Amelia

2. Una dieta diferente

La primera semana no noté nada, pero pensé que era normal. Casi nunca se aprecian los cambios tan pronto si sigues una dieta, el proceso es lento pero seguro.

El lunes siguiente algo había cambiado. En la báscula figuraba «66.6» y respiré aliviada. Había perdido casi dos kilos, así que me sentí bastante contenta.

Tras intentar la dieta de la alcachofa, la disociada, la Dukan, la del zumo de limón, la de la piña y no sé cuántas más, me había hecho el ánimo de acudir a un nutricionista. Sí, pagando. Ya sé que en Internet hay muchas opciones, pero ninguna había funcionado. Y necesitaba bajar unos diez kilos con bastante urgencia. No iba a ser la única gorda en la boda de mi amiga Lourdes.

De modo que busqué en las páginas amarillas y, después de consultar los nombres de los médicos, llamé al Dr. Ángel Fallén y pedí cita con él. Me dio hora para esa misma tarde.

La verdad es que, como nunca había estado en la consulta de un nutricionista, me esperaba otra cosa. Creía que me pesaría con alguna báscula especial y me haría preguntas sobre mis hábitos alimentarios, pero lo único que hizo fue mirarme de arriba abajo, decirme que me sobraban «unos kilitos», darme un tríptico con unas pautas y hacerme firmar un papel que no entendí bien.

—Esto, ¿para qué es? —pregunté, intentando leer los cuatro folios que me entregaba.

—No se preocupe. Simplemente debe firmar que ha sido debidamente informada sobre los efectos secundarios de esta dieta —me dijo, mientras me ponía el bolígrafo en la mano y señalaba el lugar a pie de página.

—¿Efectos secundarios? —pregunté, algo asustada.

—Los habituales ante la pérdida de peso: jaquecas, migrañas, malhumor… —Me sentí hipnotizada ante sus ojos verdes, que me miraban fijamente—. Todo esto es papeleo sin más, conseguirá lo que se propone.

—De acuerdo. Confío en usted. —Firmé el papel sin pensar más, convencida.

Quería perder peso y lo iba a conseguir, costara lo que costase.

La tercera semana me desperté con dolor de cabeza. Mientras me peinaba, descubrí dos pequeños bultos en el nacimiento del pelo. «¡Malditos mosquitos! Solo me faltaba que me picasen en la frente, me tienen harta», pensé. Me tomé un par de analgésicos con el desayuno, pero no cesó el dolor en todo el día. Recordé que la migraña era uno de los efectos secundarios, así que intenté no darle más importancia.

Esa semana discutí varias veces con mis compañeros de trabajo y lo achaqué a la dieta, aunque no estaba pasando tanta hambre como había pensado. Hice que se esfumara en la trituradora el informe de Jacobo y, cuando empujé por las escaleras a María, quise convencerme de que había sido un accidente sin más. Creo que no ha perdido a su bebé.

Este lunes, mientras me estaba enjabonando, noté que tenía la piel como enrojecida. ¿Estaría desarrollando una alergia por el cambio de alimentación? Cuando salí de la ducha, me miré al espejo y vi que tenía un tono anaranjado, tirando a rojizo. Parecía que me había metido en una cabina de rayos UVA más tiempo del debido. Llamé al Dr. Fallén, pero no me cogió el teléfono.

Ayer me levanté con dolor en la rabadilla. Dadas las circunstancias, decidí ir a la consulta del nutricionista. En su lugar encontré una sucursal del Banco Santander. Me senté en las escaleras y me eché a llorar.

No sé qué hacer. Tengo dos cuernecillos en la frente, la piel del color de una sandía, me está saliendo rabo… y, encima, ¡el vestido que me compré para la boda de Lourdes es rojo!

Amelia.

Anuncios

Un comentario sobre “2. Una dieta diferente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s