Ana

3×07. La marca de los libros

La biblioteca era silencio.

Más que cuando los estudiantes buscaban un hueco en las mesas atestadas en época de exámenes y no hacían caso a las indicaciones del personal. Mucho más que cuando los niños corrían por los pasillos hasta que alguna madre les chistaba para que callasen. Más aún que cuando un contador de historias desgranaba los entresijos de su último libro a los ávidos lectores que lo acompañaban en su nuevo periplo. Silenciosa incluso al lado de aquellas tardes de verano, en las que la ciudad quedaba vacía y los pocos que no se habían ido de vacaciones dejaban deslizar las calurosas horas en la orilla del mar, en el borde de alguna piscina o en el sofá, sesteando con el sonido de la televisión de fondo.

Olivia había pasado allí muchas de aquellas tardes y aquellos días. Nostálgica, no había podido resistirse a visitarla de nuevo, tanto tiempo después, tan cambiada.

La biblioteca estaba muerta.

Caminó despacio entre las estanterías. Arrastraba las pesadas botas. Oía el roce del traje de protección y su respiración, amortiguada por la máscara que le cubría nariz y boca. No había encendido todavía la linterna. Con la práctica que le habían dado los años se orientaba sin titubear en la penumbra. Habían sido numerosas las jornadas en las que recorría pasillos y recovecos, clasificaba libros según la CDU hasta aprender de memoria dónde se colocaba cada uno y trataba de facilitar a los más legos la comprensión del farragoso sistema de ordenación con grandes y atractivos carteles.

Su vida habían sido los libros. Nunca creyó que aprendería a hacer otra cosa.

Se detuvo en la sección de Literatura Clásica, una esquina especialmente oscura, donde ejemplares de tapas de piel se mezclaban con ediciones modernas. Se bajó la máscara para aspirar el característico olor de los libros viejos. Aunque el polvo la hizo toser, sentir el picor en la garganta le provocó una sensación placentera. En esa parte las estanterías estaban casi intactas. El saqueo había pasado de largo.

El retumbar de las explosiones lejanas le recordó que debía darse prisa. Se había separado un momento del grupo, mientras hacían un alto para reponer fuerzas. Había prometido no tardar, sabía que no la esperarían demasiado tiempo. Querrían estar de vuelta en el refugio antes de que la noche fuera cerrada. Pero la tentación de recorrer la biblioteca era grande, le traía demasiados recuerdos.

Llegó al final de la sala y encaró otro de los pasillos. Decidida, se acercó al apartado de Ciencias. Allí había conocido a Samuel, apenas unas semanas antes de que comenzara todo. Cuando solo los amantes de las conspiraciones sospechaban lo que iba a pasar.

«Nuestra sección de Química es muy pequeña», le había explicado mientras lo guiaba hasta una de las baldas más altas. «Deberías ir a la biblioteca de la universidad, la nuestra es solo de barrio. Apenas tiene libros de instituto».

Él pasó días rondándola. Haciéndole preguntas absurdas. Dándole conversación en los momentos de espera. Echándole una mano cuando se quedaba ella sola a cerrar. Olivia se hacía la despistada, fingía no darse cuenta.

Al empezar a llevarse prestados libros de ciencias le confesó que andaba buscando la manera de fabricar explosivos. Olivia se lo tomó a broma, como todo lo demás. «En Internet encontrarías mucha más información para eso. Seguro que hay un tutorial». «En Internet nos vigilan, rastrean al que hace demasiadas preguntas», objetaba Samuel.

Olivia se reía de su papel de tecnófobo bien aprendido y se enzarzaban en discusiones en las que él se mostraba revolucionario y ella desvelaba su espíritu pacifista, defendiendo a ultranza la palabra por encima de las armas.

Escuchó el siseo y los pasos mucho antes de ver ni tan siquiera la sombra. La biblioteca era oscuridad pero los meses de vigilancia habían agudizado su oído. Apretó el gatillo de la pistola, que nunca alejaba de su mano, en cuanto identificó el bulto como una persona. «Disparar primero, preguntar después». Las normas habían cambiado. Los valores estaban del revés.

Se acercó al sujeto que, derribado, apenas se movía y encendió la linterna para verlo bien. Era uno de ellos. Respiró aliviada, siempre temía equivocarse pero ya no había tiempo para los titubeos. Un charco de sangre escapaba de debajo del cuerpo y estaba a punto de manchar algunas de las hojas arrancadas y esparcidas por el suelo. La sección de Ciencias estaba devastada. Se agachó para recoger uno de los libros rotos. Reconoció las páginas llenas de fórmulas, esquemas y grandes dibujos: «Principios Elementales de los Procesos Químicos». Revisó la portadilla, donde se anotaba a los usuarios la fecha de devolución. No vio ninguna posterior a la que le había escrito a Samuel cuando se lo prestó. «Ese día, vendré a traerlo a las ocho —le había prometido—. Iremos a cenar. Ya toca que nos veamos fuera de estas paredes».

Sin embargo, ese día nunca llegó.

Ana

Un comentario sobre “3×07. La marca de los libros

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s