Amelia

II. Mojito moreno

Me rodea con sus morenos y musculosos brazos, esos que he contemplado mientras su dueño preparaba mojitos sin descanso. Aspiro su aroma, mezcla de azúcar y ron, y me dejo llevar.

Suena uno de los últimos éxitos de Marc Anthony y Dani, el cubano del pub El Malecón, me hace girar por la pista de baile. Un, dos, tres, cuatro. Cinco, seis, siete, ocho. Al principio intento marcar el ritmo igual que en las clases de baile. Luego no hace falta, va indicándome cómo mover los pies al son de la tumbadora con unos ligeros toques en el hombro. «No hay que bajar la mirada, mírame a los ojos».

Ay, ¡cuántas veces lo he hecho! Esos ojos color chocolate, chispeantes y llenos de vida. Cada sábado, desde hace varios meses, salgo con mis amigas y terminamos la noche en El Malecón. «Un antro lleno de cubanos y dominicanos, oscuro y pequeño», según mi amiga Julia. «¡Pero hacen los mejores mojitos!», exclamamos Patricia y yo casi al unísono cada vez que se queja. Ambas nos quedamos contemplando cómo machaca los cuartos de lima con el azúcar moreno, echa ron por encima, rellena el vaso con hielo picado y culmina la bebida con agua de soda. Entonces nos sonríe y yo lo miro a los ojos durante una fracción de segundo. Al recoger nuestra bebida, acabamos alabando sus brazos musculosos y el torso cincelado que se deja apreciar bajo la camiseta ajustada, dos tallas más pequeña.

Ahora esos brazos me envuelven y me atraen hacia él. La música ha cambiado. La bachata hace que pegue su cuerpo al mío y sienta sus caderas marcando el ritmo. Noto una incipiente erección y lo miro, sorprendida.

Sonríe y junta su cara a la mía. Siento su aliento a mojito de ron moreno y cierro los ojos, a la espera de un beso. Sus manos se deslizan por mi cuerpo y me toca el culo, arrimándome más hacia él. De pronto, me suelta y me dice: «Cierro a las tres. ¡Ya tú sabes!».

¿Qué sé? Ay, ¿es una indicación para esperarlo? Julia me observa, impaciente. Con seguridad, quiere irse a casa. En cambio, Patricia me dice: «¡Te ha tocado el culo! ¡Qué suerte tienes, tía!”

Intento convencerlas de quedarnos un poco más, pero no lo logro. Dani se despide con un gesto triste cuando me ve salir del local. Suerte que vivimos en el barrio, así que les digo adiós y las dejo cerca de sus casas. Vuelvo sobre mis pasos y me dirijo al pub.

Dani baila con una de las habituales, una chica morena, delgada y de pechos generosos. Estoy a punto de irme, despechada, cuando siento una mano en mi hombro. Ha dejado a su compañera y muestra su sonrisa, alegre porque he vuelto.

Me dice que espere. Habla con Javi, el profesor de baile que hace las veces de DJ y camarero, y vuelve junto a mí.

—Vamos. No puedo esperar a las tres.

Me coge de la mano como si fuésemos a bailar. Al salir, respiro el aire fresco de la noche. Dos calles más allá, empuja una puerta pintada de negro y me conduce escaleras arriba. Entramos en un piso pequeño y me deja en el centro del salón. Se acerca a una cadena musical y pulsa play. Una vez más, el ritmo de la salsa inunda mis oídos. Se acerca y comenzamos a bailar. Un, dos, tres, cuatro. Aprieta su cuerpo contra el mío y noto de nuevo su erección. Alzo los ojos hacia los suyos y siento que me baña en su chocolate. Su lengua se introduce en mi boca y percibo el sabor a ron y azúcar que esperaba desde hacía tiempo. Levanta mis brazos y me quita la camiseta, dejando al descubierto mi sujetador de encaje negro. Cinco, seis, siete, ocho. Su boca comienza a lamerme el cuello, despacio, siguiendo la cadencia de la música. Le arranco la camiseta y descubro su torso desnudo. Suspiro de emoción. Forcejeo, impaciente, con el cinturón y los botones de la bragueta. Un, dos, tres, cuatro. Gimo cuando comienza a succionar mis pezones. Tira de mí y me tumba en el sofá. Me sujeta las manos por encima de la cabeza e introduce, primero la nariz, luego la boca, después la lengua entre los pliegues de mi sujetador. Quiero liberarme, pero no me deja. Cinco, seis, siete, ocho. Baja despacio por mi ombligo y prueba el sabor del interior de mis muslos. Intento que me suelte y, cuando lo hace, su lengua ya está dentro de mí, acariciando, hurgando, estimulando y chupando mientras yo me agito, jadeando sin parar.

Un, dos, tres, cuatro. Quiero tocarlo y me deja que acaricie el bulto que sobresale de sus calzoncillos. Meto la mano y observo cómo crece y late. No puedo hacer más, pues su lengua hace bailar lo más íntimo de mi ser y me pierdo en un mar de jadeos incontrolados.

Cinco, seis, siete, ocho. Se desliza lentamente sobre mi cuerpo y me besa. Nos deshacemos de la poca ropa que nos queda y veo que se levanta. Lo miro, expectante, sin entender, hasta que vuelve, con un preservativo en la mano.

Un, dos, tres, cuatro. Se introduce dentro de mí y comienza a empujar, meneando las caderas al son de la salsa cubana. Cinco, seis, siete, ocho. Lo agarro del trasero para atraerlo más hacia mí. Nos besamos, le rodeo el cuello con las manos y entrelazo mis dedos en su pelo negro. Un, dos, tres, cuatro. Deja de besarme de pronto. Le digo que no pare y me pregunta si me falta mucho. Cinco, seis, siete, ocho. Medio minuto después, gimo y grito mientras se oye la tumbadora de fondo. Al cabo de otro medio minuto, él se deja llevar y jadea en mi oído palabras que no entiendo.

Exhaustos tras el baile desenfrenado, yacemos un tiempo en el sofá. Veo su sonrisa de dientes blancos a la luz de la luna…

—¿Me estás escuchando? ¡Eoooo! —me grita Patricia, con el mojito en la mano.

—Sí, claro. Esto, decías… —le contesto, intentando volver a la realidad.

—Que vamos a  sentarnos, estamos empezando a babear. Cada día está más bueno. Y esos brazos… —comenta mi amiga.

—Ya. Buf. —Suspiro. Nos encaminamos a las mesas de la terraza y, mientras mi amiga me habla, sigo fantaseando cómo sería echar el polvo del siglo con el cubano del pub.

Amelia.

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