Ana

27. En la oscuridad

En las noches frías, le gustaba meterse en la cama y pegarse a su cuerpo. La piel de Mario siempre estaba caliente, por muy baja que fuera la temperatura. Silvia tiritaba un rato en sus brazos hasta que el sonido de su respiración la inducía al sueño. Entonces se apartaba de él, buscaba la parte fresca de las sábanas, la libertad de dar dos o tres vueltas sobre sí misma sabiendo que sus movimientos inquietos no iban a despertarlo.

Era como un ritual que repetía noche tras noche. Mario se reía y la acusaba, medio en broma, de arisca. De despreciar su arrullo. Ella lo besaba traviesa para hacerlo callar, pero perseguía el espacio vacío del colchón. A veces despertaba sobresaltada en la oscuridad y extendía una mano hasta rozar su cuerpo para, confortada, volver a dormir.

El sueño se le hacía pesado por la mañana, casi nunca lo oía marcharse. Él empezaba muy temprano su turno en la fábrica. Había renunciado al beso de despedida y disfrutaba dejándole un zumo exprimido, una cafetera preparada, unas rebanadas de pan en la tostadora.

Algunas noches charlaban en la penumbra o se acariciaban con urgencia. Eran las menos. Preferían hablar mirándose a la cara. Y explorar sus cuerpos solo cuando había tiempo para jugar y repasar los improbables rincones aún sin descubrir.

En las últimas semanas, cuando Silvia abría los ojos antes de la madrugada, buscaba el cuerpo de Mario y le sorprendía encontrarlo muy cerca. Notaba su respiración en la cara y enseguida las manos recorriendo su cuerpo despacio, hasta llegar a las caderas. Aquel contacto inesperado la excitaba de una manera singular, como al principio, cuando aún desconocían sus ritmos. Dejaba que sus dedos le palparan entre las piernas, sin oponer resistencia. Se sabía húmeda y cálida. Él se deslizaba con facilidad en su interior, provocándole un placer inmediato, aunque fugaz, mientras la empujaba con fuerza, casi sin rozar el resto de su cuerpo. Y sin besarla. Ellos, que podían pasar horas saboreándose, no llegaban ni a probarse. Silvia lo oía emitir un gemido ahogado y luego dejarse caer, siempre a su lado, sin volver a tocarla. Le atraía y le inquietaba a un tiempo aquel sexo breve y fortuito.

Esa mañana Silvia se había quedado un momento boca arriba, notando todavía su calor, mientras los latidos volvían poco a poco a la normalidad. Oyó el zumbido del móvil, que había dejado en la mesilla, y rodó sobre el colchón para cogerlo. En la pantalla, el nombre de Mario parpadeaba como llamada entrante. Miró a la oscuridad, sin llegar a distinguir su silueta. Deslizó el dedo para contestar, espoleada su curiosidad por saber qué nuevo juego se le habría ocurrido.

«Buenos días, cari. No he podido dejarte zumo, se han acabado las naranjas. Mira a ver si puedes pasar por la tienda esta tarde», decía con tono alegre.

Silvia se incorporó un poco en la cama. La voz de Mario solo venía del teléfono. A ciegas extendió la mano por el colchón, buscando el cuerpo que yacía a su lado.

Ana

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Un comentario sobre “27. En la oscuridad

  1. Felicidades. La noche y la oscuridad hacen extraños compañeros de cama. A veces la noche de los párpados cerrados puede encerrar sorpresas al abrirlos.

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