Ana

3×31. Fenómenos

Aquel día no se puso el sol.

Tardamos en darnos cuenta. Era verano, disfrutábamos de las vacaciones y a los críos nos dejaban campar libres, por la calle, hasta que se hiciera de noche. Acabamos exhaustos: habíamos jugado a pillar, a la rayuela y hasta los niños habían saltado a la goma con nosotras. Teníamos hambre y, sobre todo, mucha sed. Las tiendas ya habían cerrado, pero el sol continuaba brillando, con rayos oblicuos, alargando nuestras sombras de camino a casa. Nos despedimos unos de otros y prometimos vernos al día siguiente.

En casa, la tele estaba encendida y dos radios sintonizaban emisoras diferentes. Mamá me dijo que algo grave había pasado y mi hermano repetía lo que decían en la radio entrando y saliendo de su habitación, alterado. Papá hablaba por teléfono, un teléfono blanco que nos acababan de instalar y que mi hermana había insistido en que tuviera el cable muy largo. Así podría encerrarse en el dormitorio de mis padres a chismorrear con sus amigas sin que yo la oyera.

Abrí la nevera y saqué la jarra aún medio llena de limonada. En la pantalla de la televisión salía una presentadora vestida con una falda muy corta. Señalaba una y otra vez el cielo con una mano mientras con la otra sujetaba un micrófono grande y pesado. La siguiente imagen fue de un señor con bata blanca, hablaba de fenómenos atmosféricos y tormentas solares. Recuerdo esas palabras porque me imaginé a unos astronautas con paraguas metálicos para protegerse de las gotas incandescentes.

Pasamos la noche, que no fue noche, en vela. La televisión emitió durante horas, alternando los informativos extraordinarios con viejas comedias para todos los públicos, que los niños nos tragamos a las tantas de la madrugada, luchando contra un sueño que no acababa de quedarse, incompatible con la luz que entraba por las ventanas. Por mi casa pasaron todos los vecinos. A mamá no le gustaba tener visitas, sin embargo no le importó hacer café cuando la señora Asunción bajó una bandeja de madalenas horneadas esa misma tarde. Papá sacó una botella de vino dulce, de la que rellenábamos cada semana en la bodega de la carretera, y lo sirvió en los vasitos pequeños. Me hacían gracia porque eran como mini jarritas. Parecían sacadas de los cacharros de mi cocinita, donde yo modelaba tomates y calabazas, longanizas y pescaditos con plastilina de colores.

Dormimos hasta altas horas de la mañana y, cuando bajamos a la playa con la tortilla de patatas en la fiambrera, el tema parecía olvidado.  El sol estaba donde debía de estar, en lo alto del firmamento. Aunque algunos mencionaron lo raro que había sido el fenómeno, a nadie le sorprendió que aquella noche las estrellas salieran a su hora, la luna asomara amarilla y el cielo se tornara negro, como debía de ser.

***

Hoy el sol está alto y el termómetro ha superado los cuarenta grados. Estoy empapada en sudor y el aire acondicionado no funciona. De hecho, no hay electricidad. No podemos seguir en la pantalla de televisión, ni en el ordenador ni en el móvil las explicaciones indescifrables de algún científico de bata blanca. No sabremos si hablará de tormentas solares ni le oiremos especular sobre las razones por las que el sol se ha negado a moverse a pesar de ser ya las siete de la tarde.

Sin noticias, exhaustos, sedientos, un poco huérfanos, nos estamos juntando en la terraza del bar de la esquina. En esa donde siempre sopla un viento tan fresco que a veces hay que cubrirse los hombros en pleno agosto. He dejado a los niños que jueguen en la acera ancha con los de los otros vecinos. Acepto el vaso de cerveza que me ofrecen, aunque no esté muy fresco, y fabulo con los demás sobre el fenómeno meteorológico que nos ha sacado de nuestras casas, nos ha alejado de las pantallas y nos hace mirar con otros ojos la luz que nos rodea.

Ana

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