Amelia

3×08. Buscando a Alicia

Aquí está, frente a mí, una vez más. El edificio de la biblioteca es uno de los pocos que aún quedan en pie tras los saqueos. A casi nadie le interesa ya leer, solo se preocupan por sobrevivir.

Hay un grupo de gente merodeando por los  alrededores, pero voy a aventurarme a entrar. Necesito la pista definitiva para encontrar a Alicia.

Hace unos meses, mientras terminaba la tesis sentado ante una de las mesas de estudio de la sala principal, noté unos ojos clavados en la espalda. Me giré y la vi, haciéndome señales para que me acercara. Cerré el libro y, cuando me levanté, solo pude ver cómo se ocultaba tras una estantería. Fui a alcanzarla y dejó caer un papel, entre risas. Lo cogí y lo leí: «Pista 1/10. Me llamo…, N CAR ali». Miré cómo me saludaba, cogía unos libros de una mesa y se iba corriendo.

El libro era Alicia en el País de las Maravillas. Así supe su nombre. A partir de entonces, fue dejándome distintas pistas en diferentes libros, acompañadas de citas famosas y besos de carmín.

Alicia. Vivía en el barrio. Su número de teléfono empezaba por 609. Estudiaba Ciencias Económicas en la universidad. Le gustaba cocinar y las novelas de ciencia ficción. Su comida favorita: el pollo asado que cocinaba su madre. Su día perfecto: ir a pasear por los jardines de la ciudad con un libro bajo el brazo y una cesta de picnic. Su lugar favorito: esta biblioteca. Su cita perfecta: pasar una tarde conmigo en un sitio que me diría en la última pista.

Mientras me dejaba indicios entre las páginas de aquel laberinto de libros, el mundo cambió. Tras la persistente sequía, los grandes mandatarios acordaron restringir el acceso al agua e impusieron tasas abusivas; el mundo se dividió en dos facciones: los ecologistas, empeñados en el reparto equitativo del agua; y los activistas, guerrilleros que no creían en el diálogo, sino en la fuerza de las armas para derrocar a los opresores.

A la escasez del líquido elemento se añadió la contaminación del aire. En muchas ciudades se activaron protocolos de actuación para evitarla, pero en poco tiempo comenzaron a registrarse más de 400 microgramos de dióxido de nitrógeno por metro cúbico. De limitar la velocidad en carreteras y autopistas y promover el transporte público se pasó a regular el tráfico hasta casi eliminarlo. No solo faltaba agua, sino también escaseaban otros alimentos, debido a las restricciones en las importaciones y exportaciones. Una vez más, los impuestos hicieron la vida imposible.

Nuestra ciudad ya no era la misma. El invierno se iba a hacer duro, pues hasta la calefacción estaba gravada. Cuando la situación se hizo insostenible, muchas personas emigraron al campo; otras, se dedicaron a saquear supermercados y tiendas.

En la universidad también nos vimos divididos en dos bandos. Mi director de tesis y otros compañeros me introdujeron en uno de los grupos que apoyaban a los activistas. Me dieron una máscara protectora con filtro contra el aire contaminado, un rifle de asalto e instrucciones precisas para conseguir suministros.

Camino por uno de los pasillos. Creo que hay alguien, oigo sus pasos. Quizás también oiga los míos. Será un romántico como yo, que añora los viejos tiempos en que estas salas se llenaban de gente. Si logro deshacerme de él, aprovecharé para buscar la última pista que me lleve a Alicia. Si todavía sigue en la ciudad.

Paso por la sección de Ciencias. Mi mochila roza uno de los libros que sobresalen y cae. Las páginas en el suelo sisean. Intento esconderme tras la siguiente estantería, sin éxito. El desconocido es un buen tirador. Me llevo las manos al pecho y caigo al suelo. Moriré entre mis amados libros.

Ya nunca sabré dónde está Alicia.

Amelia

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