Ana

XLVII. Emergencias

—Mi abuela está sentada junto a la ventana, fuma y lee el periódico.

Laura hizo un gesto de sorpresa. La voz de su interlocutor parecía muy alterada.

—Bueno, no es recomendable que esté fumando, pero tampoco es una urgencia médica —respondió, tratando de sonar amable.

—¡No lo entiende! Mi abuela tiene un cáncer terminal. Lleva semanas en la cama sin poder levantarse, necesita oxígeno para respirar. Y esta mañana, de repente, me la he encontrado así.

—La medicación paliativa a veces tiene efectos asombrosos —dijo, intentando resultar convincente.

Aunque aquella explicación no se la creía ni ella. Probablemente la señora no estaba tan mal como su nieto suponía. Quizá solo iba a verla de tarde en tarde y no sabía de su verdadero estado. Aun así, le tomó los datos y le prometió que un médico se pasaría a reconocer a su abuela.

Laura colgó el teléfono y se frotó los ojos. No era la primera llamada extraña del día. Nada más llegar, unos padres primerizos habían tratado de convencerla de que los balbuceos de su bebé sonaban como fórmulas químicas. Les había recomendado llevarlo a su pediatra para que lo examinara. A media mañana, un hombre con una psoriasis muy grave, le gritaba por teléfono que su piel estaba lisa y suave. Poco después de la comida, la madre de un niño con parálisis cerebral, que a duras penas podía mantenerse de pie, le contaba, nerviosísima, que su hijo estaba dándole patadas a un balón en el parque.

Era frecuente que la gente llamara al servicio de urgencias con historias absurdas. Bromas, aburrimiento, apuestas, hasta algunos que se sentían solos. Tras muchos años de experiencia, enseguida detectaba cuándo le estaban tomando el pelo. Sin embargo, las llamadas de ese día eran diferentes. Sus autores sonaban asustados ante los inesperados cambios, pero parecían sinceros.

Repasó sus notas. Aunque los partes los hacía en el ordenador, tenía la costumbre de escribir en un cuaderno mientras atendía las llamadas. Lo hacía de forma automática. A veces eran solo garabatos, otras dibujaba, en ocasiones anotaba palabras o frases sueltas, ideas que más tarde enlazaría para escribir relatos. Su trabajo como telefonista en el servicio de urgencias era un filón. Todos los días oía historias suficientes para escribir tres o cuatro best seller, de esos de muchas páginas. Lástima que luego fuera una procrastinadora y no acabara de poner en orden sus ideas.

Retrocedió varias hojas, para leer algunas de sus anotaciones. Había sido un mes intenso, plagado de historias angustiosas, de urgencias a vida o muerte y de muchas lágrimas. Sin embargo, en los últimos días las cosas se habían calmado y abundaban las llamadas sobre enfermos en coma que repentinamente despertaban, tratamientos que hacían más efecto de lo esperado y otras recuperaciones asombrosas.

Llegó hasta un dibujo que había hecho una semana antes, en la noche de San Juan, mientras hacía su turno de guardia. Como no podía ir a saltar olas, había esbozado un mar nocturno y, sobre el agua, había escrito su deseo. No se acordaba de que, al borde de la extenuación, anheló que, alguna vez, las cosas fueran diferentes y la gente llamara para dar buenas noticias. Asombrada, se quedó mirando fijamente esas líneas, la inclinación hacia delante de su propia letra.

Ana

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