Ana

3×47. Paraíso

Las lágrimas me nublan la vista. Quiero creer que no es a causa de tu ausencia. Solo una reacción alérgica al potente sol. La arena blanca se extiende detrás de mí como un desierto. El mar que me envuelve es transparente. Tanto, que no necesito unas gafas de bucear para ver el fondo. Me mantengo diez, veinte, treinta segundos en posición horizontal. Veo algunos pececillos nadando. Quisiera ser como ellos y huir, huir lejos. Dejarme arrastrar por la corriente. Salir de este paraíso.

Planeamos el viaje con ilusión. Meses de ahorro esparcidos en esta orilla. Tu truco de guardar las monedas de dos euros en un gran bote de cristal no dio para mucho. Los billetes de avión salieron de mi paga extra y tú fingiste ignorancia. Solo metí pareos, bañadores y ropa de verano en la maleta que nos perdieron. Mi emoción era mayor que mis necesidades.

En el Airbus de seiscientas plazas nos apelotonamos los turistas de asientos baratos. Parecíamos sardinas en lata. Me mareé con las turbulencias mientras tú brindabas con cava con la compañera de al lado. Hice como que no me daba cuenta. Aparenté que no me importaba que te diera el número de móvil porque «nunca se sabe a quién vamos a necesitar en un país extranjero».

El todoterreno nos recogió en el aeropuerto. Un africano paciente nos saludó con un «jambo», una sonrisa amplia y un apretón de manos. Los baches removieron mi estómago aún sensible. Te animé a salir a recorrer la playa mientras yo descansaba en la habitación, observando las paredes a través de la cuadrícula blanca de la mosquitera. Te apresuraste a descubrir las mejores calas para hacer snorkel y, también, las cervezas locales. Cuando la tercera noche no volviste, salí a buscarte por la orilla. Un chapurreo en inglés sirvió para que me contaran que, otra vez, te habías metido en líos. Reminiscencias de otros planes. Me prometiste que esta vez todo sería perfecto, un paraíso. Ibas a mostrarme tu mejor cara, sería el viaje de reconciliación que tanto nos merecíamos.

Ha llegado un mensaje a mi móvil en el que pides que vaya a buscarte a la comisaría. Te han llevado en una avioneta a la capital. Rebusco el dinero en mi cartera. Como suponía, solo quedan unas pocas monedas. Lo único que tengo es el billete de vuelta a casa y la pulsera de todo incluido en este hotel paradisiaco.

Está subiendo la marea. Saco la cabeza del agua y giro sobre mí misma para flotar sobre la espalda. Miro el cielo y las nubecillas que se deslizan. No importa lo lejos que estemos. Siempre somos los mismos. Incluso en el paraíso.

Ana

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