Amelia

XXIV. Confieso que he amado

Sé que es difícil entender mi postura. Quizá mis razones no sean suficientes para justificar lo que he hecho. Algunos pensaréis que no me arrepiento de mis acciones. Otros, que intento evitar mi condena. Solo quiero que me comprendáis. He amado mucho más de lo que he sido amado.

Nunca he sido una persona agraciada. Desde bien pequeño fui objeto de burlas por parte de niños y niñas, que no querían jugar conmigo. Anhelaba el amor de mis padres, de la gente que me rodeaba, y solo recibía golpes e insultos. Me fui del pueblo cuando era adolescente, tras varios desencuentros con muchachas del pueblo que jugaban con mis sentimientos. Volví, años después, dueño de múltiples negocios y una vasta fortuna. Adquirí la vieja mansión de los De Rais y la acondicioné para vivir. Empecé a buscar esposa y encontré de nuevo las antiguas reticencias a causa de mi aspecto. Quizás dejarme crecer la barba no fue del todo acertado. Sé que su aspecto azulado provoca rechazo.

La hija del molinero, Berthe, que años antes me había dejado desnudo y tiritando esperando por ella bajo la lluvia, cedió a mis avances. Vi en sus ojos color mar lo que me pareció el incipiente brillo del amor y su admiración. Cuando le anuncié que aquellas estancias llenas de ricos muebles, sedas y brocados le pertenecerían, se entregó a mí con una pasión desmedida. Esa misma noche le dije que todo era suyo, a excepción de una pequeña habitación al fondo del pasillo, que sería mi refugio. A la mañana siguiente, cuando desperté, no la hallé en mi lecho y fui a buscarla. Temiendo que la curiosidad, el mayor de los defectos de las mujeres, hubiera hecho presa de ella, corrí a la galería del piso de abajo. La vi probar una a una las llaves que le había dado, afanándose por encontrar la que abría la puerta. Una cólera inexplicable se apoderó de mí y solo pude acercarme por detrás y cerrar mis manos sobre su cuello hasta que dejó de respirar. Abrí la habitación, donde se hallaban mis útiles de carpintería y decidí, en un arrebato, conservar su hermosa cabeza de ángel rubio. Introduje su cuerpo en un baúl y dejé la cabeza encima de la mesa de trabajo.

A pesar de las acusaciones del molinero, logré convencer al juez de que la muchacha había pasado la noche conmigo solo para engañar a sus padres y escapar al día siguiente con una importante suma de dinero que me pertenecía. Un nuevo carruaje a la puerta de su casa y otras fruslerías me ayudaron en mi propósito.

Pasó el tiempo y las mujeres seguían evitándome, a pesar de mis denodados esfuerzos por conquistarlas con agasajos. Marguerite, la hija mayor del herrero, vino un día a ofrecérseme en bandeja. Mientras la besaba, sentí su asco, el mismo de años atrás cuando la pretendí en las fiestas del pueblo. La aparté y le dije que no quería sus mentiras. Se echó a mis pies y confesó su odio y miedo hacia mí, pero también su necesidad de dinero para alimentar a sus hermanos. Prometió ser mía si la ayudaba a mantener a su familia. Me ablandé y pensé que podría ser mi esposa. Adoraba su cabello color fuego y aquellos ojos verdes como esmeraldas que imploraban mi protección.

Marguerite demostró ser tan curiosa como Berthe, aunque tardó un par de días en abrir la puerta de mi pequeño santuario. Lo supe cuando acudió a mí, temblorosa, aterrorizada, mostrando el manojo de llaves, sin pronunciar palabra. Solo pude abrazarla y tratar de calmarla. Deslizar mi daga por su blanco cuello fue fácil.

Aimée, Adrienne, Brigitte, Christelle… Llegó un momento en que perdí la cuenta de las mujeres que habían fingido falso amor hacia mí, solo atraídas por mi dinero, curiosas en extremo, incapaces de mantener una promesa. Creí que nunca encontraría a una mujer digna de mí, que me amase por lo que soy: un hombre trabajador, honrado, justo… Hasta que apareció Manon. Al principio me había sentido cautivado por su hermana Nadine. Las dos eran hermosas a su manera, dos bellezas morenas. Le pedí la mano a su madre y Manon accedió a casarse conmigo. Joven y llena de vida, sus ojos azules mostraban amor sincero y cariño.

Le mostré mis posesiones y le indiqué, como a las demás, que no abriera la puerta de la estancia al fondo del pasillo. La dejé sola en la mansión y he vuelto hoy, antes de lo previsto, justo la noche previa a nuestro enlace. Le he exigido las llaves y la que abre esa habitación no está. Dice que la ha perdido.

No sé qué hacer con Manon. No puedo confiar en ella y mucho me temo que nunca podré confiar en mujer alguna. Me ha pedido que le deje un tiempo a solas para rezar y preparar el vestido de novia.

Presiento que nuestra boda no tendrá lugar. Ya no hay salvación para mí. Oigo cascos de caballos, alguien se acerca a la mansión. Ignoro si ha puesto en aviso a sus hermanos. Solo quiero explicar lo que siento. Confieso que he amado, pero el rechazo y el odio me han convertido en lo que soy: un cruel y vil asesino.

Amelia.

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2 comentarios sobre “XXIV. Confieso que he amado

  1. Madre de Dios!, decir excelente es quedarme corta. No encuentro los términos en el teclado para animarte, para impulsar —si es que necesitas de más fuelle— ese oficio del que eres ya maestra. Posees el don de transformar el lenguaje, porque veo el poder creativo que despliegan las palabras cuando las tocas. Me quito el sombrero y mil gracias por compartirlo.

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