Amelia

4×44. Viento en popa

Míriam remueve la naranja con una espátula de madera. La fruta se cuece a fuego lento, con el azúcar suficiente para estar dulce, pero sin resultar empalagosa. Le gusta hacer mermelada así, a mano, sin usar ninguno de esos artilugios que ahora se han puesto tan de moda en los hogares.

Escucha la radio mientras se dedica a sus quehaceres. Tiene los botes de cristal preparados para llenarlos y luego sellarlos al baño maría.

Nunca pensó en ganarse la vida con la receta de mermeladas caseras de su abuela. Creía que sus estudios de Química le conseguirían un trabajo decente. Pero le había durado poco.

—Lo siento mucho, ha habido recortes en la empresa. Y como fuiste la última en entrar… —intentó explicarle su jefe, Yago, un tipo gordo, de cabello ralo y gafas de pasta.

Se tragó su enfado y abandonó el laboratorio. Se despidió de su compañera Teresa regalándole una caja de botes de mermelada de naranja. Ella puso cara de asco, pues odiaba esa fruta, pero le explicó: «Para los almuerzos de trabajo».

Era habitual en el departamento celebrar un almuerzo cada viernes. Su jefe y los otros idiotas que tenía de compañeros ponían excusas de todo tipo para aprovecharse de las dos jóvenes: que si no me dará tiempo de preparar nada, que si mi mujer ha ido ya a la compra y no la he avisado…

Y las dos cargaban con cafés, bollos, pastas y alguna que otra mermelada casera de Míriam. Se había convertido en un must, como decía Yago. Mientras ellos zampaban a dos carrillos, ambas charlaban sobre lo que harían si fueran las jefas de aquel laboratorio de análisis químicos. Aunque, para ella, eso se había acabado un año atrás.

Tras la sorprendente muerte de su novio Marcos, al que halló la señora de la limpieza en la piscina, flotando de espaldas, sus amigas se habían preocupado por ella en todo momento.

—Una lástima tener que volver a tu piso. Con lo bien que estabas en la casa de los padres de Marcos —decía Martina, antigua compañera de instituto.

—Ay, Martina, eso no era lo importante. Siempre te ha interesado más el dinero —contestó Verónica—. Ya en el insti te gustaban más los pijos. Marcos era un buen tío, se portaba genial con Míriam…

—Bueno, sí, se portaba genial —dijo Teresa—. Pero creo que se le iban un poco los ojos detrás de otras tías… No sé yo si hubieran durado mucho si estuviera vivo y se hubiera ido a Brasil, como decía.

Las conversaciones terminaban en disquisiciones filosóficas sobre la vida, el amor y la muerte. Y lo gilipollas que eran los tíos.

El novio de Teresa llevaba dos años prometiéndole divorciarse de su mujer. Ella siempre decía que lo dejaría, pero acababan volviendo cada fin de semana que había encuentro literario o firma de libros (era un escritor de moda).

El marido de Martina solía volver a casa con un olor sospechoso a perfume barato y muy pocas ganas de cumplir con su esposa en el lecho conyugal. Incluso, una vez, se permitió el lujo de tirarse en su misma cama a una de las camareras del hotel donde pasaban las vacaciones. Ella le había pagado con la misma moneda, pero seguía a su lado. Estar casada con uno de los abogados más influyentes de la ciudad pesaba más en la balanza.

A Verónica, su exnovio le pegaba y, aunque había interpuesto una denuncia ante la policía y había iniciado una nueva relación, seguía molestándola con sus mensajes fuera de tono y sus llamadas a horas intempestivas.

La sorprendente muerte de su exjefe Yago los dejó con la boca abierta. En el funeral, todos se lamentaban de lo joven que era y de cómo un ataque al corazón podía haber acabado con un hombre tan brillante. Teresa se agarró a ella y le susurró: «Sé cómo murió». Míriam la miró, consternada, pero su amiga la tranquilizó: «No te preocupes».

Desde entonces, se dedicaban a fabricar mermelada casera de frutas y a distribuirla bajo pedido. Verónica se encargaba de conseguirles tarros reciclados del restaurante en el que trabajaba y Martina imprimía las etiquetas, siempre en lugares diferentes, con máquinas distintas. A pesar de un pequeño parón veraniego (muchas mujeres querían dar una segunda oportunidad en verano), el negocio iba viento en popa.

Mientras Míriam vierte poco a poco la mermelada, escucha el parte de noticias:

«Fallece en Valencia el ilustre abogado Ginés Catalá Rey, de un ataque cardíaco. Su apenada esposa Martina Navarrés y sus hijos están devastados».

Amelia

Un comentario sobre “4×44. Viento en popa

  1. Me ha encantado. Y no por el nombre de uno de los personajes o el guiño que ya tu sabes. Me ha gustado por la manera de tratar el conflicto, por esa manera que tienes tan tuya. Que sepas que me ha evocado a un gran relato de Camila Lackberg titulado El Café de las Viudas. Enhorabuena.

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