Amelia

4×36. Un huésped especial (I)

Se había encerrado en la habitación. No le apetecía nada conversar con cualquiera de los huéspedes que poblaban los pasillos y mucho menos ir al baile en el hall. La vieja televisión, que otras veces funcionaba y dejaba ver varios canales, se había quedado en una emisora que reproducía capítulos de La Tribu de los Brady.

Una hora antes, había esperado a que el recepcionista acompañase a una huésped al ascensor. La estela del perfume de la mujer aún se notaba en el ambiente. Vio cómo se dirigía al viejo elevador, con paso firme y un leve contoneo, escoltada por Harold, que parecía darle indicaciones. El hombrecillo trotó hasta colocarse junto a él, en un gesto servicial.

—Bienvenido, señor Walsh. Aquí tiene su llave. No dude en llamarme si necesita cualquier cosa. Para nosotros usted es un cliente especial —le dijo, apretando la mano tanto que notó los huesecillos. Había enfatizado cualquier cosa.

—Gracias. Por ahora solo quiero descansar, Harold —contestó él, centrando su atención en el recepcionista y olvidando a la mujer.

—No se preocupe por el equipaje, se lo subirá Harry, como de costumbre. —Le hizo un gesto al joven botones, ataviado con un uniforme rojo y dorado, al estilo de una película de los años cincuenta, que acababa de entrar con una maleta—. Por cierto, hoy hay baile en el hall, como cada jueves —añadió.

Lo miró y pareció atravesarlo con su ojo blanco. Walsh no dijo nada, acostumbrado como estaba a las miradas inquisitivas del recepcionista. Se encaminó a la habitación. Harold siempre le insistía en que acudiera al baile. Él declinaba la oferta. No sabía bailar y no le motivaba charlar con nadie.

Subió al primer piso por las escaleras. Acarició el pasamanos de hierro forjado. Era una de las pocas cosas que le fascinaban de aquel hotel. No le gustaban los ascensores y mucho menos el del Caronte. Había oído golpes y gritos durante sus múltiples estancias, suficientes para saber que no debía usar aquel cacharro, una antigualla que se cerraba con una verja herrumbrosa.

Un gato negro se le metió entre las piernas y le pisó la cola, sin querer. El animal aulló de dolor y sacó sus afiladas uñas. Walsh se le quedó mirando a los ojos amarillos, como si entendiera sus pensamientos, y el gato bajó las escaleras de un salto.

En la habitación se sirvió un wiski. Le gustaba ese hotel: lo bastante lejos de la civilización como para desaparecer durante un tiempo y, aunque era viejo y se caía a pedazos, lo bastante cómodo para una persona como él. No era un hombre de lujos. Sabía que algunas habitaciones estaban reformadas y contaban con cuartos de baño más aseados. No le importaba, en la 78 se hallaba a gusto.

Le extrañó que Harry tardara tanto en subir su maleta. Aunque algo torpe, el muchacho, al que contrataban en temporada alta, solía hacer su trabajo de manera metódica y discreta.

Unos golpes en la puerta lo hicieron levantarse. Era Harry, con el rostro rojo y congestionado.

—Buenas… buenas tardes, señor Walsh. Aquí tiene —le dijo.

Ni siquiera se esperó a la propina, cosa extraña en él. Cogió la maleta y le pareció algo más ligera que esa mañana. Incluso algo más limpia. La comprobó por ambos lados. En la parte delantera seguían todos los bolsillos que habían provocado su compra, varios años atrás, en una conocida tienda de deportes. Tenía sus iniciales en negro en la etiqueta, OW, pero, además, llevaba en el asa una cinta con los colores de la bandera francesa. Extrañado, la abrió y descubrió que la maleta contenía un surtido de lencería de encaje y satén, de varios colores.

Descolgó el teléfono para llamar y oyó un ruido. Marcó el cero, pero Harold no contestó. Colgó y fue a ponerse los zapatos. Apuró de un trago lo que le quedaba de wiski. Debía descubrir dónde estaba su maleta antes de que la persona que hubiera recibido la suya, si es que había alguna, la abriera.

Sonó el teléfono con un timbre que solo oía en aquel hotel. Contestó, pensando que se trataría de Harold, intentando poner remedio a su problema, pero no oyó nada.

—¿Diga? ¡Harold! ¿Harold? —gritó, sin obtener respuesta.

—Baje al baile a las nueve en punto. Le espero. De lo contrario, se arrepentirá —escuchó decir a una voz metálica e indefinible. Oyó un zumbido y el sonido inconfundible del teléfono al colgar.

«¡Maldita sea!», exclamó. ¿Quién lo llamaba para amenazarlo?

Llamó otra vez a recepción. Una voz femenina le respondió que Harold no estaba. Le pareció raro, pues no recordaba que trabajase ninguna mujer en ese hotel. Ni siquiera en la cocina había féminas. Colgó. Se desnudó y se metió en la ducha. Faltaba aún una hora para el baile.

Bajo el agua, reflexionó sobre la primera vez que llegó al Caronte. Tras conducir sin descanso, su precipitada llegada a unas horas intempestivas no había asustado a Harold. Al contrario, el recepcionista se había mostrado correcto, amable y solícito: «Si así lo desea, podemos enviar su ropa a la lavandería, señor Walsh», le había dicho. Incómodo al pensar que se veían sus ropas ensangrentadas bajo la gabardina, quiso dar media vuelta y largarse. La mano de Harold apoyada en su hombro y la mirada comprensiva de su fantasmagórico ojo blanco le hicieron cambiar de opinión.

Continuará…

Amelia

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