Ramón

S. Locura de amor

¿Que si lo vi? Todo, te juro que lo vi todo, con estos ojos. Y también te digo otra cosa, he visto pegarse de verdad a los hombres, cara a cara, pero la paliza que recibió Orencio Lobatón no digo que fuera innecesaria, lo que diré toda mi vida a quien me pregunte es que se ensañó con él; el cabo Sarmiento se ensañó y se pasó. ¿Qué objeto tenía arrastrarlo hasta el río si tenía la consciencia perdida desde hacía rato? Pura saña, lo que yo te diga.

Los vi a los dos en el café a eso de las cuatro. Ya sabes cómo es Orencio, un fanfarrón, dándoselas de bravo cuando tiene público. No digo que sea mal parecido, al revés, pero cualquiera sabe que a su edad las mujeres del pueblo le dan de lado. Las unas por no complicarse la vida y las otras porque están en edad de merecer y ya no quieren viejos. Pero a lo que iba. Estaba chuleando que iba detrás de la Rojica pequeña, la de Blasa la Roja, que viven ahí cerca y cuidan de la abuela que vive en el arrabal, una chica muy maja y que aún se hará más cuando desarrolle del todo, lo que pasa es que está en una edad difícil. Orencio le iba al cortejo, a ver si me entiendes, y la otra se estaba dejando querer. Que si la miraba cuando tendía la ropa, que si se agachaba, que si se hacía el encontradizo, que si la otra le sonreía, esas cosas. La verdad es que no lo contaba como yo ahora sino mucho más subido de tono. Ya te digo lo que le gusta hacerse el engreído y júntale que eran casi las cuatro y aún no había ido a comer, o sea, que llevaba una mezcla de revueltos, cervezas, vermús y vino exagerada, y como no come nada todo le caía al estómago vacío. Que si la voy a coger así, que si le voy a dar asá… cosas de hombres taberneros pero un poco pesadas, a mi entender.

Lo que también paré detalle fue en la cara del cabo. Siempre ha tenido la mirada torva, ceniza, con esos ojos vidriosos y esa jeta de asco que parece que se la pone cuando se afeita. Menos mal que por la calle lleva gafas oscuras. Estaba en el recodo de la barra, muy encima del mostrador, dando vueltas cada vez más nervioso a la copa de castellana y sin quitar oreja de la conversación. Me dio muy mala espina. Yo había sentido habladurías de si en tiempos iba por la casilla en busca de la abuela de la chavala, pero eran eso mismo, comadreos, porque a Sarmiento nunca se le había visto faltarle al respeto a una mujer. Bueno, ni guardárselo tampoco porque parecía de piedra en lo tocante a personas. Quién iba a pensar lo que rumiaba en esos momentos. Yo le vi muy mala cara, pero de ahí a lo demás…

Cuando me fui a echar una mirada al huerto, ya sabes que tengo que pasar muy cerca de la casa de la vieja, oí unas voces. Pero cada uno lleva su vida y más bien parecía que estaban de jarana que otra cosa. Pasé de largo, ya te digo, y me encontré con el cabo que iba uniformado con la carabina al hombro y atusándose el bigote. Le saludé y no me contestó, esa es la verdad. Seguí mi camino y aún me entretuve un rato hablando con el francés, que lo conoces, ése que siempre anda escribiendo y haciendo dibujos de los árboles, de los bichos, recogiendo plantas y todo eso. Bueno, pues cuando estaba abriendo el candado de la cerca oigo unos gritos que me helaron la sangre, como si estuvieran liquidando a una persona. Bajé en un momento por el camino del vado y me veo a Orencio tirado entre los cañaverales, con la cara desfigurada, amoratado perdido, con una ropa muy rara hecha jirones, que parecía como un camisón de mujer de las de antes, a “la Rojica” medio desnuda, llorando y secándole la sangre y a la vieja dando unas voces de ultratumba, como si estuviera encerrada en alguna parte. Y al otro lado Sarmiento sentado con las botas dentro del agua, la cabeza entre las manos, tirada el arma y jurando como enloquecido con una cara que daba miedo.

Luego se supo que Sarmiento en realidad no había rondado jamás a la vieja, sino que él mismo era quien se dejaba entrar y salir con la llave de Orencio. Que se ve que al guardia le entraron los ardores, se asomó por la ventana y al verlo embadurnando de mantequilla a la muchacha se enceló, se vino arriba y ya no vio nada. Y lo peor no fue la paliza, lo peor fue la saña con que le atizó, que yo lo vi todo. Te juro que lo vi todo. Con estos ojos.

Ramón Díez

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