Amelia

IV. La amante de los libros

En las paredes había estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño. Adrián recorrió con los dedos los lomos polvorientos y leyó algunos títulos, que le recordaron a su infancia, muchos años atrás: La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, Platero y yo de Juan Ramón Jiménez, La historia interminable de Michael Ende, El señor de los anillos de J.R.R. Tolkien… Su mirada se perdió, soñolienta. Muchos matarían por una colección como aquella.

Un carraspeo a sus espaldas lo sobresaltó.

—¿No habías ido al baño? —preguntó una despeinada Alejandra, con voz temblorosa.

—Sí, pero me he confundido de puerta. He creído… —intentó disculparse, sin parecer convincente.

—Te he dicho muy claro que era la segunda puerta a la derecha —acusó ella, arrebujándose en la bata de seda.

—Lo siento —pudo decir él. Se acercó y la besó en los labios, con suavidad—. Tu secreto está a salvo conmigo, no te preocupes.

Alejandra aspiró su aroma y se dejó abrazar. Hacía tanto tiempo que no conocía a nadie tan especial que esta vez había bajado la guardia. No solía invitar a nadie a su casa y menos a quedarse a dormir. Temía que descubrieran la inmensa biblioteca escondida en una de las habitaciones, cerrada a cal y canto. O eso suponía.

—¿Cómo has conseguido abrir la puerta? —exclamó, furiosa, apartándose de él.

—Bueno, he forcejeado un poco… —intentó mentir el hombre, acercándose otra vez. Al ver su incredulidad, confesó—: Está bien. He de decir que sospechaba de ti. Tienes abiertas todas las puertas menos esta. Me pudo la curiosidad.

El corazón de Alejandra latía, acelerado. ¿Sería uno de los Especulalibros? ¿O quizás de la Policía del Estado?

—No te acerques a mí. Dime quién eres —retrocedió ante sus avances.

—Te he dicho que no te preocupes. Digamos que soy… un amante de los libros, como tú.

Los pensamientos de Alejandra evocaron el día que conoció a Adrián. Se entendieron a la perfección, sobre todo cuando comenzaron a hablar de libros perdidos y de la importancia de la literatura oral, ahora que ya casi no había ejemplares en ningún sitio. Un apagón mundial había hecho desaparecer todas las bibliotecas digitales existentes y solo unos pocos disponían de dispositivos de lectura que funcionasen correctamente. Intercambiar archivos estaba penado por la ley y, si querías leer, debías pagar un dinero que muchos no tenían.

Mediante un proceso difícil de explicar, unos científicos habían conseguido extraer de cada libro unas gotas de un elixir poderoso. Dependiendo de la cantidad que tomaras, te volvías inmune a las enfermedades. Al principio, los ciudadanos donaron sus volúmenes al Gobierno, encargado de distribuir el elixir obtenido mediante cartillas de racionamiento. Luego, se sospechó que no lo hacía de manera equitativa e incluso se comentó que lo almacenaba para comerciar con otros países.

El contrabando comenzó. Los más precavidos decidieron no entregar los libros y se los quedaron.  Como el preciado líquido comenzó a escasear, cada cierto tiempo había redadas, y los ciudadanos rebeldes eran capturados por la Policía y sus volúmenes requisados. El Gobierno indicaba que lo hacía por «la salud de los conciudadanos», aunque era bien sabido que unos pocos se estaban beneficiando más que el resto.

Los Especulalibros habían descubierto el método científico para extraer el elixir y ofrecían dinero o cartillas de racionamiento a cambio de ejemplares. Se decía de ellos que espiaban a los ciudadanos e intervenían antes de que lo hiciera la Policía, a veces también con métodos poco ortodoxos.

El padre de Alejandra le había enseñado a leer y a amar la lectura. A su muerte, ella había heredado su extensa colección y su deseo de protegerla de todo peligro. «Los libros en papel no deben desaparecer. Son un legado de la humanidad», le había dicho.

Por eso, tras varios años de esconderlos en el almacén abandonado en el que vivía, se reprochaba haber sido tan tonta como para confiar en alguien. Ahora Adrián sabía de su escondite y podía delatarla. Su muerte y la de los libros estaban aseguradas.

—Bien… —intentó relajarse ella, tratando de aparentar tranquilidad. Debía pensar rápido en una solución—. Estoy segura de que te apetecería leer alguno.

—¡Claro! —afirmó Adrián, sonriendo. Por fin comenzaba a confiar en él—. Supongo que podría venir a verte más a menudo y podríamos dedicar un tiempo a la lectura…

Alejandra le sonrió y lo rodeó con sus brazos. Le acarició la espalda y lo besó.

—Es tarde, pero puedes mirar y escoger. Voy a preparar el desayuno —propuso la joven.

Él miró, embelesado, los estantes que llegaban hasta el techo, abarrotados de libros de todo tipo y tamaño. Recorrió con los dedos los lomos polvorientos y leyó algunos títulos: Los pilares de la tierra de Ken Follett, El nombre de la rosa de Umberto Eco, La metamorfosis de Franz Kafka, 1984 de George Orwell… No se dio cuenta de que Alejandra cerraba la puerta tras de sí y giraba la llave, ni de que un leve olor a gas se esparcía por la habitación sin ventanas del almacén de la antigua fábrica.

Amelia

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3 comentarios sobre “IV. La amante de los libros

  1. Hay algo de una famosa obra de ‘nuestro’ mentor Bradbury, enhorabuena. Creo que este es uno de esos relatos que da juego, que invitan a ser capítulo de inicio de una historia mayor. Ahí queda.

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