Ginés

1/2. Bigotitos

 

Mi hermano le puso el nombre: Bigotitos. A él pareció gustarle. Bigotitos, Bigotitos. Si estaba en la rueda o bajo las virutas de madera al oír su nombre se acercaba a los barrotes de la jaula. Nos miraba con sus ojillos brillantes apoyado en sus patitas traseras. Me gustaba contemplarle durante largo rato, tanto que llegué a pensar que sabía quiénes éramos, que podía adivinar mi pensamiento. Quizá fuera así, mi madre decía que eran animales muy inteligentes. Hice una prueba con un terrón de azúcar. Primero se lo mostraba y le señalaba la rueda, él me miraba fijamente y, al instante, se subía para hacerla girar más rápido y ganarse su premio.

–Eso ya lo hizo un ruso –me dijo mi hermano–, con un perro.

–Pero Bigotitos no es un perro –me defendí.

Seguí pensando que era inteligente, al menos especial, que podía comprenderme. Lo sigo creyendo por lo que pasó una noche.

Había estado lloviendo todo el día y, al llegar a casa, mi madre me advirtió que dejase las botas a la entrada, que no subiera con ellas a mi cuarto. No solo por no ensuciar, también ’por los microbios’, dijo. Mi madre se refería a ellos cuando nos obligaba a lavarnos las manos o si enfermábamos y el médico nos mandaba antibióticos. El caso es que no entendí entonces qué tenían que ver las botas, los microbios y Bigotitos. Pero dos días después le noté muy quieto en su jaula, había perdido el brillo en sus ojos, no quería subir a la rueda, apenas probó la comida y, como temí, al llamarlo no acudió a los barrotes. Bigotitos, Bigotitos.

Mi padre no quiso que lo llevásemos al veterinario. En realidad creo que le cayó mal desde el principio.

–Es solo un ratón –dijo.

–No es un ratón –dijimos a un tiempo mi hermano y yo–, es un hámster.

Vaticinó que se moriría, también mi madre tratando de hacerme comprender que la vida de cualquier ser tenía su tiempo inalterable en manos de Dios, solo él en su infinita sabiduría determinaba quién y cuándo debía vivir y morir. Por descontado, ni mi hermano ni yo aceptamos aquello, pero no sabíamos cómo oponernos a semejante argumento. Me vi en cierto modo responsable de la vida de Bigotitos. Me sentía culpable de que estuviera así y, por tanto, de salvarle. Durante largo rato estuve observándole en silencio, le pedí perdón y, como no sabía qué hacer, le dije que esa noche dejaría abierta la jaula y la ventana del dormitorio. «Pero solo una hora», le advertí. Ya arreglaría cuentas con mamá. Ella fue la primera en no entender qué había ocurrido. Negué haber dejado abierta la jaula, incluso a mi hermano, el primero en aplicarme un tercer grado durante el desayuno. Me mantuve firme a pesar de que los tres me sonsacaron, insistentes. Con los días fueron apareciendo alimentos mordisqueados y cagadas de ratón en los armarios de la alacena. Lo lógico hubiese sido que Bigotitos escapase al jardín por la ventana, de algún modo –pensé– había huido por el pasillo y de allí se debió esconder en un agujero. Volvieron las sospechas familiares, los interrogatorios, aunque se convencieron pronto de que no era Bigotitos. Este, intuyendo alguna acción contundente de mi padre, no dio ninguna señal de su presencia durante un tiempo. Yo estaba feliz: sabía que Bigotitos estaba en casa, vivo.

El día que anuncié que me iba a la universidad mi familia se alegró y entristeció. Lo sentí por Bigotitos, pues aunque me había olvidado de él durante unos años, aquel día creí verle de pasada, más gordito y lento, con sus ojillos brillantes, como despidiéndose. Bigotitos, Bigotitos.

Ginés

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Un comentario sobre “1/2. Bigotitos

  1. Esta vez no puedo dar mi opinión imparcial, al menos como lector imparcial, como en ralatos anteriores. si puedo (si se me permite) dedicar este relato a alguien que tuvo una ‘historia’ con una ratoncita (que no una Hamster), amén de dedicárselo ex aequo a Ana y a Amelia (el orden es indiferente) porque un día decidieron abrir este blog, escribir 52 relatos, mencionarme por ‘ahí’ como co-partícipe de esta idea. Dedicado, agradecido y con mi enhorabuena por anticipado. Va por vosotras.

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