Amelia

4×37. Un huésped especial (II)

Desde aquella vez, años atrás, terminaba sus viajes en el Hotel Caronte. Pasaba unos días, a veces semanas, descansando y ocultándose, hasta que volvía a coger el coche, un viejo Bentley de tercera o cuarta mano, que era su segundo hogar.

En la habitación 78 disponía de lo que necesitaba para cubrir sus necesidades: una cama confortable, un cuarto de baño sencillo pero correcto, a pesar de las baldosas amarillentas por el paso de los años, y un armario en el que dejar sus pertenencias. Harold le aseguró que nadie ocuparía esa habitación. «Una deferencia para con un cliente como usted», había resaltado. «Puede dejar aquí lo que desee».

Para no levantar sospechas, se conformaba con tener en el armario un par de trajes y camisas, algunas mudas de ropa interior y un diario en la pequeña caja fuerte. Lo único que transportaba siempre consigo era su maleta con el material de trabajo, que ahora se hallaba perdida por el hotel o en manos de algún otro huésped lo demasiado listo como para amenazarlo.

Se miró al espejo. Los ojos le parecieron algo más hundidos de lo normal, quizás por lo poco que había dormido los días anteriores. La cicatriz que partía en dos la ceja derecha era la única marca que podía asustar a la gente, aunque hasta ese momento no había tenido problemas en acercarse a sus víctimas. No necesitaba rasurarse, la barba tardaba un par de días en aparecer, lo cual le confería un aspecto más jovial.

Se vistió despacio con el traje que le pareció más aseado para acudir a un baile. Esperaba que hubiera copas algo mejores que el wiski del minibar y que nadie quisiera entablar conversación con él y, mucho menos, bailar. Limpió los zapatos con la esponja que encontró en el armario y se ató los cordones con doble nudo.

Tomó la llave de la mesita de noche y comprobó la hora en el reloj de pulsera. Faltaba un cuarto de hora para las nueve, así que cogió el teléfono y marcó el cero.

—Hotel Caronte, ¿qué desea? —respondió la voz de Harold.

—Harold, soy Walsh, de la 78. Ha habido un terrible error.

—¿Qué ha sucedido?

—Le han dado mi maleta a otra persona y yo he recibido la suya. Como comprenderá…

—No se preocupe. Enviaré a Harry a por ella e intentaré resolver el problema —interrumpió Harold. Al otro lado del teléfono se le oyó mascullar: «¡Maldito Harry!».

—Gracias, Harold.

Walsh cerró la maleta llena de ropa interior sexi, no sin antes guardarse unas braguitas blancas de encaje.

Al cabo del rato, apareció Harry, sudoroso y preocupado, con su maleta a cuestas.

—Lo siento, señor Walsh. Son dos maletas idénticas y yo… yo…

—No te preocupes —contestó, secamente.

Walsh tomó la cartera y salió de la habitación tras el muchacho. Lo vio subir la maleta en el ascensor y se preguntó quién habría recibido la suya por error.

En el pasillo, inusualmente vacío, las lámparas iluminaban con luz tenue la moqueta color rojo vino, que había visto tiempos mejores. Le pareció que los cuadros del pasillo eran nuevos: un hombre vestido de frac lo contemplaba a través de un monóculo. Creyó ver un esbozo de sonrisa en su boca.

Bajó las escaleras y oyó un ruido a sus espaldas. Se giró y descubrió a una niña con camisón blanco, de cabellos rubios. Se quedó parado unos instantes, hasta que ella le lanzó un beso y desapareció.

No era la primera vez que la veía. Desconocía la razón, pero el Caronte era el único lugar donde se le aparecía su primera víctima, la pequeña Laura. Tras pasar varios días con ella en una cabaña perdida en el bosque, la vistió con un camisón comprado expresamente para la ocasión y la arrojó al lago, con una gran piedra atada al cuello.

Después de Laura vinieron Lorna y el precipitado viaje que terminó en el Hotel Caronte. La primera noche que pasó allí, vio a Laura riéndose de él, vestida de blanco, completamente mojada. De Lorna, ni rastro.

Desde entonces, había cambiado su modus operandi. En vez de estrangular a sus víctimas, se divertía ensartándoles distintos tipos de cuchillos, bisturíes y lancetas, después de someterlas a todo tipo de vejaciones. Los dos años estudiando Medicina en la Universidad de Lock Haven habían servido de algo.

En recepción, un visiblemente preocupado Harold le interceptó el paso.

—Le pido disculpas, señor Walsh. Es la primera vez que nos ocurre esto. Ha habido una confusión: dos maletas iguales y dos huéspedes con las mismas iniciales —explicó el recepcionista.

—Espero que no vuelva a suceder. Como usted comprenderá, es de vital importancia que nadie abra mi maleta —dijo Walsh.

—La huésped acababa de abrirla, pero la he convencido de que usted es… de que trabaja para la empresa de cuchillos Bob Kramer.

—Gracias, Harold. No sé qué haría sin usted.

Los huéspedes bajaban poco a poco para ir al baile. Vio a una pareja con una niña rubia de ojos azules que se dirigía al hall y le pudo la curiosidad.

—Muy bien, señor Walsh —comentó Harold, guiñándole el ojo sano—. Así me gusta. Ya verá cómo disfruta de nuestro baile.

El hall se hallaba aún medio vacío, a excepción de la familia, sentada en una mesa. Un par de parejas danzaban al compás de una canción de Elvis. Le extrañó que aún hubiera gente dispuesta a bailar esa música y más en un hotel decrépito como aquel. Se acodó en la barra y pidió un wiski doble al camarero, un tipo que llevaba allí casi tantos años trabajando, como él de huésped.

—Señor Walsh, ¿usted por aquí? —le preguntó, amable—. Tenía entendido que no le gusta bailar.

—Y no me gusta, Horace. Pero me apetecía ver el ambiente —mintió, echando un vistazo alrededor, por si alguien se aproximaba.

—¿No le apetece comer nada? La cocina estará abierta hasta tarde.

—Un sándwich de pastrami, por favor.

Pasaban diez minutos de las nueve. No esperaba ver a nadie, ya que se había resuelto el asunto de la maleta. La niña rubia no era tan angelical como pensó, pues se entretenía en recortar el mantel con unas tijeras ante la atenta mirada de sus padres. Perdió el interés en ella.

Le llamó la atención una pareja formada por dos ancianos. La mujer era la hermana gemela de Dolly Parton, vestida de gasa rosa, con zapatos de tacón plateados. E­l hombre que la hacía girar sin cesar era calvo y llevaba frac negro y pajarita. Ambos parecían salidos de un geriátrico en horas bajas, aunque sus circunvoluciones por la pista de baile eran dignas de los mismísimos Fred Astaire y Ginger Rogers.

Justo en ese momento, sonó la canción Cheek to Cheek y los dos aplaudieron antes de ponerse a darlo todo, ante la mirada atenta de otros huéspedes.

Walsh le dio el primer mordisco al sándwich de pastrami. Herbert, el cocinero, los hacía deliciosos. Desconocía el origen de la materia prima, debía de ser de vacas de los alrededores. Cada vez que se hospedaba en el Caronte se tomaba, al menos, uno.

Pidió otro wiski doble a Horace, que sacaba brillo a las copas y vasos con una servilleta algo amarillenta. Cerca de la mesa de la familia con la niña rubia se sentó Madame Sinclair. Sonrió al verla. Era la médium oficial del Hotel Caronte. Se habían cruzado en un par de ocasiones y ella se empeñaba siempre en echarle las cartas o leerle la palma de la mano. Él declinaba su oferta y trataba de aplazarla para otro momento, ocupado como estaba en descansar.

La vio mirar en su dirección y hacerle gestos de que se acercara. Cruzó la pista de baile intentando no chocar con Dolly Parton y su pareja y se sentó.

—Buenas noches, Madame Sinclair.

—Buenas noches, señor Walsh. ¿No le apetece que le eche las cartas?

—No, gracias, aunque quizá… Si así lo desea, puede leerme la palma —le dijo, extendiendo la mano.

Continuará…

Amelia

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