Amelia

4×42. Los del parque

La ve a diario, desde hace dos años, los que empezó a trabajar en ese hospital. En verano lleva un sombrero de paja con una cinta marrón, en la que se lee el nombre de una conocida marca de helados. En invierno, una gorra de un azul desvaído es lo único que la protege del frío. Por lo demás, su atuendo cambia cada dos o tres semanas, dependiendo, quizás, de lo que encuentre en los contenedores de ropa usada que pueblan la ciudad.

Cuando Cristina sale a almorzar, procura no pasar por delante del parque. En él, se concentran los gorrillas a beber lo que han comprado en el supermercado cercano: casi siempre vino barato o cerveza de a litro, en ocasiones, una botella de vodka o whisky. La primera vez que la vio, le dio un pinchazo en el corazón. Reía a carcajadas con su compañero de banco, mientras se pasaban el brik de vino de mano en mano. Más tarde, indicaba a los usuarios del hospital dónde debían aparcar, para ganarse unas monedas con las que pagarse más bebida.

A Cristina le sorprenden los padres que llevan a sus hijos a jugar en los columpios del parque. Es un lugar que resultaría acogedor, con árboles frondosos que dan sombra en verano, de no ser por los indigentes. Ella se sentiría algo cohibida al ver a su hijo deslizándose por el tobogán, mientras, a escasos metros, alrededor de una decena de personas mal vestidas, malolientes, se pelea por este o aquel banco, o se tiran unos a otros los restos de comida que encuentran en los contenedores de la cafetería del hospital. Puede que esos padres y madres esperen la salida de sus familiares de Urgencias o de la visita al médico y no tienen más remedio que dejar que sus retoños jueguen, bajo la mirada de los sin techo.

Si tiene tiempo, entre paciente y paciente, sale a fumar un cigarro. Sabe que es malo para la salud (su padre falleció de cáncer y ella trabaja de celadora en uno de los mejores hospitales de la ciudad), pero necesita aire, aunque sea viciado. En ocasiones, trasladar camillas pesadas con enfermos quejosos le hace odiar su trabajo. Con la nueva ley, debe alejarse unos metros de la puerta del centro, así que, irremediablemente, sus pasos se encaminan al parque, donde enciende un único cigarrillo y espera, temerosa, que nadie le pida uno. No le gusta aspirar el mal olor de algunos de ellos, que se aproximan a los fumadores y parecen exigirles un cigarro a cambio de desaparecer de su vista. Al menos, la mujer no fuma.

Si no la ve allí, sentada entre sus congéneres, se debe a que está guiando a los que quieren aparcar lo más cerca posible de la clínica, o comprando en el supermercado. Es la más limpia de todos, quizá por eso el guardia de seguridad del súper la deja pasar sin ponerle problemas. La fuente del parque funciona para realizar las abluciones correspondientes y arreglarse un poco, aunque en invierno el agua debe de estar helada.

Un día, antes de salir a almorzar, se la encontró en los baños de la planta baja. Se miraron sin verse y cada una fue a lo suyo: Cristina, a hacer sus necesidades, y la mujer, a lavarse las manos con jabón. Desde entonces, si la ve entrar en el hospital, agacha la mirada y procura esperar a que salga. La directiva pensó que era mejor dejarles utilizar los baños a que inundasen el parque de heces y orines, a pesar de las quejas de algunos usuarios. Algún atrevido, incluso, ha utilizado la máquina de café, en esas horas de la noche en las que no hay gente por los pasillos y solo se oye el zumbido del aire acondicionado y el traqueteo de ruedas de las camillas de los celadores.

Le gustaría hablarle, preguntarle qué hace ahí, qué la llevó a cambiar su familia por la compañía de indigentes borrachos. Pero no se atreve. Ignora si la mujer está bien de la cabeza, aunque Cristina piensa que nadie en su sano juicio abandonaría su cama y la comida caliente por unos cartones apilados bajo un árbol y unos litros de vino peleón.

A veces, en casa, cuando su hijo mira la foto de su abuela, se arrepiente de haberle dicho que murió cuando él era pequeño. Pero en seguida se le pasa y piensa que es mejor conocer a la abuela sonriente y bien peinada de la foto de su boda, que a la mujer que bebe vino en el parque y ayuda a aparcar coches a cambio de unas monedas.

Amelia.

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