Amelia

4×38. Un huésped especial (y III)

La mujer recorrió con un dedo las líneas finas de la mano del huésped de la 78 y emitió un gemido de disgusto.

—Querido, veo que la línea de la vida es muy corta… ¿Qué edad tiene, si no es indiscreción? —preguntó, algo temerosa.

—Madame Sinclair, si lo que pretende es flirtear conmigo, le diré que es inútil. —Quiso decirle que no le interesaban las mujeres de su edad, pero no le apeteció ser descortés.

—No, querido, me preocupa su salud. Porque usted aún es demasiado joven para morir, incluso para ser uno de los huéspedes del Caronte.

—¿Qué quiere decir? —le preguntó, interesado.

—Sepa usted que, cada cierto tiempo, alguno de los huéspedes… digamos… habituales del Caronte, fallece en extrañas circunstancias. En algunas ocasiones, hasta desaparecen sus cuerpos. Y dado que su línea de la vida es muy corta, no me gustaría pensar que usted es el próximo —explicó ella, con aire misterioso. Se atusó el turbante con el que cubría la cabeza y prosiguió—: ¿Acaso no se lo ha comentado nuestro buen amigo Harold?

—La verdad es que no, Madame. Pero no me interesan mucho los cotilleos. Gracias. —Se levantó del asiento y se despidió—: Vigilaré mi salud, no se preocupe.

Aparentó mostrar tranquilidad y se dirigió, de nuevo, a la barra. Mientras se aproximaba, vio que Horace ya le estaba preparando un wiski doble. Frente a él, la joven que se había registrado antes de su llegada, ataviada con un ceñido vestido azul, jugaba con la aceituna de su vermú, visiblemente aburrida.

—Buenas otra vez, señor Walsh —saludó Horace—. Me he tomado la libertad de servirle otra copa. Aquí tiene.

—Gracias, Horace. Perfecto. Pensaba tomar la penúltima antes de subir a mi habitación.

—Espero que se anime un poco y disfrute de nuestro baile —le dijo, señalando a la pareja de ancianos saltarines, que parecían no tener descanso.

Se sentó en un taburete al lado de la joven y ella alzó la vista.

—¡Hola! ¿Está tan aburrido como yo?

—Hola. La verdad es que no. Me divierte ver bailar a los demás —mintió.

—Pues yo estoy esperando a mi novio, que me prometió una noche inolvidable… Pero me parece que la voy a olvidar pronto —dijo ella, señalando el vermú y haciendo gesto como que era el tercero que se tomaba—. Me llamo Olivia, Olivia White.

—Encantado —dijo él, echando un vistazo a su escote—. Yo soy Oscar Walsh.

—Ah, ahora lo entiendo. Claro, es que yo soy Olivia White y usted es Oscar Walsh y tenemos la misma maleta, con la misma etiqueta y las mismas iniciales. Se ve que hemos llegado a la vez y el pobre Harry se ha confundido. —Parecía que se hubiera tomado dos copas de más—. ¿Sabe que me he asustado mucho al ver el contenido de su maleta?

—Sí, me lo ha comentado Harold. Lo siento —dijo él, mientras miraba a lo lejos.

—Pero Harold, ¡qué recepcionista tan amable!, me ha explicado que usted trabaja para una empresa de cuchillos y ya me lo ha aclarado todo.

—Sí, es un trabajo un poco aburrido, pero ya ve…

—Y pensar que por un momento se me había ocurrido que usted era un asesino a sueldo… ¡Qué ocurrencia! ¿Verdad? —explicó la joven, haciéndole señas a Horace para que le sirviera otra copa.

Walsh calló. No tenía muchas ganas de hablar con la joven. Quizás si hubiera sido quince años menor, le habría interesado. Era guapa, aunque ser tan mayor le quitaba algo de encanto.

—Mi novio Alan siempre me dice que veo muchas películas —prosiguió ella, tras sorber el vermú—. Alan, que me ha preparado una noche espectacular y no aparece. ¿Sabe? Me han dado ganas de encargarle que lo mate…

Walsh la miró con interés. Lástima que solo le gustase torturar y asesinar niñas… Quizás podría sacarse un sobresueldo matando a aquel infeliz. Se rio por dentro ante tal pensamiento.

—No me dedico a matar por dinero —afirmó él.

—Una pena. Alan me prepara una yincana con pistas y el muy… no aparece. ¡Con las ganas que tenía de pasar esta noche con él!

—Bueno, quizás le ha surgido un contratiempo —dijo Walsh, empezando a pensar en el pobre novio de la chica.

Olivia se quedó silenciosa unos breves instantes. En la sala comenzó a sonar I’ve had the time of my life y ella se frotó los ojos.

—¿Quiere… quiere bailar conmigo? Esta canción… me trae recuerdos —le dijo, con ojos brillantes.

El hombre dudó por unos instantes. Aunque creyó que, si le concedía un baile, quizás no podría deshacerse de ella.

—No, lo siento. La verdad es que… necesito descansar. Espero que su novio, Alan, llegue pronto. Horace, cárgueme a mi cuenta los martinis de la señorita… ¿White? —dijo él con un gesto. Ella se quedó sentada en el taburete y apuró de un trago lo que le quedaba.

—Gracias, es usted muy amable.

Walsh cruzó el hall a grandes pasos. Dos señoras intentaban emular a Patrick Swayze y Jennifer Grey sin mucho éxito y con gran hilaridad por parte de los que las observaban.

Pasó por delante de recepción y vio a una mujer, en vez de a Harold, que tecleaba en el viejo ordenador. Seguramente sería la que había contestado al teléfono. Se paró frente a ella.

—Disculpe, ¿hay forma de saber quién me ha llamado a la habitación? La mía es la número 78.

—No, lo siento. Cualquier huésped puede llamar desde su habitación a cualquier otra, solo marcando el número. Este es un hotel viejo, ¿sabe?

—Gracias. Por cierto, usted es…

—Hanna. Vivo aquí en el pueblo y ayudo a Harold en temporada alta. Habrá conocido usted a mi hijo Harry, ¿verdad? —preguntó, orgullosa.

—Sí, claro. Buenas noches —contestó, sin atreverse a decirle que su hijo había cometido un error que podría haberle costado caro.

Subió las escaleras y acarició el pasamanos. Era un gesto para él que se había convertido en casi un ritual. Estaba seguro de que le traía suerte. En el pasillo se cruzó con una mujer de edad indefinida, de pelo negro en un moño, al estilo de Amy Winehouse. Se paró frente a él en la escalera, impidiéndole el paso. Llevaba una camiseta negra de tirantes muy ajustada y mallas, también negras, con agujeros.

—¿Vienes o vas? —le dijo, sacándole la lengua y mostrándole el piercing.

—¿Disculpe? —preguntó él.

La mujer se cruzó de brazos y le mostró un tatuaje de una estrella de cinco puntas.

—Cuando tú vas, yo vengo de allí. Cuando yo voy… —Y le hizo un ademán para que continuara.

—Lo siento, no entiendo qué me quiere decir. ¿Que si vengo del baile es lo que me pregunta?

—Ah, a ver, perdona, ¿tú no eres de los Seguidores de Belcebú y Baal del Séptimo Infierno? Creía que tenía que decirte el santo y seña para… —Al ver la expresión de extrañeza de Walsh, dejó de hablar—. Perdona, me he equivocado, no lo volveré a hacer.

Le dejó libre el paso y él continuó hacia su habitación. Aunque la cerradura era vieja, ya le había pillado el truco para abrir sin demasiado forcejeo.

Antes de tumbarse en la cama, se lavó los dientes y se puso el pijama. Le encantaban los pijamas de rayas, le hacían sentirse como en casa. Sacó el diario de la caja fuerte y se dedicó a escribir los pormenores de su último crimen. «Lisa Sanders, quince años, Boston…». Pronto empezaría una nueva libreta.

Sonó el teléfono mientras garabateaba los datos de su víctima. Cogió el receptor y escuchó:

—Señor Walsh, siento no haber podido acudir a nuestra cita.

—¿Quién es usted? ¿Qué desea? —Saltó de la cama y se le cayó el auricular.

—Sé quién es y a qué se dedica. Le sigo la pista. Cree que no deja huellas, pero las deja. Laura, Lorna, Larissa, Leah, Lesley, Layla… ¿Continúo?

Walsh enmudeció. Cada vez que mataba, limpiaba con cuidado el lugar de tortura y crimen. Se deshacía de los cuerpos de tal manera que tardaban tiempo en descubrir los cadáveres.

—¿No dice nada? Bien, entonces hablaré yo. Tiene una hora para reunir 30.000 dólares o llamaré a la policía y presentaré todas las pruebas. Incluso una copia de su diario, con el recuento de los crímenes. Nos vemos en el jardín, junto a los columpios.

A Walsh no le dio tiempo a replicar. La llamada se había cortado.

Sopesó las opciones que tenía. Ni disponía de aquella cantidad de dinero, ni podía someterse a chantaje. Era inútil echarle la culpa a Harold, no iba a servirle de nada buscar culpables ante el asalto a su habitación y a la caja fuerte donde guardaba el diario.

Recogió a toda prisa la ropa del armario, la embutió en la maleta y salió de la habitación. Corrió por las escaleras, sin tocar el pasamanos.

Pasó como una exhalación ante recepción y tropezó con una joven y su cámara de fotos, que charlaba de manera animada con el anciano recepcionista.

—Disculpe —interrumpió—. Harold, debo marcharme.

—¡Señor Walsh! ¿Qué puedo hacer por usted? —Su ojo blanco pareció brillar más de lo acostumbrado.

—Nada, Harold. No nos veremos en bastante tiempo. Tenga, el pago de mi estancia. Gracias por todo —le dijo, soltando un fajo de billetes.

Metió la maleta en el Bentley y encendió el motor. Le apenaba abandonar el Hotel Caronte y no volver a pasear por sus estancias, charlar con Harold o comer los deliciosos sándwiches de pastrami de Herbert.

Las ruedas del coche resbalaron por la gravilla del camino. Aunque la carretera que conducía al Hotel Caronte no estaba muy bien asfaltada, él se la sabía de memoria. Le imprimió velocidad al viejo automóvil, mientras se preguntaba adónde huir.

La noche era cerrada. Las copas de los árboles apenas se veían por la niebla. No tenía tiempo que perder, así que aceleró.

En un tramo en el que venían curvas, pisó el freno. Este no respondió. Volvió a pisarlo con insistencia, pero el Bentley seguía deslizándose por la carretera húmeda. Desesperado, gritó al ver cómo se salía de la carretera y caía al vacío entre los frondosos pinos.

Una niña vestida con camisón blanco contempló la escena, con una sonrisa en los labios. A su lado, decenas de niñas se cogieron de la mano, antes de desaparecer lentamente.

Herbert estaba trasteando en la cocina, cortando en filetes muy finos el pastrami que acababa de curar. Sonó el teléfono y lo descolgó.

—Gracias. Voy para allá.

Sonrió al saber que disponía de materia prima para los sándwiches de los próximos meses.

FIN

Amelia.

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