Ana

III. El trastero

«Se alquila apartamento-estudio-loft. Completamente equipado. Muy céntrico».

Este fue el reclamo por el que Nacho acudió a la Inmobiliaria Soler. Ernesto Soler, muy atento y profesional, le había enseñado el pisito en cuestión. Un mini ático de una finca antigua, sin ascensor. El viejo piso del portero, reconvertido en vivienda. Muy acogedor, le había dicho. Minúsculo, claro. Aunque muy bien aprovechado, tenía que reconocerlo. Además, solo le pedían dos meses de fianza. Tal como estaba el nivel de exigencia en el mercado inmobiliario, no se podía quejar.

—¿Seis meses de contrato? —se sorprendió al leerlo.

—La comunidad, que es la propietaria del piso, no quiere pillarse los dedos —le explicó el comercial—. Tuvieron algún inquilino indeseable, al que les costó mucho echar. Prefieren contratos cortos. Pero si pagas bien, no tiene por qué haber ningún problema para que te lo renueven. ¿Vas a quedarte mucho tiempo?

—En principio todo el curso. Me han dado un trabajo de profesor. Cubro una excedencia. Con suerte serán dos años en lugar de uno —explicó, mientras firmaba.

—No te preocupes, Nacho, seguro que todo va bien —lo tranquilizó. Garabateó su firma y contó el dinero de un vistazo—. Bueno, aquí están las llaves. Cualquier cosa, no dudes en llamarme —dijo, tendiéndole la mano—. Por cierto, se me olvidó enseñarte el trastero. Te he dejado la puerta abierta para que la veas, pasa desapercibida en la pared donde está el ladrillo vista. Es un buen espacio para hacer de armario, de vestidor o de despensa, lo que necesites.

—Pues sí, está bien, con lo pequeña que es la casa —aplaudió Nacho, sorprendido—. Muchas gracias por todo. Nos vemos el mes que viene.

Ernesto esperó a que el profesor se marchara. Miró la firma estampada en el contrato, trazada con letra pulcra y caligráfica. Se encogió de hombros y acercó los folios a la trituradora de papel. Se quedó un momento observando cómo desaparecían. Después, guardó el dinero en una caja de seguridad, disimulada tras las carpetas colgantes, en el cajón grande de su escritorio.

Abrió el correo electrónico y revisó por encima si algún cliente más se había interesado por el ático. Exacto, ahí había uno. Bueno, lo llamaría en unos días. Cuando se asegurara de que el trastero se había ocupado de Nacho.

Porque aquel trastero de tamaño imposible, situado en un lugar difícil de entender, entre una cocina-office y un baño diminuto, tenía otras propiedades inexplicables. Lo había comprobado un año atrás, cuando el administrador de la finca le había pedido que se hiciera cargo de reformar el ático del portero, abandonado desde hacía décadas, y al que la comunidad quería sacar rendimiento.

Ernesto, como en otras ocasiones, contrató a su equipo y se encargó de reformar el pisito con estilo rústico. La pared del fondo quedó con el ladrillo a la vista. Una tarde, en la que estaba revisando el avance de la obra, se hundió bajo su mano uno de los ladrillos recientemente destapados y una puerta apareció ante sus ojos como por arte de magia. Dio paso a un espacio de unos seis metros cuadrados, sorprendente en un piso tan pequeño. Ernesto pensó que estaría bien equiparlo con unos estantes y unas perchas. Entró para comprobar el espacio y lo siguiente que recordó fue despertarse por la mañana en su cama, con sensación de resaca. El día entero fue como un déjà vu continuo. El administrador de una finca céntrica y antigua le llamó para que se encargara de la reforma del piso del portero, un pequeño ático cerrado durante años que la comunidad quería aprovechar.

Aquella noche los recuerdos se le fueron haciendo cada vez más claros y el primer día de reforma acudió al piso en busca de la puerta. Los ladrillos apenas estaban siendo despejados, pero no tardó en encontrar el que cedía y volver a apretarlo y descubrir el espacio oculto. Entró de nuevo con un poco de miedo y todo sucedió como la vez anterior. Solo que esta la sensación de borrachera fue menor y los recuerdos más claros. Lo repitió una docena de veces, hasta que empezó a aburrirle revivir una y otra vez los mismos días. Como en aquella película de “Atrapado en el tiempo”, conocer lo que iba a pasar le sirvió para mejorar a su favor las condiciones del contrato con el administrador de la finca y con el equipo de reforma.

La última vez que probó el bucle, pensó en hacerse millonario. Memorizó cuidadosamente los resultados del Euromillón y jugó un boleto. Sin embargo los números cambiaron y se quedó mirando el sorteo con cara de tonto. Él no entendía mucho de física, pero recordaba algo de las películas de ciencia ficción y los agujeros negros, las dimensiones paralelas y esas cosas.

Le entró miedo y no volvió a probar, no fuera que acabara matando a su abuelo o alguna de esas paradojas de los viajes en el tiempo.

El primer inquilino desapareció en una semana exacta. Dejó algunas cosas en el piso que Ernesto, desconcertado, se apresuró a eliminar. El dinero de la fianza y del mes pagado, sin embargo, seguían en su poder. Se había empeñado en abonarlo en metálico y Ernesto tenía el dinero en su despacho. También el contrato. Allí estaba. Llamó con nerviosismo al teléfono que tenía anotado y aquel “presunto” inquilino le contestó, pero no sabía nada de alquilar un ático en el centro, aunque le parecía buena idea. Ya se pasaría un día a verlo.

Así empezó un desfile de arrendatarios que nunca duraban mucho. Tarde o temprano descubrían la habitación. Y esta les devolvía a la mañana anterior a su visita al piso. Sin embargo el dinero permanecía, aunque los recuerdos no. Ernesto sentía que aquello no estaba bien. Pero no estaba seguro de a quién estafaba. ¿Al inquilino que no llegaba a serlo? Cuando alguno repetía, le decía que el piso ya estaba alquilado, evitando que pudiera llegar a captar lo que estaba pasando.

Pagaba lo justo a la comunidad para que no sospecharan. A nadie le preocupaba que los inquilinos no duraran mucho. Todos eran buenos pagadores y no montaban jaleo. No había ninguno molesto.

Aquel dinero extra, que posiblemente no vaciaba ninguna cuenta, le servía para caprichos, para vivir un poco mejor y compensar el bajón de ventas causado por el estallido de la burbuja inmobiliaria. Quizá había una especie de justicia cósmica después de todo, que recompensaba incluso a quienes no entendían de las leyes de la física y el tiempo.

Ana

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Un comentario sobre “III. El trastero

  1. También tengo un cuarto trastero en casa, nunca he entrado del todo, es pequeño, apenas unos metros donde guardo cosas de uso poco frecuente. Quizá también sirva para personas, quizá conecte con otras realidades. Lo que tengo ahora es un grupo de musas revoloteando, no sé si vienen del cuarto trastero, pero me dicen que este relato admite una continuación si quiero escribirla, como si el propio trastero hubiera dejado la puerta abierta en forma de historia.
    Un saludo y un ‘me gusta’ de los de la efe con fondo azul.

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