Ana

4×11. La inauguración

Llegaba tarde. Lorena me había enviado hasta la ubicación por wasap. Sin embargo, yo no hacía más que dar vueltas por las callejuelas y no encontraba la galería de arte. Mientras, pensaba en lo que me apetecía tomar una copa de vino, de ese blanco que mi amiga siempre lleva a cualquier acto. Seguro que en la inauguración de la exposición de su hermano no iba a faltar. Apenas conocía al artista, solo habíamos coincidido un par de veces, pero Lorena lo había traído a la presentación de mi libro de relatos e, incluso, me compró un ejemplar. Así que me sentía en deuda.

Después de diez minutos, tres consultas al Google Maps y dos a los viandantes, encontré la flamante entrada. La pared estaba llena de grafitis un poco surrealistas. Bien merecían una mirada atenta, pero tendrían que esperar. La puerta estaba abierta de par en par y algunas personas fumaban en la calle o daban sorbos de sus copas. El color claro de las bebidas me animó.

Mientras recorría un pasillo amplio y de paredes pintadas de riguroso blanco, eché un vistazo al folleto que publicitaba la exposición. En la portada, la foto de Xoan, el artista, y por detrás, una breve reseña biográfica y un sinfín de enlaces a las redes sociales. Ni rastro de su obra. Estaba intrigada. Después de oírlo hablar una tarde entera de cómo creaba sus pinturas, no había sido capaz de adivinar si lo que me esperaba era un conjunto de cuadros con paisajes y bodegones, una colección de retratos o, más bien, una explosión de colores inconexos.

Cuando llegué a la que supuse sala principal, me encontré varias decenas de personas que se apretujaban en el reducido espacio, hablando en un tono más que alto. En un primer momento no reconocí a nadie, así que me abrí paso, como pude, hasta la mesa donde unos pocos canapés, montaditos y cucharitas habían sobrevivido a la gula de los visitantes. Aliviada, comprobé que aún quedaba suficiente del blanco de Lorena. Me llené una copa, cogí un hojaldre solitario en forma de rosa y eché un vistazo a las paredes en busca de alguno de los cuadros.

No tardé en encontrar a Jorge, Inés y los demás. Charlando animadamente con ellos estaba Lorena, que me plantó dos besos y un abrazo y me dio las gracias por ir. Quise felicitar a Xoan que, al verme saludarlo con la mano, trató infructuosamente de acercarse a nuestro grupo. Cada paso que daba, alguien lo retenía.

Sentía mucha curiosidad por los cuadros y le pregunté a Lorena por ellos. Se echó a reír cuando le dije que no había visto aún ninguno.

—¡Debes de estar ciega! Excepto su cuadro principal, están todos en el pasillo que has recorrido para entrar.

—¡Son una maravilla! —intervino Clara, haciéndose la interesante como de costumbre—. Esas texturas son increíbles.

Miguel coincidió en que admiraba muchísimo la técnica. Que a su lado él, que también tenía unas cuantas exposiciones a sus espaldas, era un aficionado.

Cuando por fin pude saludar a Xoan, repetí como un loro los comentarios de mis amigos. Él, aprovechando que la gente ya había empezado a marcharse y estaba más libre, me arrastró hasta la otra parte de la sala y señaló una pared tan blanca e inmaculada como el resto.

—¿Qué te parece? —preguntó con una inmensa sonrisa de satisfacción—. Este es, sin duda, mi mejor cuadro.

—¡Vaya! —exclamé, sin saber qué otra cosa decir—. Y… ¿cómo lo has titulado?

Xoan sonrió de nuevo. Alargó un brazo para rodearme los hombros, con una confianza que yo no recordaba haberle dado, y exclamó:

—Lo he llamado El nuevo cuadro del emperador.

Ana

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