Ana

51. La última noche

—¿Dónde vas a pasar la última noche?

—No sé. Rafa y los otros quieren quedar en alguna casa, tomar cervezas y todo eso. No estoy seguro. ¿Tú qué vas a hacer?

Se volvió a mirarla. No se cansaba de hacerlo. Habían amanecido juntos cada una de las mañanas de otoño.

—Creo que debería estar en casa. Con mi madre, con los niños. Les prometí que jugaría a las cartas con ellos y que dejaría que me hicieran trucos de magia.

—¿Tu hermana estará?

—Lo dudo. Supongo que tendrá planes.

Se incorporó. Recogió la camiseta del suelo y ocultó su piel con ella. Se acercó hasta la ventana y miró la calle. Le pareció que la gente caminaba muy despacio. No había tráfico y el gris que pintaba el cielo era un poco más oscuro de lo habitual.

—¿Y si lo pasamos juntos? —le oyó decir.

Se mordió el labio, fastidiada.

—No, es mejor que no. Pero la semana que viene nos resarciremos, no te preocupes.

Se hizo con el resto de su ropa y caminó hasta la puerta entreabierta del baño, dispuesta a darse una ducha.

—¿Y si…? ¿Y si todo es cierto? ¿Y si de verdad es la última noche del mundo? ¿No querrías pasarla conmigo?

***

«Cancelado». Víctor miró la pantalla donde se anunciaban las salidas. Desde hacía rato, una tras otra iban mostrando el cartel de cancelado. Aviones, trenes, deslizadores, teletransportes. Se dejó caer en el asiento y comprendió que iba a pasar allí las próximas horas, rodeado de extraños que protestaban inútilmente ante los mostradores, donde desbordados empleados hablaban de las tormentas eléctricas, de la sobresaturación de desplazamientos, del denso tráfico. Miró el móvil, la pantalla mostraba que no había cobertura y la conexión a la red de comunicaciones era tan lenta que solo algunos de los últimos mensajes se habían enviado. Ni uno solo había llegado de vuelta. Se arrepintió de no haber aceptado la invitación de sus amigos. Había elegido mal dónde pasar la última noche.

***

El portero de la macrofiesta buscó sin ganas en la lista. Dos niñatos engominados insistían en que su nombre estaba en ella. Escuchó sus risas ridículas. Miró sus pupilas dilatadas y, encogiéndose de hombros, los dejó pasar. ¿Qué importaba si estaban o no invitados? La sala no se llenaría del todo. La mayoría había preferido a última hora pasar el apocalipsis con sus familias. Solo unos cuantos idiotas como él seguían trabajando. Claro que su familia estaba tan lejos que no habría podido estar con ellos aunque hubiera querido.

Llevaba dos años haciendo más de 50 horas a la semana. Sin malgastar ni una sola moneda. Tratando de juntar el suficiente dinero para que su mujer pudiera transportarse hasta allí, con los dos pequeños, que casi ni se acordaban de su padre, y poder alquilar algo más que una cama en un piso compartido. Tanto esfuerzo para que al final se acabara el mundo y tuviera que pasarlo solo, mirando cómo los ricos se divertían. Hasta en eso tenían ventaja.

***

Las autoridades habían advertido que era mejor pasar la última noche en casa. Preveían la presencia de sujetos descontrolados que podrían decidir que el fin del mundo era una buena excusa para no respetar la propiedad privada. Los policías de servicio tendrían mucha faena evitando disturbios y saqueos. Rebeca apagó el cigarrillo y se dispuso a hacer otra ronda. El vehículo se deslizó en silencio entre los edificios. Muy pocos coches circulaban a aquella hora. Aunque, al precio prohibitivo del combustible, lo cierto es que aquello era cada día menos extraño.

La noche estaba resultando más tranquila de lo que esperaban. Encendió la emisora y escuchó a los compañeros explicar, uno por uno, que todo estaba en orden. Incluso en las salas de fiesta la gente parecía calmada. Aquello del fin del mundo era una tontería, por supuesto. Sospechaba que era una campaña publicitaria, inventada por algún empresario espabilado, para celebrar una Nochevieja en pleno otoño. Al día siguiente todo volvería a la normalidad. Rebeca miró a una pareja que caminaba deprisa delante de ella. Se detuvieron para adentrarse en un portal. Envidió un hogar donde meterse.

***

Laura pasó otra página, le gustaba el tacto del papel, el olor a viejo del libro, impregnado de humedad y de tiempo. Casi nadie leía ya así. Lo normal eran las pantallas, o hasta los chips de lectura, aquellos que creaban imágenes en la mente, tan reales que estuvieron a punto de prohibirlos, porque despertaron absurdas olas de pánico. La última moda era aquella del fin del mundo. Nadie sabía de dónde había salido el rumor. Se había propagado por las redes sociales haciéndose cada vez más grande.

A Laura le había resultado familiar desde el principio. Pero hasta aquella noche, la última, no se había puesto a rebuscar entre sus libros. Le sonaba la fecha, porque era justo el día que cumplía cuarenta años. Siempre había supuesto que, para entonces, tendría su vida encauzada. Y allí estaba, en su casa vacía, rebuscando entre los libros, los únicos que no le fallaban.

Encontró el relato en la sección de distopías. No era muy conocido. El autor, Ray Bradbury, un escritor de fantasía, terror y ciencia-ficción del siglo XX, contaba cómo podría ser la última noche del mundo. Echó un vistazo al reloj. Eran casi las doce. Parecía una fecha más. Pero como el propio Bradbury decía: «Quizá porque nunca fue 19 de octubre de 2069, y ahora sí». Con un suspiro cerró la tapa del libro.

Ana

Anuncios

Un comentario sobre “51. La última noche

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s