Ana

XLIX. La princesa y la rana

—¿No vas a besarme? —preguntó la rana a la princesa.

Era gordita, de color verde brillante y ojos saltones.

—¡No! —exclamó la princesa con aprensión—. No me gustas nada.

—Pues claro que no te gusto, soy una rana —le recordó—. Pero si me besas, me convertiré en un apuesto príncipe.

—No te creo —rechazó la princesa—. Las ranas sois muy mentirosas, y los príncipes todavía más. Seguro que eres muy feo.

—Te equivocas —negó, moviéndose nerviosa—. Forma parte del hechizo, los príncipes convertidos en rana no podemos mentir.

—Quizá seas guapo, pero a lo mejor no eres mi tipo —sugirió.

La princesa, sentada sobre la hierba, se quitó una brizna enredada en sus largos cabellos rubios mientras miraba a la ranita que daba saltos, tratando de alcanzar su hombro.

—Soy muy alto y tengo un bonito pelo rubio y liso, como el tuyo —explicó, dándose por vencida y conformándose con dar pasitos cortos por delante de ella.

—A mí me gustan más los hombres de cabellos oscuros y rizados. Y si eres muy alto, me dolerá el cuello cuando quiera mirarte a la cara.

—Soy fuerte, necesitarás a alguien que luche por ti, si hay algún peligro.

—Hice un curso de defensa personal, puedo apañarme yo solita. Tal y como están los tiempos, no se puede quedar una esperando a que venga un príncipe a rescatarla. Siempre están con sus tonterías de la realeza, juntándose con los de otros reinos, para contarse sus batallitas y se olvidan de lo que tienen que hacer.

—Yo no soy así –protestó la rana—. No me apartaría de ti ni un momento. ¡Eres tan hermosa!

—Menudo agobio tenerte todo el día pegado a mí.

—Iríamos a bailar. Seguro que necesitas una pareja de baile para las fiestas.

—Me gusta más tocar mi arpa que bailar. Soy un poco patosa —reconoció la princesa.

—Bueno, está bien. Ya lo entiendo. No te gusto —aceptó con pena.

—Eres una rana lista —admitió.

—¿Me dejarás, al menos, que yo te dé un beso a ti? Se nota que eres una princesa bondadosa.

—Está bien —concedió.

Extendió la palma de la mano para que la rana se subiera y la acercó hasta su mejilla. La rana se estiró todo lo que pudo y acertó a besarla en la comisura de los labios. Hubo un “flop” muy sonoro y una gran nube de humo. Cuando se despejó, la princesa se había convertido en rana.

Ana

 

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