Ana

LI. Globos

El primer globo lo vio una joven que acababa de mudarse de casa. Cuando terminó de sacar sus pertenencias de las cajas, se asomó a la ventana. Observó a la mujer de blusa blanca que llevaba horas esperando en la parada del autobús. El globo, de color amarillo brillante, se había enganchado en la marquesina. Una repentina ráfaga de aire lo liberó y continuó su camino hacia las nubes.

El segundo era rojo, con pintitas blancas, y estuvo golpeando un buen rato los cristales del comedor social de una parroquia. En su interior, Inés se anudaba el delantal y comenzaba a sacar ollas y sartenes del armario para preparar la cena. Era Nochebuena y tenía mucho trabajo por delante. Se acercó a la ventana y trató de sujetar el globo para incorporarlo a la decoración navideña, pero el hilo se le escapó de entre los dedos y ascendió, trazando una espiral hasta detenerse en las luces de colores que adornaban la calle.

Los tres siguientes daban vueltas sobre un grupo de gente, aunque nadie reparaba en ellos. Estaban demasiado pendientes de la puerta de una casa que, despacio, se abrió para dejar salir a una pareja arrastrando un par de maletas con gesto cansino y ojos llorosos. El hombre llevaba en brazos a un niño que, durante unos instantes, dejó de hipar y se chupeteó el pulgar mientras su mirada seguía curiosa el deambular de los globos.

Álvaro salió a la terraza en busca de aire fresco. También allí los invitados, que charlaban y reían ajenos a su estupefacción, vestían extrañas ropas. Su compañera de clase, Leticia, había olvidado avisarle de que la fiesta era de disfraces y, por lo visto, de temática trekki. Un grupo de globos de colores brillantes, atados con la misma cuerda, ascendió con rapidez pasando a pocos centímetros de su nariz. Miró hacia abajo, imaginando a algún niño desconsolado al perderlos. Sintió un leve mareo. Supuso que aquellos cócteles de color verde y azul que tomaba estaban demasiado cargados.

Jorge, frente a su ordenador, fingía no escuchar los jadeos y chirridos que venían desde el piso de arriba. Durante un momento le pareció que el golpeteo incesante tenía el mismo ritmo que el parpadeo del cursor en la pantalla. La hoja seguía casi en blanco. Se había detenido en la tercera línea y no acababa de decidirse a escribir ni una sola letra más. En la repisa de la ventana, el gato de su vecina lo miraba. Tenía las orejas levantadas. Estaba seguro de que también a él le entristecía la ausencia de su dueña. Un globo de color verde se coló en la habitación. Los dos se pusieron de pie, con intención de atraparlo pero se quedó pegado al techo, lejos de su alcance. En ese momento los ruidos también se detuvieron y el globo trazó un amplio círculo y en zigzag escapó por la ventana.

En los siguientes meses se vieron más globos por la ciudad. Un hada los vio pasar y le pareció hermoso. Le puso de tan buen humor que decidió aparecerse a un incrédulo hombre de negocios. Otros quedaron enganchados en unas estatuas de bronce que misteriosamente estaban fuera de su sitio y un escritor vio unos cuantos después de una fuerte tormenta. Estaba desconsolado porque la lluvia había arruinado su trabajo de meses. Sin embargo, mientras pasaba las páginas mojadas de su cuaderno rojo, comprendió que lo único que tenía que hacer era ponerse a escribir de nuevo.

Cuando yo los vi cubriendo el cielo, supe que era un buen presagio. Era diez de agosto y me hallaba a muchos kilómetros de distancia de mi ciudad. En aquellas tierras extrañas buscaba la Cruz del Sur y la constelación del Escorpión en el firmamento, pero la luz del amanecer lo teñía ya de rojo y las estrellas se difuminaban en un cielo cada vez más claro. Los globos cruzaron de norte a sur. Algunos corrieron a por los prismáticos, creyendo que se trataba de una bandada de pájaros, prestos a identificarlos. Yo sonreí. No necesitaba de ninguna lente para saber cuáles eran las buenas noticias: Sofía estaba llegando.

Ana

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