Amelia

XLVI. Cambios

La mujer llevaba una cesta de mimbre con la compra del día y un ramo de flores. El pelo, recogido en una trenza, dejaba escapar algunos mechones. Su mirada serena se iba posando en los rincones de la ciudad mientras daba mordiscos a una manzana. Se acercó al pintor, situado en una de las puertas de la catedral, como de costumbre. Era un hombre de escasa estatura, con bigote, y una camisa y un pantalón algo gastados. Tenía la vista enfrascada en el lienzo y con el pincel extraía los colores de la paleta.

—¿Qué estás pintando hoy?

—Lo mismo que ayer —contestó él, pesaroso.

Ella dio la vuelta y miró el lienzo. Se veía un esbozo de la plaza del ayuntamiento, con la fuente y la catedral al fondo.

—¿Y tú? ¿Qué llevas en la cesta? —preguntó el pintor, intentando atisbar su contenido.

—Lo mismo que ayer: dos barras de pan, tomates del terreno, jamón de Teruel, longanizas, rosquilletas… Estoy cansada. Nunca pensé que mi vida nueva fuera así de monótona —se quejó, yendo a sentarse a los escalones de la entrada del templo.

—La mía también es aburrida. Estoy harto de pintar siempre el mismo cuadro —dijo él. Se situó al lado de la mujer y la rodeó con el brazo—. Al menos podemos charlar de vez en cuando.

—Sí, no está mal. Aunque echo de menos al abuelo y su nieta. Cuando venían, él nos contaba cosas de libros…

—Del libro que estaba leyendo —corrigió él—. Su vida era como la nuestra, no podía pasar página. Y creo que le sentó mal que se lo dijéramos, por eso ya no viene con su nieta.

—Con lo mona que era… —suspiró ella—. Y, ¿qué sabes del sereno y del crítico taurino?

—A los dos les viene un poco mal acercarse al centro, porque las charlas duraban mucho y luego se les hacía tarde. Como ya son algo mayores…

La mujer permaneció en silencio un minuto, hasta que exclamó:

—Juanjo, ¿y si hacemos algo para cambiar nuestras vidas? —Arrojó la manzana mordisqueada a un lado.

—¿Como qué? No podemos modificar nada.

—Nunca hemos probado a intercambiar nuestros puestos. Quizás… —añadió, traviesa, mirando el caballete del artista.

—No creo que sea posible, pero podemos intentarlo —concedió él.

Siguieron hablando un buen rato, hasta que sintieron los primeros rayos de sol del amanecer.

—¡Vamos! —dijo ella. Recogió la manzana, tomó las flores que había abandonado en las escaleras de la catedral y agarró la cesta. Se colocó frente a la tienda de pollos asados.

El pintor cogió a toda prisa el caballete y su cesto con pinceles y pinturas. Le dio un beso en la mejilla y corrió hacia la plaza de la Pescadería. Se situó en la calle donde solía estar la mujer y esperó.

En cuanto el sol iluminó sus cuerpos, estos se transformaron en bronce.

Ese día, los viandantes que paseaban por Castellón se extrañaron del cambio de ubicación de ambas estatuas. La señora del mercado  daba la espalda a una de las puertas de la concatedral de Santa María y tenía una sonrisa de oreja a oreja. La escultura del pintor Juan José Salas se hallaba en la calle Josep García, mirando su lienzo con una expresión en el rostro de absoluta felicidad.

Ni la alcaldesa ni los ediles se explicaban quién podía haber ordenado que movieran las estatuas. Además, el suelo carecía de desperfecto alguno. Iniciaron investigaciones, pero no apareció el culpable.

Aún quedaron más perplejos cuando la estatua de El Sereno apareció a los pocos días junto a la de El Crítico Taurino, delante de la puerta de la plaza de toros. Parecía que mantenían una conversación amena. La de El Abuelo, antes situada en la avenida Rey Don Jaime, ahora estaba en uno de los bancos del parque Ribalta, junto a una pila de libros.

Amelia

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