Ana

3×45. Meditación

La cinta transportadora se detuvo con un crujido. Sobre ella solo había una bolsa de viaje oscura. Ninguno de los despistados pasajeros que quedaban en la sala le prestó atención. Desde luego, no era el equipaje esperado por Rober. Entrecerró los ojos sin atreverse a hacer ni un movimiento. Respiró profundamente para no dejarse dominar por el pánico. Su maleta era roja, grande y rígida. Marta le había aconsejado que se llevara esa, porque él era un despiste y la ventaja de las maletas de colores vivos es que se ven enseguida: «A veces incluso desde el avión puedes localizarla entremedias de la montaña de equipaje, recorriendo la pista de despegue, antes de que la metan en la bodega».

Su amigo Miguel se había encogido de hombros, divertido con la ocurrencia de su novia. Después, le había dado a Rober la tarjeta de embarque on-line y el pasaporte. Lo llevaron hasta el aeropuerto, aunque no se bajaron del coche. «Lo pasarás bien y te olvidarás de todo, ya verás como cuando vuelves eres un hombre nuevo», le aseguraron al despedirlo. Les había costado mucho convencerlo de que hiciera aquel viaje.

***

Lucía sonrió al ver aparecer a sus compañeros de trabajo. Estaba sola en el despacho aquella tarde, terminando un trabajo urgente. Cuando oyó sus risitas tras la puerta, se vio venir todo el percal. Entraron dando voces y palmas. Le enseñaron un enorme bulto envuelto en papel de regalo. Se emocionó al leer la postal en la que le deseaban lo mejor en su nueva vida. Rasgó el envoltorio y se encontró una gran maleta roja sobre la que descansaba un neceser del mismo color. En el interior había otra, de tamaño mediano. «Para las escapadas de fin de semana», apuntó Raquel antes de fundirse con ella en un abrazo.

Era la primera de la oficina en casarse. Formaban un equipo de trabajo muy joven. Se lo habían pasado fenomenal en los últimos años, siendo más amigos que compañeros. Pero todos se hacían mayores y las etapas de la vida se iban sucediendo. Emocionada, repartió besos y abrazos.

***

Rober buscó el billete de avión en su cartera y lo que encontró fue el folleto de «Retiro en la India» que le había parecido tan atrayente un mes atrás. En la inmensidad del aeropuerto de Delhi, le pareció una estupidez estar allí solo. Volvió a sentir un amago de ansiedad oprimiéndole el pecho. Exhaló el aire con brusquedad y rebuscó hasta dar con el resguardo del equipaje. El personal del mostrador de embarque lo había pegado cuidadosamente en su tarjeta, antes de desearle buen viaje en un, todavía, perfecto español.

***

Lucía se sintió decepcionada cuando su futuro marido le advirtió de que no podría cogerse los quince días del permiso por la boda. Era autónomo y «ya sabes lo mal que está todo».

En su lugar, iban a hacer una escapada de tres días a Pirineos, aprovechando el viernes festivo. Ella había soñado con visitar París, Venecia, quizá Praga o Berlín. Alguna ciudad europea donde perderse los dos y poner a prueba sus conocimientos de inglés y el GPS del móvil nuevo, otro de los regalos de la lista de bodas que no llegó a elaborar, pero que sus familiares y amigos parecían conocer a la perfección.

Encogiéndose de hombros guardó el juego de maletas rojas en el trastero y sacó la mochila y el saco de dormir.

***

Cuando Rober se encontró aquella nota en la nevera, su mundo se vino abajo. En la nota solo ponía «Me voy, no me busques, ya sé que no me necesitas».

La buscó, claro, incansable. Llamó su madre, a sus amigas, a sus compañeros de trabajo. Nadie sabía nada de ella. O eso dijeron. Estaba seguro de que sabían dónde encontrarla. Solo una compañera de despacho le dijo algo de una oportunidad en otro país, de que iban a abrir una sucursal y la habían mandado a ella.

Necesitaba marcharse muy lejos para dejarle aquella ridícula nota pegada en la nevera.

Rober creyó morir. Fue a Urgencias pensando que sufría un infarto. Le diagnosticaron ansiedad y le recetaron ansiolíticos y que se tomara las cosas con calma. No era el primero ni el último al que abandonan.

Se metió en la cama y se negó a levantarse. Pasó semanas sin salir de casa, comunicándose sólo por Internet, dejó de coger el teléfono, casi no recordaba cómo hablar. Solo hacía alguna excepción con Miguel, que lo visitaba a menudo.

***

Lucía se enfrentó a la soledad del nuevo hogar. Era la mayor de cinco hermanos y estaba acostumbrada a una casa llena de ruido y de movimiento. Con su marido trabajando, mientras ella tenía diez días libres por delante, le sobrecogían hasta los crujidos de los muebles. Abrió cajas y sacó libros y fotos. Los colocó en la alta estantería que cubría la pared. Sabía que los próximos años estaban por llenar, como aquellas baldas. Confiaba en que sus propios niños ocuparían las estancias vacías y las vivencias en común sustituirían en su memoria a las anécdotas de pequeña.

Encendió una varilla de incienso. Puso un CD en el aparato de música con unos mantras. Le encantaban aquellos cantos, daban mucho sosiego a su mente. Lo que hubiese dado por llenar alguna de aquellas maletas rojas y volar con su enamorado a la India. Solo que a él lo de los aviones le daba bastante miedo. ¿Cómo iba a meterlo en un vuelo de ocho horas?

***

Rober se acercó al mostrador de información. Dijo algo sobre lost bag con inseguridad, pero el hombre moreno, de uniforme azul, pareció entenderlo sin problemas. Asintió y le pidió que esperara en los asientos grises que había a un lado. Rober se sentó. Recordó aquella página de una asociación de yoga que ofrecía una semana en la India con mañanas de meditación y tardes de visitas culturales para conocer Delhi y acabar por coincidir con la celebración del Happy Diwali, algo así como la Navidad de los hindús. Aquel país siempre le había atraído. Su mujer y él se habían dicho muchas veces que un día irían a conocerlo. En cuanto superara su miedo a volar.

Media hora después, Rober preguntó otra vez al hombre uniformado por su equipaje. Él sonrió y volvió a señalarle las sillas con una mano. Se había quedado el tique de resguardo. Lo imaginaba recorriendo los pasillos, buscando aquella maleta roja que, seguramente, daba vueltas en una cinta transportadora de un vuelo procedente de otro lugar, a la que nadie prestaría atención. Miró el asiento vacío a su lado y se la imaginó a ella sentada allí, repitiendo mantras impronunciables, riéndose de la ansiedad de Rober y esperando, ilusionada, aquellos días que debían haber vivido juntos.

***

Lucía cogió la maleta roja de la cinta transportadora. Fue de las primeras en salir y no tuvo problema en reconocerla entre tanta aburrida maleta azul marino. Había cogido cuatro cosas y llevaba otras cuatro en el neceser de mano. No quería llevarse más de lo imprescindible. Escribir aquella nota y dejarla pegada en la puerta de la nevera había sido lo más difícil. Guardar el secreto las últimas semanas, fingir normalidad y cariño cuando ya había aceptado un puesto en Canadá, fue como un juego de niños.

Se detuvo nada más atravesar la salida de pasajeros para orientarse. Con un correcto «No, thanks!», rechazó el coche que le ofrecía uno de los conductores espontáneos agolpados en la puerta en busca de clientes. Más allá, en el meeting point, un hombre la esperaba sujetando en las manos un cartel con su nombre. Sonrió, estiró el asa de la maleta y la empujó rodando a su lado.

Ana

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