Amelia

26. Superhéroe

–Soy un superhéroe –me espetó, así, sin más, justo cuando caímos rendidos en la cama.

Descolocada, me dieron ganas de contestarle: «Y yo vengo del planeta Raticulín». En su lugar, dije:

–Hombre, el polvo no ha estado nada mal, pero no creo que sea para tanto.

–Lo digo en serio, soy un superhéroe. ¡Mira! –exclamó, señalando su torso tatuado.

La verdad era que no me había fijado en las imágenes que cubrían su tableta de chocolate. Sí había apreciado algún diseño bastante hortera cuando estábamos en clase, aunque nunca me había percatado de su posible significado.

 

Ferrán era mi profesor de pilates. Hacía un par de meses que me había apuntado a un gimnasio exclusivo. Pagaba un dineral por dos clases semanales de este método y valía la pena. No solo porque mis dolores de espalda habían remitido, sino también porque me acababa de tirar a uno de los profesores.

Debo decir que no fue premeditado. Me parecía mono, con sus ojos marrones chispeantes y su barbita recortada. Sobre todo me gustaba la manera que tenía de decir: «Inspira por la nariz, exhala por la boca, conecta tu centro». Cuando me tocaba para corregir algún movimiento, juro que me entraba un cosquilleo en el estómago bastante sorprendente. Se me iba la concentración al pensar en sus manos recorriendo mi cuerpo.

Esa tarde, tras la clase, salimos a la vez del gimnasio. De repente, me cogió de la mano y tiró de mí. Un gran macetero chocó contra la acera, a escasos centímetros de nosotros. Si no hubiera sido por Ferrán, estaría de camino al hospital con un traumatismo craneoencefálico severo. O peor.

Decidí invitarlo a tomar una cerveza en agradecimiento; una cosa llevó a la otra y acabamos en mi cama, poniendo en práctica algunos de los movimientos y respiraciones que me enseñaba cada semana.

–Miro –respondí, recorriendo con el dedo algunos de los dibujos de su cuerpo–. Tienes tatuajes. ¿Y?

–No los tengo porque a mí me apetezca, a ver si te parece normal que un tío se tatúe a una señora atrapada en el ascensor –dijo, algo molesto, señalando un diseño justo debajo del ombligo–. La salvé hace un año. No podía salir y, no sé cómo, sentí una fuerza que me invadía y pude abrir las puertas. Al poco tiempo, apareció el dibujo.

–Venga, va, no me cuentes historias. Seguro que te lo hiciste tras una noche loca de sexo y drogas y ahora pones excusas –repliqué, incrédula.

–¿Y este de un niño a punto de ser atropellado por un coche? –Cogió mi mano y me hizo tocar su muslo izquierdo–. Iba caminando por la calle y vi a un coche saltándose un semáforo en rojo. Esa misma noche me empezó a salir el tatuaje.

–Interesante –logré decir, mientras por dentro pensaba: «Madre mía, este tío está loco y yo lo he traído a mi casa».

–Ya sé que no me crees. Mi vecina descubrió que su marido la engañaba y se divorció; el niño no quería estudiar y ese curso sacó sobresalientes. Al principio no lo entendí, luego me di cuenta de que debía de ser mi destino: salvar a alguien de un accidente y hacer que su vida mejore de algún modo. Llámalo Dios o llámalo karma.

«Ay, ay, ay, que se me está poniendo místico», pensé, levantándome de la cama.

–Bueno, esto ha estado bien, pero no me van estos rollos seudoreligiosos. A mí el pilates me gusta, me pareces un tío genial. De verdad, no estoy para comidas de olla. Ahora mismo estoy con un proyecto entre manos y me cuesta concentrarme. No puedo pensar en tonterías.

–Te entiendo –me interrumpió, levantándose también–. Pensé que me necesitabas.

–Oye, perdona, no sé si me has visto necesitada o qué. No lo estoy, para nada. –Ya empezaba a hartarme. Me vestí a toda prisa, como indicándole que hiciera lo mismo.

–Lo siento, no pretendía molestarte. Déjame que te explique. –Se acercó a mí y yo retrocedí–. Cada vez que tengo que ayudar a alguien siento un cosquilleo que me nace en la boca del estómago. ¿Tú no lo has sentido?

Claro que había experimentado aquel cosquilleo. Pensaba que se trataba de la típica sensación de cuando alguien te empieza a gustar. No obstante, le dije:

–Es mejor que te vayas. No necesito ayuda de nadie. –Cogí su ropa y se la lancé.

–No voy a insistir. Es una lástima que esto se quede así. Me parece que necesitas inspiración.

Se vistió, cogió sus cosas y se fue.

Cambié de grupo. No me apetecía que me tocase para corregir mis posturas, no habría soportado sus manos encima de mi piel.

Transcurrió el tiempo y me enteré de que lo habían echado. Los tatuajes ya empezaban a cubrirle el cuello y los dedos y no causaba buena impresión en un sitio tan selecto. Me apenó que se quedara sin trabajo. Lo hacía bastante bien y, en el fondo, era majo.

Justo después de nuestra pequeña aventura, empecé a tener ideas para mi novela. De pronto, parecía que las musas habían decidido volver a visitarme. Rellenaba página tras página sin mucho esfuerzo y podré cumplir con los plazos previstos.

Ayer, tras la clase de pilates, me encontré con la secretaria, que había estado de baja por maternidad.

–¡Fíjate! ¡Ya decía yo que lo había visto antes! –exclamó, nada más verme salir del vestuario, con mis gafas y mi portátil, además de la mochila.

–¿Qué te pasa? ¿Has visto un fantasma? –le pregunté, entre risas.

–¿Te acuerdas de Ferrán, el profe de los tatuajes? –Ante mi gesto de asentimiento, prosiguió–: Pues justo cuando le entregué el finiquito, me fijé en uno en el cuello de una chica igualita a ti, con tus gafas, tu portátil y tu mochila. Me quedé embobada mirándolo y le dije que me sonaba de algo. Él me contestó: «Solo es alguien más a quien he ayudado». ¿No te parece raro?

Amelia.

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Un comentario sobre “26. Superhéroe

  1. Por eso yo ejercito la mente en el gym de 52 relatos y medio. Qué miedo los tatoos, y más si son como estos. Un saludo de felicitación gimnástica.

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