Ana

3×33. Relato erótico con niñera

Tecleé «sexo niñera» y esperé. No había pulsado el intro y la búsqueda no se puso en marcha. La pantalla estaba negra y un icono de unas gafas con sombrero parpadeaba ante mis ojos. A pesar de que había iniciado una sesión de incógnito me aterraba que alguien pudiera descubrirlo.

Cerré la pestaña y continué con la navegación. Quería reservar una habitación en un hotelito rural para pasar el puente del uno de mayo con Paula. Llevábamos unos meses juntos y ya tocaba una escapada romántica. Esperaba darle una sorpresa, pero los precios eran tan elevados que mi sueldo de reponedor no me lo iba a permitir. Para una vez que conseguía librar todo un fin de semana y me iba a quedar con las ganas.

Me aparté del ordenador. Me picaban los ojos, tenía la garganta seca y una vaga inquietud que sospechaba tenía mucho que ver con un nivel muy alto de la libido. Paula era otra empleada del supermercado y durante la última semana teníamos los turnos cambiados. Apenas nos habíamos visto un par de noches. Ella vivía con su madre, una octogenaria de mal genio y memoria confusa. Yo sentía que cada vez que Paula nos presentaba, a la señora le caía un poco peor. La última vez había soltado un: «Y tú, ¿por qué traes pordioseros a casa?» que me había dejado la autoestima por los suelos.

Quería que la relación con Paula funcionara. Era divertida y ardiente. Le gustaban las series, la cerveza y la comida mexicana. Mejor aún, le gustaba Hugo. Es decir, yo. Le gustaba más que al propio Hugo que nunca pensó que tuviera nada demasiado atractivo para las mujeres. Por eso frecuentaba las páginas porno y, a veces, las salas de cine X. Por eso mis relaciones solían ser a altas horas de la madrugada, con mucho alcohol en el cuerpo. Tan efímeras, que la mayor parte de las veces consumaba en un baño público o en los asientos del coche, aunque luego me doliera la espalda, porque ya no era tan joven.

Con Paula era diferente. Teníamos sexo, sí, y a veces empezábamos también entre gin-tonics, sumergidos en música electrónica o reguetón y rodeados de cuerpos sudorosos, que se movían de forma tan arrítmica como la nuestra. Pero, por la mañana, cuando me despertaba, la encontraba pegada a mi cuerpo, la cabeza apoyada en mi hombro y la mano enroscada en mi pecho. Nada más despertarse me besaba. Y entonces hacíamos el amor de una forma lenta, suave y dulce que hasta entonces siempre había considerado aburrida y ahora me ponía a mil.

Ya no tenía necesidad de aliviarme solo, mientras observaba a alguna rubia pechugona, vestida con un imposible picardías, recibir a un musculoso fontanero que decía tener mucho calor.

Sin embargo, las noches que no dormía con Paula, soñaba con niñeras. Niñeras de aspecto juvenil, o vestidas con uniformes descocados y medias de rejilla, o mayores y con semblante estricto que en algún momento se desabrochaban la blusa. En cualquiera de los casos, me despertaba empalmado, sudoroso y un tanto avergonzado.

Se lo conté a Paula.

La noche del treinta de abril, tumbados en el jardín de un hostel en el que había conseguido una habitación a precio módico, escuchábamos de fondo las risas de los universitarios europeos, que jugaban al billar mientras bebían «esa cerveza española tan barata». Arrebujados uno contra el otro, encima de un saco de dormir abierto y extendido en el suelo, mirábamos las estrellas. Estábamos exhaustos después de la ruta de las Cinco Fuentes que, en teoría, costaba dos horas y media y a nosotros, incapaces de orientarnos en la montaña, nos había llevado cerca de seis. Ella hablaba de sus sueños, pero de los de futuro. Había empezado la carrera de Psicología cuando acabó el instituto y la había dejado a medias porque necesitaba trabajar. No descartaba terminarla en algún momento, aunque fuera a distancia, porque las clases eran imposibles de combinar con el trabajo. Y soñaba con abrir una consulta propia.

Me tragué la dignidad y le conté lo de los sueños y las niñeras. Lejos de enfadarse, Paula indagó en mi infancia. Le hablé de mi madre, que trabajaba a todas horas, y de Mercedes, la niñera que crio primero a mi hermana y luego a mí. Siempre estuvo en casa. Era como un familiar más, como una tía o una abuela. Con el pelo recogido en un moño y siempre vistiendo de gris era probable que aparentara más edad de la que tenía. «¿Alguna vez tuvo un comportamiento raro? ¿Se te insinuó? ¿Te tocó o algo así?», indagó Paula. Me parecía ridículo pensarlo. Todavía me acordaba de cuando me bañaba, de que hacíamos pompas de jabón y aprovechábamos para lavar a mis playmobils. No recordaba nada sucio u oscuro en aquella relación.

Me quedé preocupado. Quizá mi memoria lo había borrado, tal vez mi cerebro albergaba sin saberlo un trauma y esa era la razón de que mi relación con las mujeres siempre hubiera sido un tanto distante. Yo lo achacaba a mi timidez, a mi aspecto desgarbado, a mi poca capacidad de ser ingenioso en estado sobrio. Pero… ¿y si había alguna razón oculta?

Aconsejado por Paula, le pregunté a mi hermana. Quería saber si recordaba a la niñera. Se carcajeó en mi cara cuando le sugerí que podía haber sido víctima de algún abuso. La «pobre Mercedes», me dijo, era totalmente incapaz de hacer daño a una mosca. Sí, tenía su dirección, aún le mandaba una felicitación en Navidad.

Fui a su casa. No tenía un número de teléfono y no me esforcé en buscarlo para avisar de mi llegada. Simplemente llamé al timbre y esperé que la mujer estuviera en casa. Un zumbido me permitió franquear el portal sin dar explicaciones. En el tercer piso la puerta estaba entornada. Golpeé con los nudillos y la empujé. La figura familiar que se recortó en el umbral no era la de Mercedes. Un hombre, asombrosamente parecido a mí, me miraba. Papá se quedó boquiabierto. Cuando dejó a mamá, allá por mi adolescencia, lo consideramos imperdonable. Mi hermana y yo boicoteamos cualquier intento por su parte de acercarse a nosotros. Mi madre hablaba con desprecio de la fresca con la que se había largado. Siempre me imaginé a una jovencita voluptuosa de largas uñas pintadas de rojo. Alguien a quien pudieras describir en un relato erótico.

Ana

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