Ana

4×47. Una de cine

Tortilla de setas de otoño con ajos tiernos y guarnición de patatitas al horno. ¡Qué detalle que la presentación sea tan buena! Como si los comensales pensáramos en disfrutar del plato. Somos seis. Todos hombres. De diferentes edades. El más viejo debe hacer años que está jubilado, pero tiene gustos caros. El más joven apesta a yonqui, aunque de los pijos. Luce una camisa blanca, de marca, y papá debe de haberle cortado el grifo a juzgar por las ojeras y el temblor de las manos. Yo debo de estar en la media del resto. Cuarentones sin nada que perder. O con todo perdido.

Si esta escena ya la he visto en alguna película española, de hace tiempo, de cuando hacían cine divertido e incorrecto y nadie se ofendía. No recuerdo el título, pero apostaría a que lo han copiado de ahí. Apostaría, si me dieran dinero. Como el resto.

Nos dan la orden y todos desenfundamos el tenedor. No hace falta cuchillo, la pieza se muestra firme, pero cede ante la presión del cubierto y está tan jugosa por dentro que se funde en la boca. Deliciosa. Este Enrique es un portento. Lástima que él también esté ahogado por las deudas y, en lugar de ser el chef de un restaurante Michelin, malogre su talento para estos mafiosos de poca monta.

Estudiamos juntos, el Quique y yo, en uno de esos institutos chungos donde nos decían, día sí y día también, que lo nuestro no tenía futuro, que nunca haríamos nada de provecho, que éramos carne de presidio. Y se equivocaron. Él hizo varios cursos de hostelería y unas prácticas de postín en Francia o en Bélgica, no me acuerdo. En cuanto a mí, me monté en la burbuja inmobiliaria a doscientos por hora, o incluso a más. Lo malo es que en el fondo mis profesores llevaban algo de razón y tampoco tengo tantas luces, porque no supe retirarme a tiempo, cuando todos me lo advirtieron, y la burbuja me estalló en los dedos.

En fin.

Podría ser peor.

De todos modos siempre he sido afortunado. Me encontré a Enrique en una pelea de gallos. No de las de rap sino de las clásicas, de las de animales con plumas. En un callejón del Cabañal, muy cerca de donde estudiamos hace unas décadas. Me disgustan esas apuestas, pobres bichos, pero es tan fácil ganar. O quizá tengo una habilidad especial para adivinar siempre qué o quién es el más fuerte en una contienda.

Nos tomamos unas cervezas en la playa. Nos contamos cómo malvivíamos y ya despuntaba el sol cuando me habló de la tortilla rusa. Así la llaman, tampoco es que se hayan calentado la cabeza. Me carcajeé cuando me dijo lo de utilizar amanitas en lugar de rebollones. Pero se me quitó la risa cuando me dijo lo que se podía ganar. Lo de perder la vida, así soy yo, me preocupó menos.

Así que aquí estoy. La cuota ha sido de cinco mil euros. Las apuestas añadirán un buen pico. El ligero pellizco que le he dado a Enrique no me restará apenas beneficios. Lo veo sudar copiosamente. Creo que su jefe no se fía mucho de él porque, cuando ha visto que me servía a mí el primero, se ha apresurado a cambiar los platos de sitio. Espero que no haya sido un miedica y haya incluido suficiente amanita en todas las tortillas, tal y como le pedí. No cabe duda de que están deliciosas. Para nada se nota el sabor amargo del veneno. Claro que ¿por qué iba a ser amargo?

El niñato es el primero en caer. Se pone de pie, grita y hace un intento de vomitar sobre la mesa, pero solo le sale un espumarajo de la boca y uno de los esbirros lo empuja a un lado de la silla y lo veo dar tumbos en el suelo. Los otros siguen su rastro hasta que solo quedamos el viejo y yo. ¡Qué resistencia la del viejo! Temo que Quique haya dejado algún pedazo de tortilla sin su cicuta. El viejo me mira. Le queda mucha comida en el plato. Quizá por eso resiste. Yo me relamo y pincho un pedazo más. Estoy tentado a coger un trozo de los suyos, para chulear. Pero no dejo que la vanidad me domine, eso sería descubrirme y no llegaría a buen puerto. Otro de los esbirros nos grita que lo acabemos todo. Al poco los estertores llegan también al abuelo. Sonrío. Y pido un poco de vino.

Salir de ese antro y perderme entre la gente es lo más difícil. Me da miedo que me sigan o que me robe algún ratero. Por fortuna el jueguecito se ha hecho de día. A veces el sol ampara más oscuridad que la noche. Camino rápido y desaparezco en una estación de metro. Mis dedos palpan el fajo de billetes de doscientos euros. Tendré que pensar cómo colocarlos, en muchos negocios no los admiten y en el banco me mirarán raro. Lo primero, una vez ponga los cuartos a buen recaudo, va a ser una sesión de cine. Ya se lo dije al Quique, a mí me encantan las películas. Y además, aunque eso no se lo conté, tengo como el Westley de La princesa prometida una poco habitual pero infalible inmunidad a las setas venenosas.

Ana

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