Ana

19. El arma del crimen

Manuel vio a Elena llegar al restaurante. Caminó despacio para dejarla entrar primero. En los últimos días estaban desbordados de trabajo y no hacían más que discutir. Cuando la oyó gritar, Manuel ya empujaba la puerta y sintió que las piernas le temblaban. Primero observó su rostro desencajado y luego siguió la dirección de su brazo, que señalaba el cuerpo tirado boca abajo en el suelo. La posición de los pies era extraña, como si hubiera tropezado consigo mismo. Sin embargo, la sangre que manaba de su cabeza, y que se extendía bajo las patas de la mesa más cercana, no dejaba lugar a dudas: Roberto, el dueño, estaba muerto. Nervioso, no se atrevió siquiera a aproximarse. Fue detrás de la barra y descolgó el teléfono. Mientras marcaba el 112, tratando de mostrar un aplomo que no sentía, escuchó a Marcos, el otro camarero, dando voces.

La policía no tardó en llegar, casi al mismo tiempo que la ambulancia. Uno de los sanitarios confirmó lo que suponían. A Manuel le habría gustado ver el rostro de Roberto, pero aún pasaría un rato hasta que lo movieran. Antes tenían que llegar el juez y el forense, hacer las fotos para la investigación policial, el levantamiento del cadáver y todo aquello que a menudo veían en las series de televisión. Los empujaron a la cocina. Necesitaban tenerlos en algún espacio, para pedirles sus datos e interrogarlos, y el despacho del muerto era demasiado pequeño. Manuel agradeció esperar en sus dominios. Siendo el cocinero, allí se sentía tranquilo.

Olía a carne horneada. «Cochinillo» informó a Elena, que arrugaba la frente con sorpresa. Aquel plato, uno de los estrella del restaurante, tardaba varias horas en hacerse. A menudo Roberto comenzaba con la elaboración de la comida, aunque siempre era Manuel el que daba el toque final.

—La habrá sacado directamente del congelador, porque esta mañana no me ha dicho nada —apuntó Marcos, mientras estiraba el cuello para ver cómo la policía registraba el local—. La caja estaba abierta. ¿Habrán entrado a robar?

—Seguramente —dijo Elena poniéndose a su lado—. ¿Qué hacen? ¿Van a tomar huellas y todo eso, como los de CSI?

—Debe haber huellas de cientos de personas —rechazó Manuel—. ¿Tú sabes la de gente que pasa por aquí?

En los cuatro meses que estaba trabajando, el negocio había pasado de ser un bar, donde solo se tomaban cafés y cervezas, a dar un menú diario, con tres primeros y tres segundos, y a tener lista de espera en las cenas del fin de semana. Llevaba días reclamándole a Roberto que admitiera su valía y le hiciera un contrato en condiciones, pues el dueño insistía en pagarle como a un simple pinche de cocina.

—Creo que están buscando el arma —intervino Marcos—. Deben haberle golpeado con una barra de hierro o algo así.

La policía peinó cada centímetro del local, así como las calles de alrededor. No pudo concretarse qué objeto había servido para, de un golpe seco, acabar con la vida de Roberto. Sin arma y sin huellas era difícil sacar conclusiones. Móviles había muchos, y sospechosos. Era un jefe tacaño y explotador, cualquiera de sus empleados podía tener más de una razón. También algunos clientes habían mantenido violentas discusiones con aquel tipo vulgar y maleducado. Además, se sabía de sobra que le gustaba demasiado el juego y tenía deudas pendientes.

Cuando Manuel propuso hacerse cargo del negocio, al menos de manera temporal, la viuda aceptó de buen grado. Las facturas se la estaban comiendo y sabía que no era un buen momento para vender ni traspasar. Manuel le prometió que él pagaría los gastos. Mantuvo como camareros a Marcos y a Elena, pidiéndoles colaboración y paciencia. Al principio la clientela llegaba a cuentagotas, con una mezcla de morbo y desconfianza. Ni siquiera la sangre había salido del todo. A pesar de que el fantasma de Roberto parecía rondar entre las mesas, Manuel se sentía optimista. Confiaba que en unas semanas empezaría a haber beneficios y, en cuanto fuera posible, haría una reforma del local o al menos cambiaría la decoración.

El día que inauguraron la nueva etapa, eligió como plato principal cochinillo al horno. Tomó una pieza del congelador. La sopesó, era tan dura y robusta como una barra de hierro. Sonrió, a su manera estaba homenajeando a Roberto.

Ana

Anuncios

2 comentarios sobre “19. El arma del crimen

  1. Vuelta a los orígenes más carnales y cruentos de estos 52 relatos y medio, se nota que han pasado las fiestas… Delicatesen, a pesar del colesterol del seudoprotagonista. Gracias por poder llegar a mesa puesta. Un saludo.

    Me gusta

  2. Vaya con Manuel, cocinero frío y calculador,
    Seguro en la segunda parte acaba liado cn la viuda, sin esperar que la venganza se sirve muy fría.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s