Ana

XLIII. Miedo

Me miran.

Se ha formado un corrillo a mi alrededor. Murmuran. Me señalan. Algunos me hacen fotos. Estiran el brazo y sonríen para hacerse un selfie conmigo de fondo.

Hace un rato, cuando me vieron por primera vez, gritaron aterrorizados. Alguien dio la voz de alarma y empezaron a correr. Los padres cogían a sus hijos, que jugaban en el suelo, ajenos a mi presencia, y los hacían levantar con malos modos. Les asustaba mi aspecto. Creían que quería hacerles daño.

Yo solo quería disfrutar del día y recorrer la playa. Dejarme acariciar por el sol y la brisa. Sentir en mi piel la suavidad de la temperatura. Aún no es verano y ya ha empezado a ser alta, pero el aire todavía no quema.

Sé que no se me permite acercarme tanto a esas personas. Que ellos no lo van a entender. Que me juzgan, aunque nunca les haya hecho nada. Han oído cosas sobre mí y no importa que la mayoría sean mentira. Nunca esos niños reirán con mis piruetas ni tenderán sus manitas hacia mí para que les haga cosquillas en las palmas. Jamás se sentirán cautivados con mi sonrisa ni compartirán conmigo su comida.

He visto que lo hacen con otros y sus habilidades no son tan distintas a las mías. Pero yo soy diferente. Tengo que contentarme con verles de lejos. Con espiar sus juegos a mucha distancia. No son los únicos que huyen despavoridos cuando alguien me divisa. Hay otros que son como yo, solo que más pequeños, y se escapan. También piensan que les voy a hacer daño. Aunque quizá estos sí tienen razón. A veces no puedo contener mi apetito.

Me miran.

Cada vez viene más gente. Y eso que no es un día de verano. Aún es junio. Algunos se ríen. Uno, muy osado, me ha puesto la mano en la frente. Yo me retuerzo para quitármelo de encima. Pero mis movimientos son muy torpes. Ya casi no puedo ni respirar. Intento atrapar el aire abriendo un poco más la boca. Eso arranca exclamaciones. Me crezco. Vuelvo a sacudirme y a mostrar los dientes. Tal vez pueda irme de allí. Desafiar a esos mirones. Demostrar quién manda.

¿No quieren tenerme miedo? ¡Pues se van a enterar! ¡Ven a hacerte una de esas estúpidas fotos y verás! ¡Atrévete a tocarme y no volverás a utilizar tus dedos!

Me miran y no puedo respirar.

Siento una mano en la espalda. Trato de girar la cabeza para ver quién me toca. Siento miedo, pero sus dedos me calman. Me acaricia, con suavidad, y veo de pronto su rostro. Es tranquilizador. Poco a poco otras manos se unen a la primera. Alguien grita que tengan cuidado, que no soy peligrosa, que solo estoy asustada. Un hombre alto, vestido con uniforme azul, aparta a los curiosos, esos que blanden sus teléfonos móviles y me deslumbran con los flashes. Pronto solo quedan a mi alrededor los que acarician mi espalda. Los que me hablan con susurros. Alguien me ha echado agua por la cara para refrescarme. Otros dan instrucciones.

Quieren devolverme al mar.

Solo soy una tintorera.

Ana

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