Amelia

52. Confesión

Siempre he deseado matar a alguien. Desde bien pequeña he sentido ese instinto perturbador e inquietante. He querido saber qué es tener en tus manos la vida de otra persona y acabar con sus posibilidades de seguir en este mundo.

La primera vez fue en el parvulario. Jorge, un niño rubio y guapo, aprovechaba su fuerza bruta para cubrirme de tierra en el parque de arena. Al llegar a casa, mi madre me echaba unas buenas reprimendas. Y yo, asqueada de encontrar gravilla hasta en las bragas, imaginé a Jorge enterrado hasta el último de sus rizos rubios. Planeé incluso cuándo iba a ser: en la fiesta de fin de curso. Cuando todos los niños estuvieran con los disfraces, lo atraería hacia el parque, lo empujaría contra el tobogán para que se golpeara en la cabeza y lo enterraría allí.

Para bien o para mal, nuestras madres se hicieron amigas y mi sed de venganza se fue apagando. Ambos acabamos en colegios distintos y nunca más supe de él.

Desde entonces, he sentido ese instinto asesino en bastantes ocasiones. Me he preguntado cómo sería aplastar con una piedra la cabeza de Laura, mi compañera de Griego en el instituto, que faltaba a clase y se copiaba mis traducciones. O rajarle el cuello a Carlos, el insoportable hijo de la vecina, que no me dejaba estudiar al poner la música tan alta.

Podría enumerar las veces que he deseado arrebatar la vida a alguien, pero no me voy a extender. «¿Qué se siente?», me preguntaba. ¿Poder, control, superioridad, desahogo, placer o, incluso, paz? No podía dejar de darle vueltas a los testimonios de los asesinos más perversos, en busca de una respuesta.

Mi anhelo dormía escondido en lo más profundo de mi ser hasta que llegó Ana. Cuando supe que se había deshecho de un inmigrante de aquella manera tan refinada, tan simple que nadie había sospechado, entendí que yo también podría hacerlo. Escogí a mi primera víctima, un niño alto y rubio, que se parecía a Jorge. Le hice participar en un juego cruel con sus compañeros. La hoja del cuchillo se deslizó por su garganta, sentí una descarga de adrenalina y se me humedecieron los ojos. Experimenté un placer indescriptible al ver su sangre goteando y formando un charco.

Cuando se lo conté a Ana, no solo no le pareció un crimen abyecto, sino que me animó a probar nuevos métodos. Conseguí provocar un accidente en un autobús de línea y murieron varias personas. No disfruté de ello tanto como la primera vez porque no estaba allí en el momento en que ocurrió. Decidí buscar otras maneras de cercenar vidas para poder gozar más de cerca.

Por su parte, mi amiga ayudó a un empleado a quitar de en medio a su jefe, el dueño de un restaurante: un tipo tacaño, explotador, vulgar y maleducado. Nunca encontraron el arma del crimen. Ana tuvo una idea genial para esconderla.

¡Ah, los niños! ¡Son tan inocentes! ¡Tan confiados! Ante la promesa de un regalo o una chuchería, se fían de cualquiera. Mutilé a dos hermanos y los dejé sin dientes, además de hacer que se volviera loca la niñera. Oculta entre las sombras, el corazón me latía, acelerado, cuando la pobre infeliz descubrió los cuerpos sin vida de las criaturas. ¡Qué satisfacción contemplar la insania tan de cerca! ¡Qué gozo provocar el horror en una persona!

Me costó un poco conseguir que un nini entrase en un concurso. Era un ser detestable, que se pasaba el día viendo la tele. Sobornar a uno de los cámaras para que le diese un empujón justo en el arrecife de los tiburones fue un acierto.

Ana probó con el veneno. Se deshizo de un ingeniero de Caminos que no pensaba en su novia, sino en los pechos turgentes de las brasileñas que iba a conocer. Nunca le han gustado los infieles.

A mí tampoco. Odio a los hombres que van de flor en flor y hacen promesas que luego no cumplen. Hacer desaparecer a unos cuantos que se habían reído de una buena mujer no me costó mucho.

A mi amiga no le caía bien un anciano desagradable que ridiculizaba a su sirvienta. No le pagaba lo suficiente y encima la tenía sin asegurar. Un accidente de su silla de ruedas y se acabó el viejo machista. Lo difícil fue limpiar la sangre.

Ana y yo nos hemos ido turnando en nuestros crímenes e, incluso, tenemos un club de admiradores. Nos apoyan y nos dan ideas aún en los momentos en los que andamos escasas de ellas. Tenemos mucho que agradecerles.

Eso sí, debo depurar la técnica o dejarlo por completo. Nuestros seguidores me dicen que soy predecible y que ya imaginan el próximo asesinato antes de que ocurra. Quizás deba dedicarme a escribir sobre hechos cotidianos o historias de amor. Tal vez haya abusado demasiado de los crímenes en mis relatos.

Amelia

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8 comentarios sobre “52. Confesión

  1. ¿Qé puedo decir? Que mejor caeros bien no vaya a formar parte de uno de vuestros relatos como personaje, guiño guiño. Enhorabuena, que no acabe aquí lo que empezó, que solo sea un punto y seguida. ¡Bravo, lo habéis conseguido!!!!!

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