas y pone las otras en los tubos. Saca una aguja desechable de su funda de plástico y lo mira.

—¿Te subes una manga? Por favor.

—Claro.

Duda. Y se sube la izquierda. Irene frunce el ceño cuando ve la piel cubierta con un intrincado dibujo. El hombre lleva todo el brazo tatuado.

—Mejor el otro —dice Irene. Intenta mantener la calma y ser amable.

Ferrán se encoge de hombros y sube la otra manga. Irene resopla. El otro brazo es similar al primero. Observa las ramas que se enroscan en el antebrazo y trepan hasta más arriba del codo. Mira al hombre a la cara. Tiene el rostro brillante y se mordisquea el labio inferior. Parece nervioso y la enfermera respira hondo.

—Bueno, vamos a intentarlo. Aquí veo un hueco.

Sonríe mientras ata la goma en torno a su brazo derecho y palpa el espacio donde cree adivinar las venas. Nota, sin buscarlo, el pulso acelerado del hombre.

—¿Estás bien?

—Un poco nervioso. No me gustan las agujas.

Irene ríe sin disimulo. Piensa que él va a acompañarla, que es una broma absurda. Pero Ferrán la mira serio y tuerce el gesto con disgusto.

—Perdona. Creí que bromeabas.

Con delicadeza clava la aguja. Lo nota muy tenso. Le cuesta entrar lo suficiente para perforar bien la vena.

—¿Por qué iba a bromear? Siento pánico. Con tu trabajo no creo que debas reírte así de la gente.

—No era mi intención. —Está apurada. Al menos la sangre ha empezado a fluir y llena con rapidez tres tubos—. Con todos esos tatuajes… Bueno, ya está. —Saca la aguja y presiona la herida con un algodón—. Aprieta aquí.

Él dobla el brazo y la mira.

—¿Los tatuajes?

Irene arquea una ceja mientras guarda las muestras. Desecha la aguja utilizada y se quita los guantes, que también tira al cubo de desperdicios. ¿Le está tomando el pelo? No tiene pinta de bromear y sin embargo su comentario es absurdo.

—Sí, claro. Los tatuajes —señala.

Él observa sus brazos, como si los viera por primera vez. Irene está segura de que le va a decir algo como que no sabía que estuvieran allí. En lugar de eso se desabrocha la camisa, ante su atónita mirada, y le muestra el pecho y, tras darse la vuelta, la espalda.

—A veces se me olvida… Son asombrosos, ¿verdad?

Irene mira a su alrededor. El tipo empieza a darle mala espina.

—¿Me creerás si te digo que no me he hecho ninguno de estos tatuajes? Las agujas me dan pánico, como te he dicho. Simplemente aparecen ahí.

Y empieza a describir una tras otra las imágenes que ilustran su cuerpo: señala en el cuello a una chica de gafas con un portátil y una mochila; el dibujo de una mujer con expresión de pánico, atrapada en la cabina de un ascensor ocupa la parte baja de su abdomen. Mientras lo escucha, Irene recuerda un libro de ciencia ficción de Bradbury, uno de sus autores favoritos, donde cada uno de los tatuajes de un hombre da origen a un relato distinto. El tipo debe conocer esa obra porque está contándole algo sobre mujeres a las que ha ayudado y cuyas imágenes han aparecido sobre su piel. Pierde el hilo de lo que dice, pero le da la sensación de que se encuentra muy solo y, sin pensarlo mucho, deja la bata y coge el bolso.

—Mira, es mi hora de almuerzo. ¿Te apetece tomar un café y me lo acabas de contar? Espera. —Quita el algodón de la herida y le pone una tirita.

Toman café y tostadas en la cafetería. El hombre habla y habla. Incluso le cuenta cosas de la infancia, de cuando su madre estuvo ingresada, probablemente de ahí le viene el pavor a las agujas. Ella practica las técnicas de psicología que ha aprendido en las asignaturas a distancia que prepara por las noches.

Ferrán se despide, agradecido. Le ha venido muy bien hablar con alguien que no le juzga, le dice. Le da su número de móvil escrito en un papel e Irene promete escribirle alguna vez. Aunque no cree que vaya a hacerlo. Ya ha hecho suficiente.

La rutina semanal le hace olvidar el incidente. Ferrán pasa a ser uno más de esos pacientes raros que tiene de vez en cuando.

El viernes, al fin, consigue que Jaime le haga un hueco en su apretada agenda. Alguien ha fallado y ella aprovecha el turno. Se tumba boca abajo y deja que las manos del fisioterapeuta le recorran la columna y le presionen los puntos más dolorosos.

—¿Y esto? —pregunta mientras detiene los dedos justo sobre el omoplato, en uno de las zonas que más le duelen—. ¿Cuándo te has hecho esto?

—Supongo que demasiado trabajo, malas posiciones, ya sabes…

—No, si me refiero a este tatuaje. Este tipo con barbita y moño, y con las mangas subidas.

Ana

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