Ana

XXIII. Flechazo

El día que Aurora llegó, Felipe estaba de guardia en Urgencias. Hubo un gran revuelo. Un accidente en una fábrica textil. Varios heridos. Múltiples laceraciones. Inhalación de vapores tóxicos.

Llevaron a los pacientes de aquí para allá. Algunos se fueron a sus casas esa misma noche, con puntos de sutura. Otros necesitaron tratamientos respiratorios. Los menos pasaron por quirófano.

En pocos días solo quedaba el recuerdo de una noche fatídica. Y ella, en la habitación.

Felipe la trasladó de cuidados intensivos a una cama de la segunda planta. Habían tratado sus pinchazos, provocados por las agujas de la tricotosa industrial, y limpiado sus vías respiratorias de los restos de sustancias tóxicas. Tenía buen aspecto. Pero dormía.

Se fijó en su melena rizada, con destellos rojos. En las largas pestañas. En la nariz redondeada. Y, sobre todo, le cautivaron sus labios, sonrosados a pesar del coma. Carnosos y brillantes.

Mordisqueó uno de los suyos tratando de ser profesional. La cambió con facilidad de la camilla que empujaba a la cama articulada del dormitorio. Al encontrar las dos vacías, eligió la que estaba más cerca de la ventana. Quiso que cuando despertara se encontrase a gusto.

Aunque su trabajo estaba en otra ala del hospital, casi cada día pasaba a verla. Ni a sus familiares ni a los de su compañera de habitación, una abuelita con la memoria perdida en algún tiempo mejor, les extrañaba. Con el uniforme del hospital tanto podía ser un celador como un médico. Felipe ponía cara de entendido. Echaba un vistazo al gotero que la alimentaba. Le tomaba el pulso. Dirigía unas palabras de ánimo al acompañante del momento y volvía al pasillo, a seguir su fingida ronda.

Al principio, había una mujer mayor por las mañanas, que pronto le confirmó ser su madre y un chico joven casi todas las noches, del que pensó que sería su novio y luego supo que era el hermano. A ella la consolaba cuando la veía sollozar porque su hija no despertaba. Los médicos estaban desconcertados. Sus constantes eran buenas. No había una explicación clara para su ensoñación.

Con el paso de los meses las visitas se distanciaron. Ya nadie se quedaba por las noches y la mayor parte de las mañanas también estaba sola. Únicamente Felipe se acordaba cada día de hacerle una visita. Seguía fingiendo que le tomaba el pulso o vigilaba su medicación. En realidad le apretaba la mano y en ocasiones, cuando nadie miraba, le acariciaba la mejilla. Pensaba que a ella aún le hacía falta sentir amor y contacto humano, que allí donde estuviera necesitaba saber que alguien la recordaba. Así que le hablaba, como si pudiera escucharlo: «Qué guapa estás hoy. Mira qué pelo más largo tienes ya. Voy a ver si encuentro una almohada más cómoda que esta es muy dura». Cosas que no se atrevía a decir a sus pacientes despiertas porque era muy tímido.

Un día llamaron a Felipe para que la trasladara a otro pabellón, el de crónicos. Mientras empujaba la camilla por el pasillo se lamentó de lo injusto que era tener que aparcarla en una esquina de la habitación múltiple donde atendían las necesidades físicas de los desahuciados, pero nadie se ocupaba de sus mentes.

Cuando las puertas del ascensor se cerraron a su espalda y pulsó la planta -1, que llevaba a aquel almacén de enfermos, la tomó de la mano. Pensó que Aurora no se merecía ser abandonada allí, era demasiado hermosa. Le pareció que le apretaba los dedos y supo que ella le estaba pidiendo ayuda. Se inclinó sobre su rostro. Le apartó los cabellos de la frente y, muy despacio, posó los labios sobre los suyos. Notó como ella respondía al beso, como entreabría la boca y la cerraba para mordisquear con suavidad.

Entonces, la puerta del ascensor se abrió y un tumulto empezó a abroncarle. La jefa de enfermeras le dio un empujón, gritándole cosas como degenerado, acosador y otras que sonaban aún peor. Quiso explicarse, pero era torpe con las palabras. En pocas horas estaba en casa con un expediente disciplinario en una mano y una denuncia de la familia de Aurora en la otra, esa familia que hacía semanas que no se acercaba a darle amor y ahora montaba en cólera porque él los hubiera suplido.

Aurora despertó aquella noche. Oía el ruido de un respirador, que venía de la cama de al lado. Sentía dolor en la mano, allí donde se clavaba la aguja del gotero. Notaba la lengua reseca y una fuerte migraña. Y tenía una calidez inexplicable en los labios. Un sabor dulce, de origen desconocido.

Ana

Anuncios

2 comentarios sobre “XXIII. Flechazo

  1. Los cuentos clásicos tienen esto, que se prestan a la sutileza de ser vistos con ojos modernos; si además es una relectura como la que nos regalas esta quincena, poco más se puede decir. Enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s