Ana

3×29. Asimetrías

Te conocí un año antes que tú a mí. Un año para descubrirte.

La primera vez que supe de ti, solo eras una voz en la radio, en un programa de cine. Echabas por tierra mi película favorita y, aun así, me hiciste verla con otros ojos. Me llamaron la atención tus explicaciones concisas y certeras, me emocionó tu tono pausado y me encandiló tu sentido del humor.

Busqué en Google, impaciente. Quería ver cuál era el rostro que se escondía tras las palabras. Y encontré más palabras. Así supe que eras escritor. No de los superventas, pero sí tenías un lugar en el mundillo editorial valenciano. Saqué tres de tus novelas de la biblioteca, compré otras dos y sí, lo confieso, descargué de forma ilegal las primeras. Pasé hora tras hora adentrándome en tu mundo policiaco. Seguí contigo las pistas que me dejabas para descubrir quién era el asesino. Me fascinó tu forma de juntar las letras. Las descripciones me hacían viajar hasta el lugar del crimen. Los diálogos me dejaban con la sensación de haber conocido a los criminales más sangrientos o a los detectives más audaces.

Ya eras mi amigo en Facebook y no me costó averiguar cuándo participabas en alguna presentación, charla o debate. Quise verte. En tus fotos de internet siempre aparecías en sombras o de espaldas. Tu aspecto no me defraudó. Eras alto, moreno y ligeramente atlético; de sonrisa leve y cautivadora.

Cuando presentaste tu último libro acudí a aquella librería céntrica, atestada de tus admiradores y amigos. Me camuflé entre ellos como pude. Me marché con una dedicatoria al uso, donde habías trazado las curvas de mi nombre, y con tu sonrisa en el selfi que nos hicimos juntos.

Pasé días contemplándolo.

Tenía que saber más de ti. Tus comentarios en las redes sociales, las entrevistas que te hacían, las fotos cotidianas que sin pudor compartías me revelaron un hombre al que admirar, un hombre que lo pasaría bien conmigo, un hombre del que ansiaba sentir el contacto.

Empecé a hacerme la encontradiza. Si un evento te interesaba, allá iba yo, poco importaba que fuera una jam de música reggae, una charla sobre novela histórica, una cata de vinos. A veces iba sola o me acompañaba alguna amiga que se dejaba arrastrar por mi inagotable vida cultural.

Me atreví a debatir contigo si el vino tenía aromas frutales o más bien especiados. El día que me preguntaste el nombre toqué el cielo. El que supe que hacías una visita guiada por el jardín del Turia creí enloquecer. El azar se ponía de mi parte. La jardinería es el único tema que domino. Botánico de formación, codirigías la visita con un arquitecto. Te miré boquiabierta mientras explicabas las características del bosquecillo de árboles botella, a la altura del Puente del Real. Cuando el otro guía hablaba del estilo gótico valenciano me aventuré a comentarte lo que me fascinaban esos ejemplares, casi tanto como su primo lejano de África: el baobab.

Sabía que eras un enamorado de África y la conversación fluyó más allá de los noventa minutos caminando por el jardín horizontal, de la copa de vino con montadito de queso con la que nos obsequiaron los organizadores, de las tapas en una pequeña tasca de la calle Caballeros.

Ya no necesité más hacerme la encontradiza. Mi móvil ardía con los mensajes que enviabas a diario. Conocía tanto de ti que no me costaba sugerirte planes atractivos. Sabía, casi más que tú, lo que querías hacer. Te fascinaba que fuéramos tan parecidos. Cuando te enamoraste de mí, yo te llevaba meses de ventaja.

Lo pasábamos bien pero, mientras que yo era la novedad, tú ya te habías convertido en rutina. Cuando te tuve seguro, empecé a añorar mi vida, todo lo que había dejado abandonado para convertirme en esa persona que adorarías.

Cuando ya no podías vivir sin mí, yo me había cansado de verte perder horas frente al televisor, en busca de una inspiración que no llegaba. Estaba harta del cine negro. Odiaba los borradores de tu nueva novela, me asfixiaban tus periodos taciturnos en los que no tenías nada que decir.

No eras siempre el personaje fascinante que yo anhelaba.

Cuando nuestra relación empezó a ser para ti monótona, yo ya había elegido eliminarte.

Ana

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