Amelia

4×10. La otra (I)

Sonó el timbre. Dámaris se extrañó y dejó la tostada en el plato. No esperaba visita y mucho menos un sábado por la mañana. Abrió la puerta y se quedó sin habla.
Una mujer de su edad, de ojos marrones y piel tostada, ligeramente más atlética que ella, de la misma estatura, la miraba con curiosidad. Llevaba un jersey rojo y pantalones negros ajustados, ropa que Dámaris jamás se pondría.
—¿Quién… qué… eres tú? —le preguntó a una copia de ella misma.
—Soy Dámaris, igual que tú —le contestó.


Le pareció extraño escuchar su voz en boca de otra. Sintió que se mareaba ligeramente y cerró los ojos. Cayó al suelo.
Cuando volvió en sí, le dolía la cabeza. Allí estaba su otra yo, abanicándola.
—Lo siento. No me ha dado tiempo a cogerte.
No entendía nada. Allí estaba, mirando a una mujer prácticamente igual a ella.
Se incorporó y la apartó.
—Oye, mira. No estoy preparada para tener una hermana gemela a mis treinta años. Y no hay herencia que compartir, nuestros padres eran de orígenes humildes.
La otra sonrió. Echó un vistazo alrededor y le indicó que se sentara en el sofá. Obedeció.
—No somos hermanas. ¿Sabes lo que son las dimensiones paralelas?
—Mujer, veo Cuarto milenio como mucha gente en España, pero para pasar el rato —bromeó, esbozando una sonrisa idéntica a la de su interlocutora.
—Te hablo en serio. No estoy para bromas. Vengo de un universo paralelo a este. Para abreviar, te diré que, cuando cumplimos treinta años, el Gobierno nos da la posibilidad de visitar a nuestro yo en otro universo. Por eso he venido.
A Dámaris la situación le parecía muy marciana, si acaso podía describirla así. Sentada en su sofá, una copia suya le decía que venía de un mundo paralelo.
—¿Así de fácil? ¿No debería estar prohibido o algo así? ¿Y si eres una delincuente?
—Solo las personas sin antecedentes pueden viajar. Y tenemos una semana para conocer este mundo. Dentro de exactamente seis días, veintitrés horas y veintiocho minutos se abrirá el portal de paso y tendré que volver.
—¿Y yo no puedo ir a ver tu mundo? —preguntó Dámaris, curiosa.
—No, claro que no. Mi Gobierno supervisa las entradas y salidas y, aunque parezca que somos iguales, descubrirían de inmediato que no eres yo. Y te encerrarían en prisión.
—Mmm, suena interesante —bromeó de nuevo. Ante la cara de pocos amigos de su otra yo, le dijo—: Bueno, pues entonces, cuéntame cosas sobre ti o dime qué quieres saber de mi mundo.

Continuará.

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