Amelia

3×30. El dragón

El caballero de brillante armadura y caballo blanco alzó su espada. Atravesó al dragón, que murió entre estertores. De la herida comenzó a salir sangre y de la sangre brotó un rosal. El caballero tomó una rosa y se la ofreció a la princesa, libre, al fin, de las garras del monstruo.

Darío cerró el libro y suspiró, satisfecho. Lo leía, al menos, una vez a la semana. Era su favorito. Cuando llegaba del colegio, se encerraba a menudo en el cuarto y, tras hacer los deberes, cogía uno de los libros que atestaban las estanterías y se perdía entre sus páginas. A menudo releía pasajes subrayados o, simplemente, se dejaba llevar por aquellas historias.

Su madre solo abría la puerta para llamarlo a cenar. Si el dragón había llegado a casa, él se sentaba a la mesa y removía las verduras con el tenedor, incapaz de masticar. El dragón bramaba y se quejaba de lo mala que era la comida, de lo cara que era la vida, de lo absorbente que era el trabajo, de lo inútil que era su mujer, de lo estúpido que era su hijo. Si estaba de buen humor, se sentaba en el sofá, cogía el mando a distancia e, incluso, lo invitaba a ver alguna película a su lado.

Después de cenar, Darío volvía a su habitación y soñaba despierto. Soñaba con ser un niño a orillas del río Misisipi, jugando con sus amigos Huck y Joe; soñaba con ser un niño inglés que buscaba un mapa del tesoro y luchaba contra piratas; soñaba con ser un niño alemán que robaba un libro de una librería y se sumergía de lleno en la historia de un reino medio devorado por la nada; soñaba con ser un caballero de brillante armadura a lomos de un caballo blanco, que derrotaba con su espada a la bestia.

Soñaba despierto las noches en que el dragón llegaba de mal humor. Cuando sus bramidos le hacían taparse los oídos. Cuando los gritos y los golpes eran tan fuertes que ninguna lectura le ayudaba a amortiguarlos. Temblaba bajo las sábanas, agarrado a un libro y a su linterna, con los ojos llorosos y los labios apretados. Su madre acudía a arroparlo y él le notaba las mejillas húmedas en cada beso de buenas noches.

Durante los desayunos, hundía la cuchara en los cereales y procuraba no mirarla, callada y taciturna. Como el monstruo se había marchado a trabajar temprano, su madre iba recuperando el habla y la sonrisa, le daba un beso tibio en la frente, lo ayudaba con la mochila, le hacía el bocadillo para el almuerzo y bromeaba con él.

Si estaban de suerte, la bestia tardaba días en volver. Y en las cenas había risas, refresco de naranja, tortilla de patata y, en ocasiones especiales, tarta de queso. Luego, una película en el sofá, cubiertos con la manta, un bol de palomitas y un «vamos a la cama, que te estás durmiendo y ya es tarde».

Hasta que volvía el monstruo que escupía fuego por la boca y devoraba los momentos felices de aquella casa.

Darío quería ser fuerte, ser valiente, pero no podía. No era un caballero de brillante armadura, sino solo un niño. No tenía caballo blanco ni espada, solo sus libros. Y no eran suficientes para acabar con la bestia.

Darío estaba sentado en su cama, releyendo la historia del caballero y el dragón. Añoraba sus libros, que había dejado atrás cuando se fue a estudiar a otra ciudad.

Oyó la puerta y la respiración del monstruo, que acababa de llegar. Al poco rato, comenzaron los gritos y los sollozos. Un golpe, un insulto, otro golpe, otro insulto. Darío se tapó los oídos con la almohada. Cerró los ojos. Las imágenes del cuento aparecieron ante él. El caballero de brillante armadura venciendo al dragón con su espada, el dragón muerto a sus pies.

Se levantó y salió de la habitación. La bestia rugía y bramaba, acosando a su madre en la cocina. Se giró y lo miró. Su cavernosa voz le indicó que se largara de allí si no quería recibir él también.

El joven retrocedió. Quiso chillar, quiso decirle que dejase en paz a su madre. Las palabras no surgían de su garganta. Ella permanecía en un rincón, encogida, más pequeña que otras veces. El brillo de un cuchillo en la encimera le insufló valor.

Darío lo alzó y amenazó al dragón. Por primera vez en mucho tiempo, el miedo se reflejó en los ojos de la bestia y no en los suyos. El cuchillo atravesó una sola vez el costado del dragón, que cayó al suelo, sin comprender. El joven le tendió la mano a su madre y los dos salieron de la casa, libres, al fin, de las garras del monstruo.

Amelia

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