Ana

XLV. El sombrero

Al oeste se encuentran las ciudades de los muertos. Las llamamos así porque la vida de los que allí se refugian no vale nada. Sin la protección de las nuevas urbes, sus días están contados. Me dirijo a la más cercana. Aquí solo hay casas abandonadas. O así debería ser.

El aire quema. No hay ni una sola sombra en el camino que recorro. Noto los rayos de sol lacerando mi piel a pesar de llevar los brazos y las piernas cubiertos. Tengo un pañuelo que me cubre nariz y boca, para filtrar en lo posible el polvo que se despega a cada poco, cuando unas ráfagas calientes soplan sin piedad. Llevo la cabeza cubierta con una gorra y unas grandes gafas oscuras.

Las botas me cuecen los pies. Pero me insistieron en que me las pusiera. Hace tanto que no llevo calzado cerrado que, con solo unos pasos, siento ya la piel en carne viva. No es un camino peligroso, solo incómodo. El área más próxima a la muralla es vigilada continuamente. Yo soy una de las encargadas de la vigilancia. Dicen que tengo una vista privilegiada. Sé todo lo que entra o sale de nuestra ciudad. He visto a los que buscan refugio golpeando las grandes puertas mientras nadie contestaba. He visto a retirados aceptando su destino para dirigirse al oeste sin volver la vista atrás. He contemplado a los más díscolos ser sacados a rastras y golpear la puerta que se cerraba a su espalda hasta quedar exhaustos.

Son tiempos duros. No hay lugar para todos en las urbes. Solo los sanos, fuertes y productivos podemos vivir allí. Puede parecer egoísta. Pero si cedemos a la sensiblería moriremos todos.

Doy otro paso. Me acerco a las primeras casas. Sigo sin ver a nadie. A los de fuera los echamos ya hace tiempo. A los de las urbes no les gusta caminar por esos senderos polvorientos, atravesar el aire recargado.

A mí sí.

No lo reconozco en público, pero me gusta hacerlo. Sentir el sudor que me empapa el cuerpo. Notar las gotas resbalando por la espalda. Cuando sopla ese enrarecido viento caliente las ropas amplias que llevo se mueven y me refrescan. Es otro de mis secretos. No cojo el uniforme grueso que visten los demás. Me pongo mis ropas y camino alrededor de la muralla. A veces subo las mangas. Dejo que mi piel desnuda note el calor del sol. Si pasan más de unos minutos empezará a enrojecer. Aun así, esos primeros instantes son una delicia. Me traen recuerdos de un pasado que parece que nunca existió. Cuando nos tumbábamos al lado del mar, indolentes, ávidos de sol.

Otro paso. Ya he llegado al asfalto. Está deshecho, apenas mantiene su estructura. Hay agujeros y piedras. Al principio recorrimos esas calles para expulsarlos a todos. Tenerlos cerca es un peligro. Los muros son infranqueables pero siempre cabe la posibilidad de que alguno de los de dentro se apiade. Cualquiera puede salir aunque casi nadie quiera hacerlo. Nuestras ciudades no son prisiones. Son islas. Oasis de salvación en un mundo que se ha tornado desértico.

Sigo caminando. Miro las primeras casas. La mayor parte de las puertas están abiertas o rotas. Todo es silencio. Pero tenso. Como si hubiera algo agazapado. A veces se oye un chasquido o un golpeteo. Y también ese zumbido que casi no cesa. Sacudo la mano y la cubro con la manga. Todavía hay mosquitos ávidos de sangre fresca. El calor no parece afectarles. Hay un río cerca, donde se arrastra más que fluye, un agua putrefacta, sin vida.

Llevaba semanas sin salir. Es una locura. Fuera nos exponemos a enfermedades, a picaduras, al calor y al aire irrespirable. Pero no he podido resistirme. No solo por el sol ni por la sensación de la tierra bajo mis pies. Tampoco porque ver aquellas casas abandonadas me retrotraiga a otros tiempos. En realidad vengo buscándola a ella.

Empecé a verla hace un mes. Algunos días está en uno de los edificios de varias plantas. Se asoma a una ventana. No llego a verle la cara pero la imagino curiosa. Como si se acabara de despertar de un largo sueño y no entendiera lo que hay afuera. O como si su alrededor no estuviera destrozado. Lleva una pamela y un vestido ligero. Es tan extraño ver a alguien con uno de esos sombreros.

El primer día casi ni me fijé. El segundo me llamó la atención. Después empecé a buscarla desde el puesto de vigilancia. Ahora siento una curiosidad que me reconcome. ¿Cómo alguien puede asomarse a una ventana con ese descuido, cómo puede preocuparle la elegancia?

El interior de los edificios es aún peor. Aunque el sol no da directamente, la temperatura sube unos cuantos grados y no hay un soplo de viento que lo alivie.

Subo despacio las escaleras y reviso los pisos. No hay ni rastro de la mujer. No se oye nada. Huele a sucio y a vacío. No estoy segura de si estoy en el edificio correcto. Tal vez es el siguiente. Me llevará varias horas revisarlos todos. Y no tengo tanto tiempo. Cuando el sol empiece a bajar tendré que marcharme. No tengo luces para recorrer el camino de vuelta a la ciudad y no me abrirán la puerta cuando caiga la noche.

Tampoco sé qué haré cuando la encuentre. Nadie puede estar allí y mi obligación sería inmovilizarla hasta que llegue un vehículo que la lleve lejos, a las ciudades muertas. Y no quiero hacer eso. Debería ignorarla. Pero necesito saber qué la lleva a ponerse ese sombrero cada mañana. ¿Cómo puede protegerse del sol con esa prenda tan liviana?

Estoy a punto de abandonar la búsqueda cuando la veo. Es la última habitación que pensaba revisar. Ya creía que tendría que volver otro día a continuar el trabajo. Está asomada a la ventana. Tal y como la veo desde mi puesto de vigilancia. El pañuelo del cuello ondea. El vestido ajustado sin mangas remarca su figura. El ala ancha de la pamela oculta a medias su rostro. Pero ahora que estoy tan cerca, no necesito mirarla a los ojos para saber lo que observa. Se inclina, en una postura imposible. Rueda sobre el quicio de la ventana, movida por la corriente de aire. No es más que un viejo maniquí de una antigua costurera. El sombrero, grapado a la cabeza sin facciones, nunca se dejará arrastrar por el viento.

Ana

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