Amelia

XLIV. El encierro

Salta de la cama en cuanto suena el despertador. Tiene apenas unos minutos para ir al baño, lavarse la cara y preparar, como todos los años por esas fechas, unas rajas de melón bien fresquitas para desayunar.

Enciende el televisor y se encuentra con los presentadores de RTVE, ataviados con ropas blancas y un pañuelo rojo al cuello. Hablan del encierro del año pasado, uno de los más lentos. Cinco minutos cuarenta y seis segundos. Los Cebada Gago son de los que más cogidas registran en los tramos de Santo Domingo, Estafeta y Telefónica. Los distintos periodistas distribuidos por cada calle van entrevistando a personas que han pasado la noche en vela o se han levantado pronto para buscar un sitio. Echa de menos los anuncios de Almohadas Moshy o de Kukuxumusu.

Lleva un par de horas despierto. Este año no es distinto a los anteriores. Siente cómo la adrenalina se acumula, sobre todo pensando en los toros de la ganadería Cebada Gago. Ya los ha corrido otras veces, pero empezar con ellos hace que se le pongan los pelos de punta.

Siempre corre en el tramo de Estafeta, con su gorra de chulapo, su camiseta azul y sus pantalones blancos. Lleva más de veinte años yendo a Pamplona a correr los sanfermines, no ha faltado a ninguno, ni siquiera los cuatro que estuvo viviendo en Estados Unidos.

Susana y su hija Irati cantan una jota delante de la imagen del patrón de Pamplona. «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición. Entzun arren San Fermin, zu zaitugu patroi zuzendu gure oinak entzierru hontan otoi». Segunda entonación del cántico al santo. Isabel también lo ha cantado, con su periódico enrollado en la mano, todavía en pijama y con media raja de melón acabada. Faltan pocos minutos para que comience el encierro. 848,6 metros de pura pasión.

David espera, dando saltitos junto a otros mozos, aunque ha estirado y calentado con anterioridad. Saluda a los de siempre con un gesto, deseándoles suerte. La manada es impredecible y no saben lo que puede pasar. Algunos se santiguan, otros besan las medallitas que adornan sus cuellos. Él besa la fotografía de su hijo Álvaro, con el que espera correr cuando crezca.

El chupinazo da salida a los toros del corral de Santo Domingo. Isabel se aferra al sofá y abre bien los ojos, siguiendo el recorrido. La manada va junta al principio, acompañada de los cabestros, al trote, sin correr demasiado. Dos de los toros cárdenos no paran de mirar hacia los laterales, donde se acumulan los corredores. Uno de ellos es alcanzado por un astado, al quedarse rezagado. Dos toros se golpean en la curva de Estafeta, aunque los astados han comenzado este tramo hermanados. Isabel busca al chico de todos los años, David, el de la gorra de chulapo. Lo encuentra y lo sigue, en la medida en que las cámaras de Televisión Española le dejan.

David ve cómo se acercan los toros que van en cabeza. Está parado, muy centrado. Siente la adrenalina acumulada, se le disparan las pulsaciones y corre, corre delante de ellos, esquivando los cuernos de uno. El trote no es demasiado rápido y consigue acercarse a las astas. Se gira un poco para mirar cara a cara al toro, vuelve a mirar al frente. Los deja pasar por su lado y mira hacia atrás, para ver si vienen los que faltan. Dos pasan por el callejón y cornean a un par de despistados que se han confiado. Un cornúpeta ha decidido darse la vuelta y pararse en medio de la calle. Un mozo lo golpea con un periódico, otro lo agarra por la cola, pero el astado sigue ahí, impasible. De pronto, se pone a correr y embiste a un corredor de camiseta a rayas blancas y negras. David se aproxima y logra que lo deje en paz, no sin antes recibir también un puntazo del toro.

Isabel le grita al televisor. «¡Aléjate, quítate de ahí! ¡Déjalos en paz!». Está en pie, preocupada por los mozos que han sido embestidos. Ve a los pastores que mueven al toro y lo obligan a correr. Los astados continúan su trayecto hasta la plaza, no sin antes provocar algunos momentos más de tensión: un toro cárdeno ha enganchado a un corredor y le ha roto el pantalón al darle la vuelta; otro ha golpeado a un mozo de camiseta amarilla y lo ha empotrado contra la valla.

David se acerca cojeando a los voluntarios de la Cruz Roja, contento con la espectacular carrera de este año. Mañana volverá a correr y volverá a sentir la emoción de estar tan cerca del toro.

Isabel ve cómo los dos últimos astados entran, por fin, en los corrales. Un cohete indica que el encierro ha terminado. Dos minutos cincuenta y ocho segundos. Espera al primer parte de heridos tras la repetición: «Una herida por asta de toro en escroto y otra herida en el pecho. Muchas contusiones». Ya no escucha más. Apaga el televisor y piensa en esa tradición de ver los encierros que comenzó hace años.

La verdad es que a ella nunca le han gustado los toros. Fue su madre la que empezó a madrugar las mañanas de julio y a gritar cada vez que un toro cogía a un mozo. Tras un par de años, Isabel se unió a ella y empezó a disfrutar del melón fresco por la mañana y de los encierros. Juntas buscaban a los corredores conocidos, a los que entrevistaban justo después: David, un chico de Hellín, el de la gorra gris; Manuel, de Arganda, con su camiseta blanca y una cruz roja en el pecho; Sergio, sordomudo, de metro ochenta y cinco…

Y así cada año, viendo a los corredores como si fueran de la familia, gritando de emoción, preocupándose por ellos. Ahora está sola y ha decidido continuar la tradición, aunque sigan sin gustarle mucho los toros. Un motivo más para recordar a su madre. Mañana volverá a despertarse un rato antes para seguir el encierro.

Amelia.

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