Ana

4×09. Capítulo 4. De vuelta al hogar

Los albañiles no daban señales de vida. La encargada del hostal me miraba cada vez peor. Y Julio se había ausentado unos días porque tenía que resolver asuntos en la capital. En la inmobiliaria no me dejaban claro si las obras habían acabado.

Sentía un débil desasosiego. Me sorprendí echando de menos el tenebroso y largo pasillo que conducía a las habitaciones, la cocina vieja, el cómodo sofá y hasta los cuadros rancios que adornaban las paredes.

Así que recogí mis cosas, pagué la cuenta —lo que provocó el único gesto amable de la hostalera—, y me encaminé a la casa, una tarde fría y gris, que no amenazaba lluvia sino nieve. Por lo que me habían contado, no era extraño que cayera la primera nevada antes de noviembre.

La luz de la escalera no funcionaba y, mientras subía a tientas, me pregunté si quedaría algo de comida. Probablemente lo de la nevera estaría estropeado. Me conformaba con encontrar una lata de atún y algún paquete de papas.

Me costó abrir la cerradura. La llave se resistió a girar durante un buen rato, hasta que acerté con el punto exacto y entonces se deslizó con suavidad. El interior olía a cerrado y a humedad. Crucé los dedos al pulsar el interruptor. Suspiré aliviada cuando en la vieja lámpara de bronce brillaron dos de las cuatro bombillas. Suficiente.

Los albañiles, al menos, habían tapado los agujeros del cuarto de baño. No se veían manchas de humedad ni escombros. Abrí el grifo de la bañera y pensé que era mi día de suerte cuando el agua salió caliente en pocos segundos. Tapé el desagüe. Me iba a premiar con un baño de al menos media hora. En la cocina había una gran caja de herramientas en el suelo y un par de botes de pintura. Alguien había olvidado una chaqueta, colgada en la puerta de la galería, y unas botas de agua.

En la nevera había un sobre de salmón, que no recordaba haber comprado, y queso para untar. Saqué un paquete de pan tostado de la despensa, aún dentro de su fecha de consumo preferente, y una botella de vino tinto que Hugo había dejado olvidada la noche de nuestro encuentro. Localicé una copa limpia y un sacacorchos y volví al comedor.

Conecté el ordenador. Estaría bien echar un vistazo a las últimas correcciones. La casa estaba más caliente de lo que esperaba y pude desprenderme de la ropa de abrigo que tanto me asfixiaba. Cerré el grifo, decidiendo posponer el baño, y abandoné las pesadas botas forradas de borreguito.

Sonaba una música suave, que casi invitaba a adormecerse en sofá. Pensé que sería algo de publicidad en mi portátil pero, al tiempo que me acordaba de que internet no llegaba hasta allí, vi que la televisión estaba encendida y había sintonizada una emisora de radio clásica. Me serví una nueva copa de vino y la alcé: «Gracias, casa. Yo también te echaba de menos. A tu salud».

Me senté en el sofá con el portátil sobre las piernas. Leí, bebí, leí y me serví otra copa y, en algún momento, me quedé dormida.

Cuando desperté, fría y algo dolorida, percibí un aroma como a hierba mojada. La lluvia golpeteaba los cristales y lejanos relámpagos iluminaban la estancia cada poco. La lámpara se había apagado y temí un nuevo corte de luz. Pero las bombillas se encendieron, obedientes, cuando pulsé el interruptor.

Mordisqueé una de las tostadas con salmón que había preparado. Aunque estaba un poco blanda la encontré deliciosa. Hacía horas que no comía nada sólido. Sentada en el brazo del sofá di otro sorbo de vino y contemplé el cuadro que había junto a la entrada. Miré a la mujer que, según Hugo, se parecía a mí. Yo nunca me habría vestido como ella, con aquella falda tan larga y pesada, y hacía bastante que me recogía el pelo de manera que ni un solo mechón me molestara en la cara. Pero, quizá, sí tenía algo de parecido conmigo, aquella forma de mirar, con la frente ligeramente fruncida, era la típica expresión que mostraba en las fotos que me hacían para ilustrar alguna entrevista.

Examiné a los otros personajes que componían la escena. Observé a los hombres que abandonaban el bosque. Me pareció que había muchos más que la última vez que me fijé, aquella noche que Hugo mostró un inusitado interés pictórico. Alrededor del que me recordaba a Guillermo, había varios que sujetaban herramientas. Parecían picos, martillos y palas. Uno llevaba un cestillo que podía haber sido para preparar cemento, si aquello no hubiera resultado incongruente en una escena de exterior. Me acerqué aún más para fijarme en otro de los personajes. Estaba de espaldas, tenía el torso desnudo y el dibujo de una rama de olivo le bajaba desde el omóplato hasta la nalga derecha.

Sobresaltada, me eché hacia atrás con brusquedad. La copa me resbaló de la mano y, en mi huida, a punto estuve de clavarme uno de los cristales en la planta del pie. La luz se había apagado de nuevo y encendí la linterna del móvil. Entre fascinada y asustada enfoqué de nuevo el cuadro. La figura central, aquel caballero con sombrero y capa que daba de comer a su caballo, me miraba y, sin lugar a dudas, me guiñaba un ojo.

Fin

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