Amelia

4×48. Evolución

Mon estaba muy contento. Era la primera vez que iba a visitar un museo y le hacía ilusión.

Su padre los recogió a la hora convenida y tanto su madre como su hermano compartían su entusiasmo. 

—Hace varios años que no voy al Museo de Historia Natural —dijo su madre—. Seguro que hay alguna exposición nueva. Recuerdo que solían prepararlas con mucho mimo.

Los dos hermanos se pusieron a saltar y a chillar.

—Quietos, quietos. —les dijo su padre—. Venga, que ya llegamos. Me ha costado mucho conseguir entradas para hoy. Se ve que hay mucha expectación por las piezas nuevas que han traído.

La entrada al museo era amplia y había diversos visitantes dispuestos en colas. Unos se dirigían a la exposición permanente y otros a la temporal, con objetos traídos de museos de todo el mundo.

Mon seguía a su padre, saltando y riendo, hasta que este paró frente a una vitrina. Mon se quedó sorprendido y husmeó el cristal, intentando entender lo que veía. 

—Papá, ¿qué es esto? 

—Es un Homo trumpensis —le explicó, tras leer el cartel—. A principios del siglo XXI, esta especie fue la causante de una guerra fratricida. No respetó los pactos medioambientales y, por su culpa, los humanos desaparecieron de la Tierra. 

—No lo sabía… —dijo Mon, observando la figura de un hombre rubio con tupé, que parecía mirarlos con cara enfadada. Le pareció que era muy realista. 

—Mira, Mon, ven aquí —chilló su hermano. Señaló a otro hombre, de raza distinta al rubio. 

—Ah, ese lo recuerdo de la última vez que vine —dijo su madre—. Me impactó mucho saber que el Homo kimjongunensis contribuyó a la extinción de la raza humana con sus misiles nucleares. 

—Mamá, ¿te apena que no haya humanos? —preguntó el hermano de Mon. 

—La verdad es que no. Hace muchos años, los humanos nos apartaban de nuestras familias y nos llevaban a miles de kilómetros de ellas. Nos metían en jaulas y en lugares que llamaban zoos, argumentando que era para protegernos.

—Mirad aquí —pidió su padre—. Hay documentos encontrados entre los escombros que reflejan lo que dice mamá.

En una vitrina se exponían fotos de un lugar llamado circo, con monos como ellos, elefantes y una especie de animal que había desaparecido, llamado león, de porte majestuoso.

El hermano de Mon no hacía más que recorrer con sus dedos los cristales de las vitrinas.

—¿Y cómo es que sobrevivimos a los ataques nucleares? —preguntó Mon–. ¿No deberíamos habernos extinguido como los seres humanos?

—Algunos de ellos guardaron especímenes como nosotros en un gran complejo, en lo que antes era la Antártida. Hubo un grupo de humanos que sobrevivió y se encargó de devolvernos la libertad. Ellos murieron y los animales fuimos adaptándonos a la vida en la Tierra.

—Las jirafas dicen que, antes, tenían el cuello muy largo y la piel moteada. ¡Qué cosas! —dijo su madre, observando las fotografías antiguas de esos animales.

Justo a su lado pasó una de ellas, bajita y con joroba, que la miró con desdén.

—Pues claro que teníamos el cuello largo, para poder comer las hojas de los árboles. Ahora que no hay bosques, ¿para qué lo necesitamos? Se llama evolución, señora.

Amelia

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