Ana

25. En sus manos

—Baños de agua caliente, ejercicio suave, nada de alcohol, mucho descanso. —El tipo de la bata blanca hablaba sin ni siquiera mirarlo. Garabateó la receta y se la dio—. Y esta pomada tres veces al día. Si tiene mucho dolor, tome paracetamol.

Manuel la cogió y miró las letras sin leerlas.

—¿Mejoraré? —preguntó.

Aunque se lo habían recomendado como uno de los mejores especialistas, lo trató igual que el médico de la primera vez, en urgencias, cuando el dolor era agudo y le faltaba fuerza en los dedos.

No necesitó oírle contestar que seguro que se sentiría mejor. «Paliar los síntomas», decían. Salió a la calle arrastrando los pies, como si fueran esas extremidades las que le dolían. Encorvó los hombros, incapaces de soportar el peso de lo que se le venía encima. Deambuló un buen rato, sin rumbo. El subconsciente lo llevó a las calles de la infancia, a la vieja carpintería. Ahora era una librería de viejo, pero aún quedaba en la fachada el relieve que su padre había tallado cuando él era apenas un niño. Pasó la mano por la superficie del formón que empuñaba uno de los artesanos. Se miró los nudillos enrojecidos e hinchados, el dedo pulgar completamente deformado. Apoyó la frente en la pared.

De pequeño siempre le gustó modelar. Mientras sus compañeros corrían por el patio detrás de un balón, él prefería sentarse en un rincón y amasar en plastilina caballos, patos o cerditos que luego regalaba a alguna niña curiosa. Le fascinaban los detalles, trazar las plumas o las crines, hacer crecer entre sus dedos las patas de una delicada gacela. En la carpintería, su padre quiso que fuera aprendiz. Él se desentendía de las baldas y las puertas de los armarios, pero pasaba horas tallando flores y hojas en los cabezales.

Cuando su padre enfermó y dejó la tienda, huyó a la Universidad. Algo le decía que sus manos estaban destinadas a mucho más que a engancharse entre los dientes de un serrucho. Le tentaban el arte y el modelado, pero prefería las ciencias y rozar los cuerpos. Probó con la fisioterapia y se enamoró de músculos y huesos. Sus dedos detectaban las partes dañadas y, con más intuición que esfuerzo, aprendió cada una de las técnicas para sanarlas.

Con Rebeca compartió el amor por sentir y tocar. Construyeron juntos una vida en común y levantaron una clínica de terapias de manipulación orientales. Fueron de los primeros en hablar de energías y puntos de presión y nunca les faltaron pacientes ni aprendizaje.

Se sentó en un banco al sol mientras trataba de cerrar y volver a abrir las manos. El dolor había empezado poco a poco, como el agua caliente que, sin darte cuenta, quema. Los dedos eran menos hábiles. Los nietos le pillaban los trucos de magia y él los dejaba reír sin enfadarse cuando las cartas se le caían. Perdió fuerza. Ya no daba los masajes como antes. Rebeca le decía que era normal hacerse mayor, sería un poco de artrosis, nada grave. Nada evitable.

Todavía era capaz de acariciarla como el primer día, aunque no le confesaba que después de alguna velada amorosa, de las que todavía disfrutaban, notaba sus dedos crujiendo un buen rato, como si no fueran capaces de estirarse.

La enfermedad evolucionó rápido. Primero vino la inflamación, luego la rigidez. Más tarde, de forma inexorable, el retorcimiento. Los pulgares cambiaron de forma y limitaron casi todos sus movimientos.

Probó métodos alternativos, ejercicios, curanderos. El dolor remitía un poco y eso casi le hacía sentir peor. Odiaba el hormigueo y, sobre todo, la insensibilidad.

Leyó que la enfermedad solía estancarse, aunque nunca se dejaba de ir a peor. Estuvo abatido semanas, necesitaba ayuda para casi todo, sus hijos trataban de estimularlo. El psicólogo le dijo que tenía que encontrar otras formas de disfrutar de la vida. Solo se animó cuando le hablaron de aquel reumatólogo que, según decían, había tratado pacientes difíciles.

Se dejó analizar, radiografiar y palpar. Y el diagnóstico fue el de siempre: «Le aliviaremos los síntomas, no mejorará».

Aquella tarde se sentó cerca de la puerta del balcón. Notó el calor del sol que bajaba ya sobre el horizonte. Rebeca no estaba. La había convencido de que siguiera con sus rutinas diarias, que recogiera a los nietos y los llevara al parque, como siempre. Sentía los dedos especialmente entumecidos. Los había castigado durante más de dos horas, escribiendo las líneas que quería que ella leyera. No apagó el ordenador. Dejó el Word abierto, el cursor parpadeando detrás de la “o” del “te quiero”.

Tomó el cordel entre el pulgar derecho, el que estaba más retorcido, y el índice, que aún conservaba su forma. Con la otra mano le dio algunas vueltas. No podía arriesgarse a que se le resbalara. La cuerda entraba en una serie de poleas, fijada a la mesa con un viejo tornillo de presión, y llegaba justo hasta el objeto que sostenía entre las rodillas. A veces le dolían, pero aún las manejaba con precisión. Suspiró y dio un tirón seco. Como esperaba, aquel intrincado mecanismo accionó el gatillo.

Ana

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2 comentarios sobre “25. En sus manos

  1. No pensé que tendría este final, aunque admito que es un final eticamente verosímil, atrevido. Un saludo con mi mano derecha aún espartana, anhelante de dar muchos me gustas a estos relatos.

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