Amelia

3×46. Muebles viejos

Contemplo la lámpara de latón. Tiene ocho brazos con sus correspondientes imitaciones de vela terminadas en una bombilla. Proyecta una sombra en el techo que la hace parecerse a una araña achaparrada que se cierne sobre mí. La culpa la tiene la lamparita encendida con la que acostumbro a dormir desde que nació Adrián. Quería verle la carita y, aunque al principio me molestaba la luz, acabé por no poder conciliar el sueño sin ella.

Esta lámpara es fea. Recuerdo que mi padre quiso cambiarla por una lámpara ventilador, para las noches calurosas de verano, y mi madre se lo prohibió. Años más tarde, mi marido se empeñó también en hacerla desaparecer y yo me negué, aduciendo que me recordaba a ellos. En realidad, fue por llevarle la contraria a Adolfo y molestarlo. Encima que no pagaba hipoteca, se quejaba de la casa heredada de mis padres y pretendía gastarse un dineral en reformarlo todo. Siempre queriendo derrochar en tonterías sin importancia.

La ventana está abierta. Esta noche no corre la brisa de los otros días, dicen que van a subir las temperaturas. Las cortinas son también herencia de mis padres, pero eso no se lo dije a Adolfo. Las ignoró desde el principio, parece que no le incordiaban tanto como la lámpara o la cómoda. Y eso que son feas, rematadas con puntillas. Ya no se llevan las cortinas así, me lo decía mi amiga Carmen. Que si «podrías cambiar las cortinas», que si «esta lámpara está anticuada», que «parece mentira, con el dinero que tenéis, que sigáis viviendo en una casa de los años setenta». Otra pesada. Y yo, para llevarle la contraria, sin modificar ni un detalle. Mi dinero me lo gasto yo en lo que quiera.

El armario es de cuando se casaron mis padres. Robusto y recio, no sé de qué madera está hecho. Los dibujos tallados son de flores y recuerdo a mi Adrián, cuando empezó a andar, que los tocaba con sus deditos, como si estuviera leyendo un mensaje secreto escrito en Braille. Lo regaló la abuela Alberta, para que lo llenasen con el ajuar de mi madre: sábanas de hilo, toallas de Portugal, manteles hechos a punto de cruz… Todo muy cuco y muy mono. Para aquella época. Adolfo me decía: «Voy a llevar esto al contenedor de Cáritas, seguro que alguien se pondrá muy contento». Y yo me negaba, alegando motivos sentimentales. «¡Con lo que le costó a mi madre bordar esto!», contestaba yo. Cada vez que llegaba un folleto de una tienda de muebles, lo escondía con disimulo, por si acaso mi marido se ponía tonto y quería cambiar el armario.

Estoy tumbada sobre una de esas sábanas. Que se quiten las marcas modernas esas que anuncian en la tele, que a saber de dónde traen el algodón… Donde estén las de mi madre, fresquitas, ideales para estos calores… Además, mucho reparo con las sábanas, pero en ellas concebimos a nuestro Adrián. Fue una noche de verano como esta, calurosa, en la que se nos metió en la cabeza experimentar con posturas nuevas. Se ve que surtió efecto, porque a los nueve meses y tres días nacía nuestro hijo. Lástima que el desgaste de las sábanas no se deba a más experimentos como aquel…

A Carmen tampoco le gustan mis sábanas. Dice que las blancas están pasadas de moda y que ahora lo que se lleva es pintar la habitación de colores y elegir la ropa de cama a juego. Un día me dijo que le parecían ásperas e incómodas. Luego se calló, como si hubiera dicho algo inconveniente. ¡Qué manía con cambiarme la decoración!

Miro al frente. El espejo sobre la cómoda también tiene una talla peculiar, a juego con el armario. Yo no sé de qué están hechos los espejos, pero este tiene un par de puntitos en los que no se refleja nada. Y da miedo. No me veo tumbada en la cama, no me alcanza la vista. Solo veo la fotografía de la boda de mis padres que está colgada justo arriba del cabecero. ¡Qué guapos eran! De entre todas las fotos, elegí esa para sustituir al cuadro de la Virgen que había antes. Adolfo me dio a elegir: «O quitas el cuadro de la Virgen, o le prendo fuego yo mismo aquí en la habitación». Y como la madre de Dios me daba un poco igual, la cambié por esa foto de mis padres. ¿Por qué no puse una foto de nuestra boda? Pues porque el amigo de Adolfo que se empeñó en inmortalizar ese día con su cámara perdió los carretes y nos quedamos sin fotos. Solo tengo un par que me hizo Carmen y no son para enmarcar. Salgo poco favorecida y Adolfo es el único que mira a la cámara, sonriente.

Tumbada como estoy, no veo las mesitas de noche. Solo si giro un poco los ojos. Y ya me está costando distinguir el resto de la habitación. Estoy enferma desde hace varias semanas y al principio pensaba que Adolfo y Carmen eran los mejores para cuidarme. Los dos tan solícitos, tan preocupados por mí, me han llevado en bandeja todo este tiempo. Adrián está estudiando en el extranjero y no ha podido venir a verme. Antes aún llamaba cada semana pero ahora…

Carmen siempre ha estado en mi casa, a las duras y a las maduras, que decía ella… Y yo sin ver la realidad, sin enterarme de nada, viviendo entre recuerdos y ahorrando para que mi hijo tuviera una vida mejor.

Ay, qué pena me da ahora no haber cambiado los muebles. Así podría haber disfrutado de una casa más moderna. Estoy segura de que, cuando Adolfo descubra mi cadáver aquí en la cama, se mostrará serio y quizá llore un poquito. Es una lástima no poder estar para ver qué hace con todo esto. Aunque me da a mí que no tardará mucho en tirar los enseres que nunca le han gustado y comprar muebles nuevos, del gusto de Carmen, la que fingía ser mi amiga mientras se follaba a mi marido y me envenenaba poco a poco. Ojalá me hubiera dado cuenta a tiempo…

Amelia

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