Ana

3×27. El arte de procrastinar

Aquel día, Rubén Vázquez se había levantado temprano. Su propósito de Año Nuevo era que sus desayunos fueran sanos. Poco importaba que ya finalizara febrero. Cada mañana, al devorar un bollo de chocolate se prometía que sería el último.

Al menos, en aquella ocasión había incluido una pieza de fruta, tal y como recomendaban los nutricionistas. El kiwi le había sabido demasiado ácido; pero, mientras le daba vueltas al café con leche,  sin nada de azúcar, se sentía satisfecho.

Un vistazo al reloj le anunció que iba muy bien de tiempo. Se abrochó hasta arriba la camisa. Aunque no la había planchado consideró que las pequeñas arruguitas desaparecerían de la vista cuando metiera los faldones por dentro del pantalón y, sobre todo, cuando la cubriera con la elegante chaqueta gris. Se miró en el espejo. Ajustó el nudo de la corbata y se vio impecable. Se peinó deprisa, pasó un paño rápido por los zapatos y cogió llaves, cartera, móvil y maletín.

En cinco minutos pasaría su metro, pero la boca del subterráneo estaba justo a la salida del portal. Le sobraba justo un minuto para echar otra partida al Toy Blast en la tablet. Se había enganchado sin remedio a aquel juego absurdo. La noche anterior había estado hasta las tantas para alcanzar el nivel 172. Pronto sería el que más estrellas acumulaba entre sus amigos de Facebook.

Con un gesto de fastidio, al comprobar que un solo cuadro de color rojo le había impedido alcanzar el 173, conectó el cargador y abrió la puerta de la calle. Las llaves no estaban puestas en la cerradura y rastreó la mesa, el sofá y el mueble del recibidor hasta que recordó habérselas guardado ya en el bolsillo.

El ascensor se puso en marcha un instante antes de que él pulsara el botón de llamada. En su reloj faltaba un solo minuto para el paso del metro. Casi siempre se retrasaba, pero andaba ya demasiado justo. Bajó a la carrera los seis pisos y casi patinó al descender de dos en dos los escalones del metro. Antes de pasar el torno ya escuchó el traqueteo del tren que se alejaba.

El siguiente pasaba en siete minutos. No era mucho tiempo, pero ese retraso le impediría coger el autobús y llegaría tarde. Por tercera vez aquel mes. Envió un wasap al grupo trabajo y otro a compañeros, inventándose una huelga de metro. Mariola, la jefa de equipo, le advirtió de que a las nueve en punto saldrían los coches. Si no estaba allí a esa hora se marcharían sin él y tendría que quedarse en la oficina a hacer llamadas de teléfono.

Rubén miró su reloj, eran casi las ocho y media y el autobús hasta el polígono donde se reunían los compañeros para salir a recorrer el área metropolitana de la ciudad estaba definitivamente perdido. Envió un nuevo mensaje a Mariola: «Ok. Me kedo en la ofi. Sta tarde nos vemos».

La oficina quedaba en el centro de la ciudad. Esa era la parte positiva. Se ahorraba los kilómetros de carretera y las malas caras de los clientes potenciales cerrándoles las puertas en las narices tan pronto se identificaban como vendedores. La parte negativa era que se quedaría sin comisiones. No era un gran vendedor, pero en su grupo había un par de compañeros que eran unas fieras. Y las ganancias se repartían entre todos los que hacían visitas porque, tal y como decía la jefa, el esfuerzo era del equipo.

El trabajo de telefonista era solitario, anodino y monótono. Y tan ingrato o más que ir de puerta en puerta. Del listado de doscientos números que tenía para la mañana, más de la mitad no contestaron, tendría que volver a intentarlo por la tarde. Unos treinta le cortaron nada más identificarse como representante de Cachivaches para su hogar y otros diez al soltar el manido lema de «Tenemos todo lo que usted necesita». Dos se mostraron interesados, contestaron todas las respuestas del test tipo que tenían como truco para concertar una cita en casa pero dijeron estar demasiado ocupados y sugirieron que llamara en otra ocasión. Antes de irse a comer tenía siete potenciales clientes de la zona que sus compañeros recorrían. Les envió un email con todos los datos y salió a la cafetería de enfrente a tomarse un bocadillo y una cervecita. Se la había ganado.

Ojeó el periódico al darse cuenta de que se había dejado el móvil en la oficina. Charló un rato con el camarero que acababa de comprarse un coche nuevo porque estaba harto de mojarse en la moto, que este invierno estaba siendo muy lluvioso. Rubén pensó que podría comprársela a buen precio y así dejar de depender del transporte público. Pero necesitaría unas clases, no había vuelto a coger una desde que se le averió la vespino que tenía a medias con su hermana.

Se sentó a encender un cigarrillo en una mesa de la terraza. Ya casi nunca fumaba, pero aquel día el sol lucía tan espléndido que le daba pereza encerrarse de nuevo en la oficina oscura del entresuelo.

Cuando al fin se decidió a volver tenía siete llamadas perdidas y unas decenas de wasaps enojados de Mariola. Se aplicó toda la tarde para conseguir clientes nuevos que calmaran el enojo de su jefa.

Los compañeros llegaron de buen humor. La jornada había sido fructífera y habían conseguido un montón de ventas. El mejor día de la semana, sin duda, dijeron. Asistió en silencio a la reunión en la que se preparaba el trabajo para la mañana siguiente. Rumiando su mala su suerte, contó mentalmente todos los euros que iba a dejar de ganar aquel mes.

El viento era muy frío cuando salió a la calle y se despidió de los compañeros. Caminó cabizbajo hasta la boca de metro y vio de nuevo como lo perdía por unos segundos. Echó un vistazo a las noticias del día mientras esperaba los quince minutos que tardaría en pasar el siguiente. En la portada de todos los periódicos hablaban del accidente. Algo habían comentado sus compañeros de que la salida del polígono había sido muy lenta por culpa de las retenciones. Rubén repasó la noticia: un autobús interurbano había sido embestido por un camión, al parecer el conductor se había dormido y prácticamente había partido el vehículo por la mitad. Sobrecogido leyó que había un par de muertos y numerosos heridos entre los pasajeros. Al comprobar la hora en la que había tenido lugar el suceso se dio cuenta de que se había librado de ser uno de ellos por los pelos.

Ana

 

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