Amelia

L. Apocalipsis

Dejó de caminar para contemplar lo único que quedaba en pie de la ciudad: la estatua gigante de una mujer alada, con una corona de estrellas, y una sonrisa ajena a todo cuanto había acontecido. Parecía saludar a los ciudadanos que yacían, literalmente, a sus pies.

Salma llevaba días andando. Pensaba que encontraría a alguien con vida a lo largo del recorrido. Se había equivocado. Lo único que había encontrado eran agua y víveres para seguir caminando. La mochila le pesaba a la espalda, aunque no le importaba: no sabía cuándo faltarían los medios de subsistencia.

El Estallido la había pillado por sorpresa en el granero, amontonando balas de paja. Una había caído sobre ella y, no sabía cómo ni por qué, quizás fuera esa la causa de su salvación. Cuando logró salir de debajo, vio las vacas tumbadas en el suelo, con los ojos vidriosos. Corrió hacia ellas y luego hacia su padre, en el campo que segaba hacía pocos minutos. No respiraba. Fue a la cocina y encontró a su madre con la cabeza apoyada en la mesa, como si se hubiera dormido mientras pelaba las judías.  Muerta también.

Pasó un buen rato sentada, llorando y preguntándose por qué todos estaban muertos menos ella. Su granja estaba a quince kilómetros del pueblo y a treinta más o menos de la ciudad, así que se puso en camino, con su mochila y un par de mudas de ropa, esperando encontrar a algún superviviente más.

Su paso por el pueblo fue infructuoso. Los cadáveres de sus vecinos aparecían en las más diversas poses, según lo que hacían en el momento del Estallido.

Bastantes años atrás, científicos de renombre habían advertido del peligro de la proliferación de equipos electrónicos, que creaban campos energéticos, probables causantes de muchas dolencias. Uno de ellos dijo: «No moriremos por culpa de las enfermedades, un día todo esto explotará sin remedio». A partir de entonces, grupos de personas decidieron fundar comunidades y vivir sin electricidad. Como sus abuelos, que se mudaron al campo e iniciaron una vida sin ordenadores, móviles ni Internet. Algunos habían llamado el Estallido a ese punto de inflexión en el que se suponía que todo estallaría y la vida en la Tierra desaparecería.

Los padres de Salma le contaban que unos predecían un gran terremoto; otros, una gran inundación; y, los más, un gran fuego que acabaría con todos. Y, al final, parecía que había sido un infarto colectivo. Menos para ella.

Al llegar a la ciudad, solo había encontrado cuerpos sin vida, contemplados por la estatua de la Virgen. Erigida tiempo atrás para representar a la Inmaculada Concepción, Salma se preguntó de qué servían todos los monumentos en honor a Dios y a las vírgenes y santos, si no habían protegido a la población.

Se sentó en un banco y alzó los ojos hacia la estatua. Entonces recordó lo que le habían contado sobre ella. La llamaban Virgen del Apocalipsis, por su parecido con la mujer mencionada en el último libro de la Biblia, donde se hablaba del fin del mundo.

Sintió de repente una falta de aire y comenzó a marearse. El pecho le oprimía y cayó, inerte, hacia un lado.

La estatua gigante de una mujer alada, con una corona de estrellas, y una sonrisa ajena a todo cuanto había acontecido parecía saludar a Salma, que yacía, muerta, a sus pies.

Amelia

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