Amelia

3×28. En el museo

Soledad se puso la chaqueta del uniforme y cerró la taquilla. Guardó la llave en el bolsillo del pantalón mientras se dirigía a la segunda planta. Eran las diez menos cinco minutos y los visitantes estaban a punto de entrar, aunque aún tardarían en llegar a las salas que vigilaba.

Llevaba veinticinco años trabajando en el museo y se sabía de memoria los cuadros de la segunda planta. Podría realizar una visita guiada en cualquier momento, aunque sus conocimientos sobre arte eran limitados. El inglés también era una de sus asignaturas pendientes y se quedaba embobada cuando Concha, una de las guías, explicaba los cuadros de la colección permanente a los turistas extranjeros.

«Querer es poder», se había dicho más de una vez. El horario de diez a siete de la tarde, los hijos y luego su marido enfermo le habían hecho empezar en varias ocasiones cursos de inglés en la Escuela Oficial de Idiomas. Nunca los había terminado. Y la universidad a distancia le resultaba cara, sobre todo tras la muerte de su marido.

Ahí estaba, todos los días, de diez a siete, recorriendo las salas y aprendiéndose de memoria los detalles de los Dureros, Degas y Canalettos. Los bodegones del siglo XVII no le atraían demasiado, pero sentía auténtica fascinación por los paisajes de la pintura norteamericana del siglo XIX. Se imaginaba paseando por las playas de Winslow Homer y jugando con los niños que se bañaban en la orilla.

El cuadro que más le gustaba se hallaba en la primera planta. Solía bajar las escaleras para contemplarlo durante un rato, admirando el virtuosismo de Degas con la técnica del pastel. Volvía a su recorrido con el alma tranquila y perdida en ensoñaciones.

Echaba de menos a Jacobo, el guardia de la primera planta, que acababa de jubilarse. La había pillado en más de una ocasión fascinada ante los escorzos de las bailarinas y la fugacidad de su baile representada por los trazos ligeros del pintor francés.

—Te gusta este cuadro, ¿verdad? —le había preguntado una vez.

—Sí. No sé por qué, pero me siento atraída por los colores de los tutús, por el movimiento de las bailarinas. Me encantaría ser una de ellas —suspiraba Soledad.

—Bueno, aún estás a tiempo —bromeaba él.

Ella se reía y se señalaba los michelines y las arrugas que surcaban su rostro. Otro sueño que no había cumplido.

Los escasos minutos compartidos antes de que Soledad volviera a sus salas los dedicaban a comentar las obras que los rodeaban y que debían proteger y vigilar.

Jacobo ya no estaba y el guardia nuevo que lo reemplazaba no sentía el mismo interés por los cuadros, así que ahora se limitaba a contemplar en silencio aquella escena del París decimonónico durante unos minutos, para volver a su paseo habitual hasta la hora del cierre.

Al llegar a casa, encendía la tele un rato, se hacía la cena y hablaba un rato por teléfono con sus hijos.

Ese día las horas se le hicieron interminables. Un par de altercados con turistas que se acercaban demasiado a las obras y una reunión a toda prisa le quitaron tiempo para bajar a la primera planta.

El reloj dio las siete. Bajó por las escaleras comprobando que no había visitantes perdidos y entró en la sala donde se exponía el Degas. Sus ojos se posaron unos breves instantes sobre el cuadro y soñó, una vez más, con ser una de esas bailarinas en un teatro parisino.

A la mañana siguiente, Jacobo entró en el museo y saludó a sus antiguos compañeros. Le gustaba volver de vez en cuando a visitarlos. Preguntó por Soledad y le dijeron que no había acudido a trabajar. Intercambió algunas palabras con el guardia que lo sustituía y se dirigió a la sala de impresionistas. Miró el cuadro de Degas y se acordó de su compañera. Se frotó los ojos y contó las bailarinas. Ya no había cuatro, sino cinco, vestidas con tutú naranja, y una de ellas lo miraba fijamente, con una sonrisa en los labios, esperando su turno para bailar.

Amelia

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