Ana

3. Inspiración

El cuerpo apareció al anochecer. Lo divisó una pareja que había ido a ver la puesta de sol. Pronto unos pescadores lo acercaron hasta la orilla con sus redes. El revuelo atrajo a todo el pueblo. Incluso mi casera, que siempre se queja de la humedad y los años, arrastró sus doloridos huesos hasta allí para saber qué pasaba.

Primero supusieron que sería un extranjero, uno de aquellos refugiados llamados ilegales en los telediarios, pero el pueblo está muy lejos de las rutas de inmigración. Después se pensó en un bañista ahogado, aunque ya había terminado la temporada de playa. Hasta se elucubró con la posibilidad de que fuera un suicidio, alguien podía haber saltado desde el acantilado. Los más peliculeros auguraron un ajuste de cuentas. Cada vecino tenía su propia versión.

«No toquen el cuerpo», ordenó Salvador, el único representante de la ley del municipio.

Se paseó con fingida autoridad alrededor del cadáver. Pero sus manos sudorosas, que secaba inútilmente en el faldón de la camisa, revelaban su desconocimiento del protocolo. Ni los más ancianos recordaban una muerte no natural.

Yo había elegido aquella villa costera por eso, por la tranquilidad y la distancia. Necesitaba tiempo para pensar y para escribir. Miles de ideas bullían en mi cabeza. No todas buenas.

Los primeros meses, después del despido, estuve echando currículums sin parar, visitando continuamente la oficina de empleo y lamentándome con los amigos de lo mal que está todo.

Luego Raquel se marchó. Le salió un trabajo en Londres, aburrido y mal pagado, pero que serviría para mejorar su inglés. Me enseñó el billete de avión y no me pidió que me fuera con ella. La ruptura venía implícita. Aunque nos besamos en el aeropuerto como dos enamorados. Y prometió llamarme a menudo y contarme cómo le iba.

Me cansé de las mismas caras y las mismas calles, y huí a este pueblo de pescadores, medio despoblado incluso en verano, que habíamos descubierto años atrás, cuando recorríamos la costa en moto sin fecha de vuelta.

«Cuando me jubile — decía— vendré aquí y me dedicaré a escribir».

Mi primer libro había sido un gran éxito. Líder de ventas durante varias semanas. Fenómeno editorial. “Genial autor novel”, decían las críticas. Las inesperadas ganancias me sirvieron para montar un negocio que fracasó pronto, y para creerme que escribir y vender era cosa hecha. Del segundo apenas logré colocar trescientos ejemplares. Eso ya no pagaba las facturas y tuve que buscar un empleo. El tercero no me lo aceptó ninguna editorial. Decían que me faltaba verosimilitud.

Así que me jubilé de mi vida. Me instalé en el pueblito y me dediqué a dar largos paseos por la playa, la montaña y las rocas. Necesitaba aire limpio. Ideas nuevas. Y palabras. Hablaba mucho con la gente de aquí. A todos les encantaba contarme sus historias. Mi casera rememoraba su juventud. Los pescadores me enseñaron los secretos del arrastre y los anzuelos. Salvador, el policía, me narraba sus malas prácticas en la gran ciudad y su destierro a un sitio donde no pasaba nada, para que no metiera más la pata.

Y Hafid, el muerto, me hablaba de su país. Inmigrante, sí, pero de otra época. Llevaba tanto tiempo aquí que nadie lo consideraba ya extranjero, a pesar de su origen. Llegó con la venta ambulante, como muchos otros, pero pronto se afincó en el pueblo y empezó a cultivar sus verduras ecológicas en campos abandonados. Se hizo con una clientela fija y cada semana les acercaba el pedido en su bicicleta. Por el camino flirteaba con las mujeres. Zalamero y bien parecido, no tenía rival.

Me costó reconocerlo. Los años no le habían tratado muy bien, había perdido fuelle, y las últimas semanas se le veía especialmente taciturno. Se rumoreaba que echaba de menos a los suyos. La tarde anterior me lo encontré en lo alto del acantilado, nostálgico y con demasiado alcohol. Terminé con él la botella de ginebra. Lloramos por nuestras desgracias. Decía que estaba cansado y solo. No se sentía ni de aquí ni de allá, ni le quedaban ganas de pelear más. La idea del suicidio fue suya. Yo sólo le animé primero y lo ayudé después. Fue un gesto de solidaridad. Aunque puede ser que la venganza tuviera algo que ver.

Durante años he fingido perdonar la infidelidad de mi novia. Aquella noche oscura todos bebimos mucho y fumamos de más. También yo tonteé con las chicas del otro grupo, las que nos proporcionaron la hierba y la música, las que conocían a Hafid.

Lo que no me cabe duda es que esto va a traer animación al pueblo. Quizá vengan policías de fuera a investigarlo. Ahora está muy de moda la novela negra. Seguro que por fin encuentro inspiración.

Ana

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2 comentarios sobre “3. Inspiración

  1. Escribir sobre escritores, sobre gente que escribe, faltos o no de imaginación siempre tiene su punto tanto para el propio autor como para el lector si, además, también hace pinitos en el oficio. He podido ver ese pueblo, incluso he sentido ganas de ir a él a escribir lejos del mundanal ruido. Enhorabuena, Ana.
    El proyecto goza de buena salud, me alegro mucho.

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