Amelia

3×32. La mejor mamá del mundo

Mi mamá es la mejor mamá del mundo. Tengo mucha suerte porque me quiere mucho y me lo demuestra un montón.

Mi mamá se llama Cristina. Tiene el pelo negro, largo y rizado, y a veces se queja de que no sea liso. Le gustaría tenerlo como una actriz de cine que anuncia un champú. A mí me parece muy bonito el pelo de mi madre y me gusta enredar los dedos en sus rizos, aunque se enfade un poco conmigo.

Sus ojos son marrones, parecen dos castañas de esas que compramos en otoño, cuando hace frío. Me gustan las arruguitas que se le hacen debajo de los ojos cuando se ríe. Aunque a ella no le gustan nada y dice que está mayor y que necesita cremas de esas que te alisan la piel, pero que son tan caras que no las puede comprar.

Tiene una boca grande, de la que salen palabras bonitas cuando está contenta y palabras feas cuando se enfada. Antes nos contaba cuentos a mi hermana Anabel y a mí, sobre todo por las noches. Ahora ya no, porque dice que tiene que trabajar con el ordenador. Yo la veo que se ríe mucho delante de la pantalla, así que no debe de ser un trabajo muy aburrido.

Sus manos son finas y elegantes, con las uñas cuidadas. Antes el color le duraba mucho tiempo y, a lo mejor, se le estropeaba y ya no se las pintaba hasta que no había una ocasión importante. Ahora se las pinta de colores distintos, cada semana o cada dos se las cambia. Dice que es el único vicio que tiene y que, total, no le cuesta mucho dinero porque aprovecha las ofertas de la peluquería de la esquina.

Con esas manos antes nos acariciaba mucho. Ahora tiene miedo de estropear la manicura y ya no nos toca tanto. Tampoco friega los platos, dice que está muy cansada de trabajar y lo hace Anabel.

Por lo menos sigue cocinando con esas manos, aunque se pone guantes de esos de plástico finito, como los chefs de los restaurantes. A mí me gusta mucho cómo cocina mi madre, sobre todo los guisos y las sopas. Cada día comemos un plato diferente: lentejas, crema de verduras, sopa de fideos… o lo que se le ocurra. Prepara grandes ollas y, si le sobra, lo mete en recipientes de plástico, los etiqueta y los guarda en el congelador. Dice que así tiene tiempo para trabajar en el ordenador.

A Anabel no le gustan las verduras y mamá la obliga a comérselas. Le dice que es por su salud, que tiene que crecer. Pero ella se pone mala y vomita. Yo le digo que están muy buenas y no entiendo por qué le hace ascos a la crema de champiñones. Dice que le sienta mal.

Se ve que a papá tampoco le sentaban bien las cremas de verduras. Debía de tener un estómago delicado, porque fue adelgazando y poniéndose pálido. El médico le decía que comiera carne, pero también le sentaba mal. Mamá le preparaba caldos de verduras, filetes gordos de ternera, le pelaba la fruta y le daba vasitos de agua cuando le entraba la fiebre. Un día, al volver del cole, mamá me dijo que papá estaba en el hospital. Ya no lo volvimos a ver.

Mamá nos explicó que papá se había puesto malito de no comer bien y que se había ido al cielo. Lloró un ratito y Anabel y yo la abrazamos. No me gusta que mi mamá llore, que se le ponen los ojos negros por debajo, porque se le manchan con la pintura. Yo pensaba que echaría de menos a papá más tiempo, pero en seguida recuperó la sonrisa. Empezó a llevar tacones y comenzó a salir por la tarde.

Me gustaba cuando mamá se quedaba por nosotras por las tardes y nos ayudaba con los deberes. Nos dejaba con las tareas y ella se ponía con el ordenador. Ahora nos quedamos solas y viene la vecina, la señora Carmen, que nos da la merienda y nos cuida. Sobre todo a Anabel, que sigue malita de la tripa y vomita todo. Tengo miedo de que se ponga enferma como papá, porque no le sientan bien los caldos de verduras ni los filetes de ternera bien gordos y cada vez está más pálida. Mamá es tan buena que, cuando vuelve a casa, le pela la fruta y le da vasitos de agua. Dice que son para reponer líquidos, aunque Anabel sigue vomitando.

Mamá también se preocupa por mí, porque es la mejor del mundo. Me duele el estómago solo un poquito, no tanto como a Anabel. Mamá me da calditos y filetes de ternera y a mí no me sientan mal. Me pela la fruta y me da vasitos de agua, pero no me los bebo. Prefiero beber agua del grifo, porque la de la botella especial que mamá tiene para nosotras me sabe rara.

Amelia

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